martes, 20 de octubre de 2009

De las imaginarias partículas que existen en el aire de la vida



Aspiro profundo mientras mis manos tratan de contener las lágrimas. Son las 8:43 de la mañana y estoy en un café, sentado en una mesa de metal ovalada, sentado en una silla con un cojín que apenas amortigua el peso. El día es raro, entre nublado y sofocado, así que el sol no es ningún problema. El aire apenas corre y el café apenas tiene gente. En la mesa de la derecha está un señor con apenas pelo con su laptop y unos audífonos, exhorto en lo que hace. Cruzando todo el establecimiento está una pareja de alumnos preparatorianos, con su uniforme amarillo y sus terminados en café, el uniforme es horroroso pensé con angustia.

Pedí una café americano de 20 onzas, me pregunto cuántos mililitros son, pero no recuerdo las conversiones. Pinches gringos-susurro- siempre queriendo llevar la contraria. Los seis sobres de azúcar Esplenda que pedí están allí, como olvidados. Destapo el vaso y le doy un sorbo, es amargo pero me gusta. Tapo el vaso y tiro los seis sobrecitos. Agarro el libro y releo el último párrafo de la última hoja: "mis pupilas reflejas las siluetas de todos los que pasan". Cierro el libro y siento los ojos hervir para contener las lágrimas. Recuerdo que Watanabe escuchaba a Coltrane en algún pasaje.

Vuelvo a releer aleatoramente el libro, no logro concentrarme y lo vuelvo a dejar en su lugar, volteó la silla en dirección a la calle, tomo el café y me siento. Es un día raro. La gente pasa aparentemente con un rumbo fijo, van a paso veloz, impasible. Me pregunto a dónde van con tanta prisa. Repaso por qué no fui al periódico donde empezaba a laborar. Sí, la libertad en tiempos de esclavitud se disfruta más. Veo los carros y los camiones pasar, escucho un leve murmullo a lo lejos, son más chicos de preparatoria. Llegan como un cardúmen, caóticos. Empiezan a decir tonterías de bombas, juegos y demás sandeces. Me extraigo en las visiones comunes de la calle y los semblantes de las personas que pasan.

Una señora joven y su hijo de unos 4 años, le dice que se apure, que no lo va a esperar. ¿Dónde estoy? resuena en mi cabeza. Es Watanabe hablando a través de mi cerebro. Suena alguna canción de La Quinta Estación y una niña de la prepa se pone a cantarla a vivo pulmón. Siento que tengo 60 años y que vivo en un universo paralelo. Cierro los ojos y escucho I'm old fashioned de Jonh Colltrane. Escucho ese ritmo lento y ese solo de saxofón tan melancólico como sutil. No puedo creer que viva en este mundo.

Recuerdo por enésima vez a Naoko, la mujer del libro. Alguna lágrima logra escapar de la prisión de mis ojos. Me tapo con las manos de forma rápida y aspiro profundamente. Me levanto tarareando la canción de Coltrane, tiro el vaso a la basura y cruzo la calle.

1 comentario:

  1. Hubo un tiempo cuando Coltrane consumia mis horas. Ahora lo he dejado por completo, sólo vuelvo a Billie Holiday y Ella Fitzgerald, cosas de género supongo.

    Con Coltrane tambien abandoné a casi todos los hombres Armstrong, Miles Davis, Ellington; la culpa la tiene Cortazar, los odie a todos porque me recordaban a su Rayuela, después recuperé al Cortazar cuentista.

    Y sólo vuelvo a Glen Miller cuando me quiero poner feliz :)

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