jueves, 22 de diciembre de 2011

...

Quería escribirte la mejor carta posible, que rompiera con el tiempo; no, que desgarrara el tiempo cada vez que la leyeras-porque al final tú eras quien controlaría eso- pudieras explicarte los momentos nuestros del pasado, del presente y del futuro. Pero no puedo, no tengo ese talento así que me puse condiciones más factibles, incluso vulgares: por ejemplo, no decirte en toda la carta lo mucho que te quiero-y al parecer ni eso pude cumplir- por creerlo un ejercicio de repetición que en algún momento te va a cansar y a mí también. Otra de las condiciones es no dramatizarla. He descubierto que tengo una tendencia natural a hacer trágico lo cotidiano, a hundirme en una miseria que no es mía y regodearme en ella, es mi forma de ver la vida. Supongo que por eso tú eres la persona que más admiro, porque eres y representas todos esos detalles desconocidos para mí, como el caminar por el centro e ir comprando dulces-gusanitos y ese chocolate gringo de bombón-, o el esperar un camión y verte correr como el Pato Lucas(eso me recordaste ese dia), con tu risa estallando ante mi mirada.

Me gusta la forma en la que enredas las palabras, las cambias y las haces que se enfrenten a sí mismas, me gustan los mensajes escondidos que dejas en tus miradas y en tus gestos, esos mensajes que quizás sean inconscientes, pero que te hacen ser la mejor amiga que podría tener en este momento. Para serte sincero, y esto nunca te lo he dicho, estoy bajo medicación por depresión médica, no tengo la menor idea de por qué te lo digo, menos en una carta-quisiera cumplir esa segunda condición que me auto impuse pero creo que no podré-. La verdad es muy sencilla, siempre lo ha sido: eres como un remedio natural para esa cosa mía que los doctores se empeñan en llamar enfermedad. Contigo supe que había un mundo diferente cada día y por eso te estoy eternamente agradecido.

El sábado que fui a verte tenía que decirte muchas cosas, quería contarte lo de mi hermana, quizás romperme un poco porque tenía la certeza que tú me ayudarías. Y sabes qué, el verte me hizo calmarme y me dió fuerzas para lo que sea que pase. Por eso te molesto tanto. Prometo no hacerlo ya. Toda mi puta vida me he familiarizado con las despedidas, es en lo único en lo que soy bueno, dotar a las ausencias de un sentido que, muchas veces, va más allá de la realidad. Supongo que eso estoy haciendo ahorita, despidiéndome de ti. Cuando me despedí de mi mamá, yo fui quien la vi morir, le dije que siempre estaría jugando con la presencia de su ausencia. Creo que es más o menos lo mismo contigo.

Me hubiera gustado vivir contigo aquel verso de Sabines que decía "Y escribirnos y hablarnos y morirnos". Pero creo que es lo que acabo de hacer. Qué horrible carta.

Te deseo lo mejor, espero que nunca cambies. Te lo digo de corazón.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Las estridencias de la melancolía

Todo en ellos era iconoclasta, había una rebeldía zurcida con la falsa humildad de quienes se saben externos, como outsiders por voluntad y martirizados por un mundo que sólo comprendían a medias.

Casi todas las tardes tomaban café o jugaban billar, rutina inenarrable por la sordidez de sus pláticas, casi siempre gravitando en las mujeres o en pensamientos estériles de contenido acerca de la sociedad, como diatribas de esos seres alienados que recorren las calles del centro por tradición y diversión gritando a quien quiera escucharlos que el mundo está cerca de su fin.

- Tengo la crisis del estudiante- decía uno de ellos.

El de lentes, cabello lacio y con una mirada que parecía renunciar, con muchas dudas, a cualquiera que fuera su destino.

- Sí, esa crisis que no es meramente interna sino que se expande a todas las esferas de la vida. Es la de no saber qué hacer. Me aburre trabajar, odio mi carrera y no tengo talento alguno.

El otro, enmarcado por sus lentes de sol, lo observaba con cierto dejo de ironía.

Habían estado observando, como incipientes vouyeristas, el altercado entre los putos(trasvestis prostitutos) de la casona de la Elías Calles y la policía, en el centro de la ciudad. El absurdo de la situación fue ver a los policías actuar como maricones ante los maricones que, ante la inexorable amenaza de pasar tiempo en la cárcel-como recipientes de semen de el cerezo y carne fresca- rasgaron sus brazos con las esposas y empezaron un bailongo donde la sangre se convertía en un lazo común. Los policías se asustaban, gritaban, hubo alguno que se fue de la escena casi llorando porque la sangre de uno de los trasvestis(para saber cuáles de ellos eran los infectados de VIH) le había llegado a la cara. En el ocaso de esa violencia infantiloide, los policías ataviados con una sobreprotección de prendas( pasamontañas, cascos, lentes de electricistas, guantes), encañonaron y dispararon balas de salva. Llegaron ambulancias, y con los trasvestis ya sometidos, los bañaron en plena calle con manguerazos salvajes.

