lunes, 24 de febrero de 2014

Antes de saltar, ámame

Ese extraño misterio de revelar su identidad. “Dos amantes se tiran de la azotea del Hotel Tepic” se leía en el encabezado de una breve policíaca del periódico matinal “La verdad” (esa estúpida necesidad de los periódicos de legitimizar su trabajo con un nombre pomposo y abarcador que, como ironía sutil, terminan siendo lo antagónico a su nombre: véase: Expreso, El Imparcial, La Razón, Vanguardia -fascista-, Milenio, El Universal -y sólo publica notas locales y nacionales-).

En el cuerpo de la noticia, el reportero Álvaro Samaniego, escribe que los trágicos enamorados respondían al nombre de Humberto Villa y Marcela De preville, ésta última de nacionalidad francesa, y que fue el primer gran detalle de una cobertura mediática poco antes vista en la ciudad, como si el ser francesa-no sólo extranjera- diera un gran empaque. De 26 y 20 años, respectivamente, y que según los primeros reportes de las autoridades, saltaron voluntariamente, es decir, “un suicidio voluntario”, finaliza estupidamente la breve policiaca con alguna cita del comandante municipal.

Con los días, se fueron filtrando a la prensa y por ende al público, ávido de crear teorías, cada una más deschabetada que la anterior, detalles ensordecedores y paradójicamente más tiernos de la pareja difunta ya célebre.

El 20 de diciembre salió la primera entrevista al padre de Humberto quien reconoció el poco contacto que mantenía con su hijo-huyó de casa a los 18 años- y con cierta sorna, señaló que siempre había tenido algo “raro”. Desconocía a Marcela.

Fechado el 22 del mismo mes y firmada por el propio Samaniego, la nota principal de “La verdad”, era que se había dado a conocer la carta de los dos suicidas, la cual era practicamente ilegible por lo que se había contratado a especialistas de la capital para que la descifraran ante la presión de la embajada francesa.

Samaniego contextualizaba (con poca pericia, eso sí): “La embajada francesa impulsada por la familia De preville han metido presión al gobierno mexicano para que resuelva un caso que tiene tintes de esconder más de lo que se ve a simple vista”.

Ese mismo día, en la página 4A del diario vespertino “El Diario”(valga la redundancia y la creatividad), había una extensa cronología de los sucesos macabros y temerarios en los que se había visto inmiscuido dicho el Hotel Tepic. El primero, fue en 1994, cuando el 2 de enero se encontró a un influyente hombre de negocios muerto a tiros en el cuarto 312 de dicha residencia. Seguía con suicidios, matazonas, orgías de supuesto orden ritual para terminar en el suicidio de los amantes trágicos.

Toda la ciudad tenía su opinión: Asesinato, cortina de humo (Chupacabras, Paulette, etc.) para desviar la atención a la mentada de madre que nos han hecho con la reforma energética, drogadictos, amantes pasajeros, crimen pasional, conspiración judeomasónica y la lista, De preville era el santo grial, y una lista interminable.

La embajada francesa y la familia de la mujer suicida finalmente desistieron un poco ante la ineptitud de la burocracia nacional y emitieron un comunicado que destilaba resignación e impotencia contenida donde informaban que confiaban, pese al mal nombre internacional, en los órganos de justicia mexicana.

¿Qué había que dilucidar? ¿La carta ilegible que resultó ser un manifiesto firmado por O'Gorman o Le corbusier (el cuervo en francés)?

El reportero Samaniego fue el primero que tuvo acceso a dicho documento debido a su insistencia y perseverancia. Incapaz de darle sentido, decidió acudir con algunos eruditos de la ciudad. El resultado de estas entrevistas y divagaciones culturetas se leen el 9 de enero.

“Poco a poco el caso Villa-De preville va encontrando sentido. La carta encontrada y firmada por ambas con los seudónimos de Le Corbusier y O' Gorman no son nombres al azar, sino personajes emblemáticos en el campo de la arquitectura”.

Le Corbusier fue uno de los pilares del funcionalismo, el movimiento arquitectónico que primaba la función a la estética y en el cual se basaron las unidades habitacionales de la capital. Le Corbusier (el cuervo en francés) teorizaba acerca de que una vez que el hombre se encuentre en “La máquina de vivir” diseñada por su movimiento, encontraría la belleza, dado que todo tenía un objetivo. El ideólogo francés, pintor y de caracter evangelizador, entendía que una obra en la arquitectura tenía que tener una función y cumplir con ella lo más efectivo posible. Su máquina de habitar estaba dominada por estructuras limpias, sin ornamentación alguna. Y aquí viene lo interesante, falleció en el Senna después de ir a nadar, actividad que tenía prohibida por su doctor debido a su condición cardiaca.

O'Gorman, en cambio, fue un arquitecto mexicano que gozó de buena salud hasta su suicidio en medio de la transición dicatorial del partido nacional, a la dictadura del libre mercado. Ganador del Premio de las Bellas Artes en 1972, O'Gorman poseía una inmensa reputación por su visión metafísica dentro de la arquitectura y sus pinturas que simulaban ser imitaciones del feísmo de Orozco. Principal funcionalista-alumno destacado de El Cuervo- en México, O'Gorman galopaba a medio camino entre el pragamtismo de la máquina de vivir y el organiscismo trascendental de MF Wright, que abogaba por una sinergía del poder del hombre-tan violento y posesivo en el funcionalismo que quería demostrar la superioridad del hombre sobre la naturaleza- con su entorno.

O'Gorman falleció después de uno de los suicidios más célebres de la historia-el mejor planeado según la revista Literary Review de la Gran Bretaña, seguido del suicidio de Novalis-: quemada gran parte de sus obras-por accidente o no-, el arquitecto mexicano decidió quitarse la vida en su ático de Polanco, en la Ciudad de México. Para ello, se disparó en la cabeza, se envenenó y se colgó, todo a base de una máquina de matar, ideada por él mismo, y en contraposición a la de Le Corbusier.

El reportero Samaniego, siguió escribiendo acerca de los trágicos amantes aunque cada vez se le destinaba menos espacio en su periódico. De Preville y Villa, de ser los Romeo y Julieta posmodernos, pasaron a ser sólo una pequeña anécdota que inflamaba el halo de misterio y tragedia que envolvía al hotel Tepic.

Tampoco ayudó que la familia Villa no quisiera saber nada de la historia de su hijo-ni siquiera reclamaron los restos de Humberto- y que la embajada francesa desistiera en sus comunicados y en esa leve presión internacional. La última nota de Le Monde está fechada el 17 de enero y se trata de una bella esquela que contiene un verso de Theroux, poeta místico de fines del siglo XX.

Samaniego, en compañia de un pasante, lograron recrear las últimas horas de Marcela y su Romeo tropicalizado.

“El amor”, escribe Samaniego en su libro “Antes de saltar, ámame” publicado 8 años después del suceso y que tuvo una parca respuesta, “es un misterio insondable. Marcela y Humberto fueron amantes alrededor de un mes, tiempo suficiente para descifrar que el lazo sagrado y misterioso que los unía eran las ganas de abrazarse hasta la muerte”.

Y continúa: “El amor se amolda a todo. Humberto amaba a Marcela. Marcela amaba a Humberto, tanto así que en su última mirada, sólo observaron al cielo alejarse. Allí reside la condición más pura del amor, en rechazar al paraíso”.

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