- Ya están acostumbrados, dijo un policía con cierta complacencia tácita.

Ellos, lo vieron todo desde la terraza del edifico paralelo. No dijeron una sola palabra en todo el suceso. Sólo fumaban cigarros indiscriminadamente y a veces cruzaron miradas de inertes secuelas. Eran los intrusos del absurdo. Después de que se llevaron a los sexoservidores, ellos bajaron y cruzaron el centro de noche. Pocos carros que sólo ayudaban para darse cuenta que aún los perseguían sus sombras reflejadas por las luces. Y fumaban. Cuando llegaron al jardín juárez, por el lado donde está el billar París( bien podría llamarse Parias, más acorde a su espirítu) había dos prostitutas que les ofrecieron sus servicios: 400 con hotel incluido, 100 más por mamada y 50 pesos por dejar al aire sus tetas ya caídas. ¿El tiempo? hasta que se vinieran. Nada de besos.

-No, gracias- dijo uno.

Las putas comentaron algo entre sí, casi murmullando y luego explotó una risa horrorosa que inundó toda la calle. Siguieron caminando, dos que tres patrullas pasaban, casi aleatoriamente, las luces bicolores aparecían y desaparecían como si estuvieran jugando en laberintos fantásticos.

Uno recibió una llamada. Era su ex-novia.

- Tenemos que irnos, dijo, va a pasar por aquí.
- ¿y?
- No.

Continuaron su camino. Erráticos y dispersos cada uno pensando en sus cosas. Avanzaban por toda la calle Juárez, rumbo al norte. Pasaron por la funeraria San Martín. Había mucha gente, quizá velando, quizá pisteando, había una tenue línea que separaba una cosa de la otra. Se oían ciertos lloriqueos adentro, dos que tres gritos ahogados, como si fueran mitigados por abrazos que compartían su dolor. Se podía imagina el hombro de algún anónimo puesto en la cara de una mujer, también anónima, destrozada por el dolor de una perdida.

-¿No te has fijado que el dolor es muy ruidoso en su afán de equiparar al silencio?
-No, yo diría que es al revés. El silencio es quien obliga al dolor a ser escandaloso para que después, el silencio pueda actuar. Es como vaciarse y después no tener nada que decir. Allí es el silencio.

Yo siempre que veo que alguien sufre me desespero, un relámpago recorre mi espalda y me incomoda. Son tantos rituales. Si llora está el abrazo obligado, las palabras huecas de sentido, la falsa condolencia, el triste pésame. Y siempre, siempre no logro escuchar su verdadero dolor.

- Es la resistencia melancólica.

- La estridencia de la melancolía.

jueves, 17 de noviembre de 2011

III

Que su hieratismo cotidiano comenzaba a resquebrajarse era una obviedad, aunque él aún permanecía parco e inmutable había en sus gestos y en su forma de mirar, cierta vulnerabilidad. Habían pasado 4 meses desde que la dejó de ver, desde que su boca pronunciara ese "cuídate" tan cargado de significados que recorrían el cuarto de hotel. Ni siquiera se atrevió a verla a los ojos, ella se daría cuenta de su mutación a una víctima: desnudo por el mundo, dando tumbos, con su labio inferior temblando nerviosamente, casi epiléptico.

Ahora estaba con Daniela, era un nombre corriente, casi ofensivo pero había algo en ella que le despertaba una ternura generosa. Por costumbre, sus encuentros ocurrían en cuartos de hotel. Él había tratado de mantener esa rutina de lo impredecible pero al final era un esfuerzo inútil. Daniela tenía un hijo de 3 años, se acababa de licenciar de historia y trabajaba en una dependencia gubernamental, archivando cosas que no tenían ningún valor. De esa condición de normalidad, de vida adulta, de estar sometida a los pilares sociales; brotaba un rencor que contrastaba con la ternura tácita de Daniela.

- Cuéntame más- le decía ella cuando terminaban y yacían en la cama. Él tardaba en responder, en su cabeza se llevaba a cabo una comparación entre Daniela y la mujer que amaba. Con Daniela todo era un acto atlético donde entraba en juego un involucramiento del cuerpo que, a consideración de él, era demasiado demandante. Todo respondía a la carne, al roce constante entre dos entes que no son nada, sino eso, carne. Y el placer terrenal que de ellos se desprendía.

La mujer a la que amaba, en cambio, tenía cierto orgullo secreto que ocasionaba que cada beso, cada caricia tuviera un sabor prohibido. ¿Se acordará de mí?

- La hybris aristotélica es la que hace que todo ocurra. Es el motor de la tragedia humana. Tú como historiadora me lo podrías explicar mejor.
- Es cierto, pero quiero el punto de vista más íntimo.
- Más idiota, quieres decir.
- No es eso. ¿Tú crees que la tragedia es nuestra forma de vida?
- No. No es la forma de vida. Es nuestro combustible. Todos, tarde que temprano pasamos la chispa por ese caudal de gasolina trágico. Porque somos pirómanos.
- El ser humano es pirómano. Es una bonita frase.
- Lo es, sí. Bueno, desde ese punto todo el devenir histórico puede ser explicado.
- ¿Hegel?
- También.

Cada encuentro con ella, cada agotadora sesión sólo acrecentaban su deseo por saber de su antigua amante. Lo atormentaban las dudas. Cuídate, con sus jos cobardes limitando su campo de visión a la puerta, evitando la silueta voluptuosamente femenina que se postraba en la cama.

martes, 15 de noviembre de 2011

II

Hay mundos siniestros que de vez en cuando toman forma en su cabeza, lanzándolo a una perversidad que rompe con ciertos límites eróticos que van inherentes a su acuerdo con ella. Su cuerpo yacía debajo de la sábana, desnudo, femenino. Sólo el cuello y la cabeza quedaban al descubierto. Él se acercaba sigiloso, cada movimiento suyo era mimético del anterior: perfilados en un silencio y una astucia que formaban un todo. Se encontró a sí mismo besando la parte trasera de los muslos de su bella amante, un poco rígidos pese a estar postrados en la pasividad del sueño.

No se despertaba.

La intimidad de su boca y el sexo de ella le sugerían la idea de no ser demasiado agresivo, sino sutilmente despiadado. Su lengua recorría de un lado a otro mientras sus labios devoraban los extremos. Por fin, ella se movió, un leve resoplido se le escapó: le gustaba.

¿Puedo preguntarte algo?
- Mja. Mientras continuaba su misión.
- ¿Estás solo conmigo por el sexo?

Él se apartó. Se empujó con los brazos hacia atrás y salió de la sábana como un fantasma.

¿A qué viene eso?
- No sé, me quedé dormida pensando en esa pregunta y, sobre todo en tus posibles respuestas.
- ¿Ah sí? ¿y qué te contestaba en tu fantasía?
- Prefiero oírlo de tu yo real.
- Pero va a ser aburrido.
- No me importa.
- Sí. Me importas mucho y cada vez que nos encontramos siento que te tengo mayor aprecio, incluso, podría decir que te quiero. Pero al final, todo se resume al sexo.
- Esa era la respuesta que más me dolía, de esa rara compensanción semántica de poner halagos en una respuesta ojete.
- No son halagos. Es la verdad. De todas maneras ¿tú por qué estás conmigo?
- Porque eres mi secreto y la culpabilidad me hace seguirte viendo.
- No te sigo.
- No es tan complicado. Mira ¿te acuerdas la primera vez que nos conocimos?
- Sí, en el caffenio del Solidaridad.
- Ajám, allí yo ya tenía decidido engañar a mi esposo. No sabía con quién, podía ser cualquiera, sin embargo apareciste tú y toda esa forma de hablar tan tuya, tan educada. Y me dije, pues será él.
- Ok, ¿pero qué tiene que ver eso con la cupabilidad?
- Déjame terminar.
- Está bien.
- Yo ya me sentía culpable antes de empezar contigo, o con cualquiera que hubiera estado, no tiene nada que ver con el pecado carnal en sí, sino con la idea ¿me explico?
- No del todo.
- Ok, a ver si puedo. Desde que me casé me he sentido culpable, y no por no amarlo sino por el hecho de estar con él. Necesitaba sentirme culpable por algo tangible, concreto, terrenal.
- Eso es más ofensivo que lo que yo te respondí.
- Quizá, pero estamos a mano.
- ¿Me quieres?
- Tanto como se puede querer a un secreto.
- El amor a la repulsión.
- A todo le das la vuelta de forma que quede en ese patetismo.
- ¿Cómo se quiere un secreto, entonces?
- Como si fuera uno misma.

En la intimidad el mundo exterior pierde su fuerza, su pegada pero sigue sobrevolando como una sombra enorme que se cierne sobre las individualidades y las maltrata hasta acallarlas.

¿Me has relatado?
¿Delatado? no, qué va. Te has convertido en mi secreto.
No, relatado, ficcionalizado.
Ah, sí, muchas veces.
Odio que lo hayas hecho.
¿Por qué? a mí me halagaría.
Pero tú vives en tu mundo, donde todo está controlado. Y son las desgracias las que te satisfacen.
¿Está mal?
No lo sé. Pero has puesto tu mundo lejos de todo. Y eso a veces es insoportable, te convierte en un ermitaño injustificable, en un animal socialmente inadaptable.
No tengo otra forma de ser. Pero dime, ¿qué es lo que te molesta que haya escrito de ti?
Me molesta porque cuando escribes de mi, en realidad no lo haces enteramente de mi, lo haces de una idea ya preconcebida de mi y me despojas de mis matices.
-Yo pensaba que eso es un halago.
- No, siento que me engañas con esa idea. No me gusta que me comparen con una idea, siempre pierdo. Y aparte, seguramente haces que mis defectos, que los tengo, y muchos; se conviertan en manías mínimas, tiernas y dulces.
- Así te veo.
- Pero eso es porque sólo nos vemos en cuartos de hotel.
- Esa es una ventaja.
-¿Me amas?
- No. Me intrigas.
- Eso es mejor. De algo sirvió mi título en artes plásticas. Pero dime qué escibiste de mí.
- Que eras ama de casa. Y que tu esposo te engañaba.
- Tengo la sospecha que en verdad lo hace.
- ¿Te molesta?
- Sí, mucho.
- Déjalo.
- No, creo que puede ser benéfico. ¿Y en esa historia dónde estás tú?
- En tu cabeza. Engañas a tu esposo con una invensión literaria tuya. Me creaste como un personaje de Stendhal. Carismático y vil.
- ¿Y por qué no en el primer amante de Madame Bovary?
- Porque allí lo tendrías que consumar en la realidad. Bueno, el punto es que vas sola a cuartos de hoteles anónimos, te acuestas y piensas en todos los encuentros ficticios que hemos tenido. Te sales de noche, inventas citas de trabajo, viajes. Hasta compraste un perfume de hombre.
-¿Cuál?
- La que yo uso.
- No sé mucho de ti y nunca he tenido nariz para reconocer.
- Perry Ellis White 360.
- Vaya, aprendí algo de ti. ¿Y cómo termina?
- Con el tiempo terminas juntándote con alguien que conoces en uno de tus "viajes".
- ¿Y es tan maravilloso como el tú que inventé?
- Pensé que dirías solamente tú.
- Ni me pasó por la cabeza.
- Perfecto...no, no lo es. Decía Roth que los amantes tienen un ciclo. Empieza con el de la fantasía, pasa por el de las probabilidades y finalmente el de la rutina, que es como estar casada dos veces.
- Por eso no me hablas de tu pasado.
- No, no eso. Simplemente no me interesa comentarlo y obligar a mi memoria a exponerse otra vez.
- Siempre tan dramático. Dime una cosa ¿cómo se diferencia la "yo" de tu historia a la yo con la que ahorita estás hablando?
- Tú lo dijiste: los defectos de ella son manías mínimas, involuntariamente encantadoras.
- No me refería a eso.
- ¿Entonces?
- ¿Cómo sabes o cómo sé que la mujer de tu historia no es en realidad quién está escribiendo todo esto? es decir, que tú eres la ficción de la ficción de tu relato y yo soy mi propia representación en ese escrito.
- Eso no lo podría contestar, es como si quisieras una respuesta acerca de la existencia de Dios.
-¿Y tú tienes una creencia en cuanto a eso?
- No lo sé. Siempre estoy en conflicto con él por lo que de alguna manera doy, de forma tácita, como válida su existencia.
- Ya veo. ¿Crees que preguntarte eso es preguntar sobre tu pasado?

Él se levanta y abre la ventana. Agarra un cigarro y lo prende. Se queda pegado a la ventana para que el humo no active el detector.

- Sí, de alguna manera. Ese confrontamiento corresponde a mi pasado. Pero, supongo que todo eso tiene que pasar, nos tiene que pasar.
- ¿Significa nuestro final?
- No sé. Supongo.
- ¿Te molestó alguna vez que yo fuera mayor que tú?
- Ya no lo supongo, ahora tengo la certeza.
- Sí... contesta.
- No. Y no se trata de tu edad. Las mujeres que son menores que yo son más idiotas que yo. Se mueven en un mundo donde los pilares están erosionados.
- Son las 4: 20.
- Es la hora de mi nacimiento.
- Creo que es mejor que te vayas.

´Tiró la colilla por la ventana y se quedó observándolo como se consumía poco a poco, moribundo en el frío de la noche. Se vistió y se fue de allí sin volverla a ver a los ojos.

- Cuídate.

Y sólo se oyó un leve rumor de sus pasos yendo por el pasillo.

domingo, 13 de noviembre de 2011

El calvario de Márquez

Algo me conmovió ayer, no tanto la entereza de Márquez en esos 12 rounds cerebrales, técnicamente impecables; no, ni siquiera fue su concentración o su mirada determinada a hacer historia. Más bien fue el desenlace, el abismo de decepción que se confabuló para mostrar la naturaleza trágica del mexicano.

Decía Monsivaís que al mexicano no le gustaba el hombre exitoso sino que se identificaba con el personaje que, por azares del destino, se veía despojado del triunfo y quedaba impotente ante una realidad injusta; estático ante la muerte de su esfuerzo. Y es este sentido trágico lo que me conmovió; escuchar a Márquez encarnar esta folclórica identidad mexicana mediante cierta teatralidad. " Voy a pensar en el retiro" como una postura llena de sugerente dignidad que pone en manifiesto la injusticia del destino. " ¿Qué hago, lo medio mato o me suicido?" como la representación hiperbólica de su frustración e impotencia ante la futilidad del resultado.

A mí siempre me ha parecido que Márquez es el último gran peleador mexicano, la última encarnación del arquetipo del boxeador de barrio: técnicamente impecable, picudo y valiente, kamikaze cuando el combate así lo requiere y táctico cuando le conviene. Y ayer, al menos en mi perceptiva se acaba de anclar a la historia de los tótems boxísticos en esa larga lista llena de dramáticas historias exitosas de perdedores patológicos que rozaron el cielo con su talento para luego perderse en esa especie de fatalismo inherente a ellos.

Márquez perdió, sí, pero se ha convertido en el nuevo-y último- referente del pópulo. Todos nos hemos identificado con él, hemos sentido su dolor y hemos estado moribundos de furia viendo la cara desconcertada de Pacquiao. Ayer, se palpó ese aroma a un partido de fútbol donde México se juega el mundial, el deporte popular por antonomasia.

Y todos, muy en el fondo, deseábamos que ocurriera lo que pasó; que le dieran el triunfo a Pacman; por eso el grito típico del mexicano es el "sí se puede", por eso nuestra canción icónica es el cielito lindo, el "ay, ay, ay, canta y no llores" porque el mexicano sólo se reconoce a sí y a sus compatriotas en torno a la tragedia.

martes, 8 de noviembre de 2011

jueves, 27 de octubre de 2011

La tautología de los amores imposibles

Amor imposible es una tautología, al menos en mi experiencia. En su sentido lógico y retórico, no hay que darle muchas vueltas. Pero con Ciria todo era distinto, realmente pensé que lo podía lograr: romper con todas las imposiciones que yo me ponía-y les ponía a las mujeres-, vencer por fin ese sistema tan complejo de autosabotaje y autodestrucción; resquebrajar, aunque fuera un leve rasguño, mi necesidad de tragedia para darle cierta validez a mis vivencias.

Y es curioso, desde que la conocí todo apuntaba a un desenlace fatalista como finalmente ocurrió. Ella era lesbiana o al menos eso me dijo. Lo cierto es que era una mujer que sin tener una belleza deslumbrante, tenía algo, esa pasión animal incapaz de explicarse con palabras o siquiera con gestos. Había en ella un hechizo circundante: todo lo que tocaba cambiaba de forma, de color, de sentido.

Por eso me enamoré, por eso la quise, por eso la amé. Todo el tiempo en el que estuvimos juntos-primero como camaradas que se quejan de la naturaleza despiadada de las mujeres- supe que ella era única-más allá de su homosexualidad-, su carácter sencillo, su risa que explotaba cada vez que la veía con mayor intensidad me permitía acercarme y conocer sus entramados físicos y metafísicos. Era más que una mujer. Y era más que un reto. Era amor, amor imposible.

A los dos meses de conocernos y de verla cada tres días, la besé. Fue un impulso articulado desde las entrañas, desde el necesitar una escena trágica que acabara con mi cuerpo caminando en una soledad urbana esperada. Pero ocurrió todo lo contrario. Ella me correspondió con el movimiento de sus labios, tenúes e indecisos, llenos de una pureza y una ingenuidad que encontré orgásmicos. Siguió un silencio horripilante, en mi pesimismo natural y la realidad improvisada-y opuesta- me quedé sin habla, sin aire y sin ideas. Me colapsé y mi respuesta fue volver a besarla. Hablar hubiera sido desastroso, justificarme hubiera significado una cachetada, pedirle perdón sería igual a perderla en una ola de nostalgia recalcitrante.

Nos separaba algo más que su sexualidad. Había diferencias antropológicas muy marcadas, ella venía de una familia muy católica de origen francesa. Yo era un mexicano con familia japonesa, de esos ya secularizados e insertados en el dominio público, aunque con una particularidad: soy ateo.

Desde esa diferencia-que según el lugar común eso no importaba- nuestra frágil relación se veía amenazada. Había constantes peleas-desde que sólo éramos camaradas- que a veces tomaban un tono ligeramente violento. Después del beso, esa violencia pasó a ser un motor de pasión desbordada y feroz.

lunes, 3 de octubre de 2011

Escenas de un final I

Ni aunque el mundo se acabe.

Le costaba levantarse, abrir los ojos era un esfuerzo estéril. Estaba en la estación de camiones, sucia como siempre, llena de mirones anónimos que lo observaban con cierta curiosidad y cierta perversión. Caminaban alrededor de él, sacándole la vuelta. Después de todo era raro que alguien usara gabardina en Hermosillo.

Era diciembre y era muy temprano, las 6 quizás. El sol aún no salía, hasta él se tomaba descansos en invierno. Se sentó. Se talló los ojos y empezó a tener conciencia de dónde estaba. Fue a tomar un café y después salió a fumar un cigarro. El primero del día. A las 8:40 salía su camión. Recordaba el nombre de ella. No, para qué volver a esos recuerdos de la noche anterior.

- Me llamo Omar y estoy por irme de Hermosillo- se repetía a sí mismo mientras inhalaba el humo del cigarro que se hacía denso por el frío y que cuando lo expulsaba de su cuerpo, subía lentamente, formando figuras fantasmagóricas aterradoras, como si quisieran convertirse en un cuerpo, en carne. Carne, cuerpo. Otra vez los recuerdos de la noche pasada, de su ida, de su despedida al ritmo de Barbieri tocando el último tango en París. Je, el último tango en Hermosillo, al menos para ella y para mí.

Se apretaba la bufanda, se acomodaba la gabardina, tiraba el vaso de café, prendía otro cigarro. El segundo del día y apenas son las 6: 18. Seguía teniendo sueño. Seguía pensando en ella y en Barbieri.

Ella se llamaba _________________. Pronunciar su nombre era diabólico, era torturar al corazón, era entrar en esos juegos maquiavélicos que la memoria prometía en pos de quemarse todo por la condición del amor puro. En parte por eso te fuiste.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Historias cortas(en menos de 6 palabras)

-Espero que te quemes.

- ¡Anda! ¡Dispara, maricón!

- Por eso te dejé de amar.

- Y se fue para siempre.

- Nunca estuve tan cerca del infierno.

- En ese momento lo comprendí todo.

- La calma de la muerte.

- Su mirada es de puta.

- Me dijo cobarde; el muy imbécil.

- La soledad me trituró el corazón.

- El cielo perdió su color...

- Pesaba mucho pese a ser delgada.

- Se levantó con el muerto enseguida.

- Si te vas, olvídame.

sábado, 10 de septiembre de 2011

´...

Esa noche me debatía el tipo de música que quería escuchar. Era cerca de la medianoche y estaba nublado(no llovía ni iba a llover). La calle estaba vacía, ni una presencia, ni siquiera sombras adornaban ese desierto urbano, burgués. Mis opciones eran Chet Baker y Bill Evans. Coltrane era demasiado enérgico, demasiado caótico. Davis era demasiado melancólico, capaz de arrastrarte a lo más oscuro. Por eso Baker y Evans. El primero si bien daba pie a que te rompieras, era un escalón más abajo que Davis. Y Evans, en un prejuicio idiota, no tenía la fuerza necesaria para vencerme.

Elegí a Baker: Almost blue fue la primera canción que puse.Iba a tono con el color de la noche y su soledad infranqueable. Y me acordaba de ella mientras encendía un cigarro. A ella no le gustaba que fumara, era lo único que alguna vez me criticó. Y fue más una necesidad.

Dejé de fumar por ella, ahora saben que ya no está conmigo. Me abandonó un día, encerrada en silencios pasivos, como si yo no hubiera existido. Cuando uno es feliz no sabe que lo es. Eso me pasó a mi. Tenía la certidumbre que algún día ella me dejaría y eso no me dejó disfrutarla. Supongo que esa es la razón por la que me dejó. Y aunque suene a contradicción, también es cierto que el amor tiene fecha de caducidad.

Me acuerdo de todos los momentos que pasé con ella, están fiscalizados día a a día, beso a beso. Su desnudez, los gestos que tomaban un cariz único cuando su cuerpo los hacía. Hasta sus palabras. Y pasa algo raro, naturaleza humana le podemos llamar si así me permiten; los añoro a todos. Lo que antes me parecían pláticas insustanciales, hoy me fascinan por su complejidad.

lunes, 29 de agosto de 2011

,,,

A alguien que le importara. Ésa era su motivación, inconsciente quizás, pero con un fondo verdadero. Necesitaba confesarse. No es que tuviese pecados macabros o perversiones más allá de lo imaginable pero él sentía esta necesidad casi extinta de confesarse.

Podria decirse que estaba lastimado, no por el azar de la vida que lastima y maltrata a todos sin distinciones(es cierto, a algunos más que a otros) sino por una voluntariedad cuyo significado ni él sabía. Escuchaba noche a noche a Jhonny Cash, en especial esa maravillosa canción de Hurt. Era su ritual de tortura, de sentido casi sádico emulando (según él) ciertos ritos medievales para seguir rompiendo con su espirítu, su alma. Porque él era así, se consideraba así mismo un hombre anacrónico, un alma vieja y vejada por esta modernidad que ya no se reconoce y eso la hace exitosa.

Tenía que confesarse. Preparó de manera meticulosa cada palabra de su discurso, desglosándolo y analizando que cada palabra cumpliera su cometido. Pensaba que, el lenguaje sólo tenía la intensión de comunicarse y lo estético de éste era una mera vanidad, un artificio con el que los escritores petulantes ponían en evidencia sus carencias morales. Y por eso, en sus diversos manifiestos usaba groserías, para darle una verticalidad, una pegada a sus ideas que serían ignoradas de cualquier otra manera. Pero todas esas diatribas(sí, eran más críticas que manifiestos) las guardó porque creía que los manifiestos habían perdido su capacidad de conmoción limpia en el mundo, cargados ahora de una significación negativa, casi terrorista.

La verdad sea dicha todos sus escritos carecían de una coherencia práctica.


jueves, 18 de agosto de 2011

La mujer de la mirada metafísica

Nunca una mirada me atrapó tanto como la de ella. Ya pasó casi mes y medio y todavía me levantó a media mañana empapado en sudor. Su mirada tenía un no sé qué irredutible, esos ojos tan fijos, tan permanentes y tan necesitados de parpadear. No puedo negar que son los ojos más hermosos que he visto, sí, pero también los más aterradores. Podría hacer una hipérbole de que eran como un mini aleph; aquel punto del universo dónde se podía ver todo, absolutamente todo.

Pero sería necio si no aceptara que había una especie de magia, de metafísica que abrazaba a esos ojos. Eran las 3: 42 de la tarde y era un día nublado, las gotas de agua caían como pidiendo perdón a las nubes y al cielo. Los cigarros se iban acabando y yo ya estaba aburrido de esperar y fumar. Estaba afuera del periódico Reforma, edificio monárquico y redundante, epítome del periodismo moderno.

3:37, lo siento mi amigo, ya esperé demasiado y no estoy para estos lances. Soy un inútil y según Kundera(mediante un silogismo muy rebuscado) la inutilidad es lo más moral; pero a mi no me gusta ser un moralista así que me tengo que ir a hacer algo. Bajé caminando por la calle San Lázaro, toda una cuadra viendo a gente coexistir con los carros, algo tan materialmente imposible que daba terror ver como no atropellaban a nadie. Por Universidad unas dos cuadras hacia la izquierda para llegar al metro Zapata. Es de esos momentos donde uno sabe que la certidumbre de la vida está por romperse, donde la realidad es desgarrada por un evento fortuito que obliga a pensar en la inutilidad de la sistematización de nuestras vidas.

3:41, en medio del tráfico y esperando a cruzar Universidad, ocurre ese evento aislado, disidente a todo la lógica y razón. Camina hacia mi-mentiría si la describo- y yo camino hacia ella. Es el efecto de la gravedad o el efecto de los imanes. Una atracción indetenible, casi fatal hace que paso a paso nos acerquemos y que, en el momento justo donde solo media un poco de espacio, los dos nos miremos directamente a los ojos, engullidos por nuestras propias miradas, por nuestros tormentos y por nuestros anhelos. 3:42, pasa de largo, yo me detengo. No puedo seguir. Prendo un cigarro suelto que compré minutos antes, lo fumo mientras volteo. Y allí está ella, parada a 4 metros de la esquina: rígida como estatua. Una masa de personas la rodea, todos ellos esperando a cruzar.

Verde. La masa se mueve como si fuera un solo personaje, en una armonía perfecta. Pero ella sigue allí, inerte, con la mirada en un vacío, en un abismo. Yo sigo fumando pero tampoco me muevo-no sé si porque no quiero o no puedo-, y la observo. Veo el pesar de sus movimientos para ponerse a caminar. Enfila hacia la calle, sola, enredada en el tiempo.

Su mirada metafísica me atosiga, me persigue. No creo que se deba a alguna conexión bizarra de amor eterno, ni siquiera creo que haya sido un lazo entre dos extraños que se observan por primera vez, frente a frente. Creo más bien en la desnudez del alma a través de los ojos. Y creo que nuestras reacciones(las de ella y las mías) son más bien ese pudor, ese sonrojamiento que se da cuando a uno lo ven desnudo por primera vez, sin mediación alguna. No sé sus secretos, no sé sus anhelos, no sé su nombre. Sólo sé que su mirada es aterradoramente bella. Quizás ella piense lo mismo de la mía.

jueves, 11 de agosto de 2011

I

Quizá no sea el momento indicado para contar esto. No lo sé, vivo en una eterna indecisión, creo que eso fue lo que me arrastró a este punto. Soy una persona de muchas soledades, es cierto; alguna vez una maestra me lo dijo: "todas las personas, en un momento u otro atravezamos las distintas fases de la soledad pero tú, tú vives con distintas soledades; no sé cómo no te has suicidado".

No recuerdo qué le respondí, he llegado a la conclusión que las lagunas de mi memoria, la incapacidad de ésta para guardarse esos momentos crean un ambiente para eso que describió mi maestra. No sé si me explico: cuando uno tiene una memoria normal, con una capacidad normal, no puede vivir con soledades simultáneamente(aquí pongo en duda a qué se refería ella cuando me dijo fases y muchas, palabras claves) porque los recuerdos hacen, imitan o llenan las vivencias y las presencias. Pero eso no tiene ningún sentido para mí, es como si mi pasado se reescribiera y no por mí sino por los demás.

En fin, la historia nace como consecuencia a la estulticia de la carne, y no me malinterpreten, creo que la carne(el cuerpo) es lo que nos hace ser nosotros. Vivir para sentir, eso es en su capa más elemental, la más básica de las respuestas. Y ella lo sabía y me lo hacía saber. Nunca mencionó nada de mis soledades, al contrario, las ahuyentaba.

Ahora sé que no me amó y lo que es peor, que se contagió de lo que es mío, me asaltó y me corrompió. Hizo que olvidara mis soledades(en plural) y que paseara con ella, solo, vaya ironía, yo sin mis soledades. Solía tocar en su piano aquella canción de Mingus, Myself when I'm real.

La tengo grabada(de lo poco que me acuerdo de esos detalles que van dando forma a las relaciones humanas) y no porque significara algo preciso(nunca me la dedicó, sólo la tocaba una y otra vez) sino porque es música, y la música, si te llega a golpear es imposible olvidarla(como a las soledades, por más que las ignores). Y siempre pensé que esa agónica melancolía era una alegoría de nosotros, sí, me veía a ella y a mi como algo abstracto, ajeno a ese entendimiento común del mundo, ta práctico, tan literal, tan vulgar.

Una vez, ya al final de los días o mejor dicho, nuestros días; me dijo que por qué la veía a ella como un símbolo. Pensé que es lo más importante que se le puede decir a alguien, mitificarla, exponer todo lo que ella encierra lejos del horror de lo real. Un símbolo representa algo, algo que no nos compete. Se quedó callada y se puso a tocar a Mingus, lo tocaba con rabia, improvisaba(algo impensado en ella) con cierto desdén a lo que era Mingus.

Entonces paró en seco en el momento álgido de la canción.

- Mingus es un símbolo, esta canción es un símbolo, ese libro que estás leyendo es un símbolo. Que tú me conviertas en eso, sólo porque a ti te place, sólo porque tú crees que es halagador es absurdo. Me podrías describir con una metáfora, me podrías hacer una sinécdoque, convertir en un tropos, en un cronopio, incluso, pero nunca me digas que soy un símbolo. Un símbolo es general, no para un idiota que rehuye del amor.

Volvió a tocar, justo dónde se había quedado. El mudismo de la situación, la furia de su cuerpo y la cercanía de su voz, algo que nunca había visto me hicieron desearla, me hicieron convertirla en un ente inmortal que sólo a mí me correspondía juzgar. Entonces pasó.

- No soy un símbolo-volvió a decir. Sus palabras habían perdido vitalidad, el brillo de marabunta que minutos antes habían tenido. Volvió a convertirse en algo con fecha de caducidad, convertida en una lata de conservas en algún supermercado más. Esa promesa de amenaza mortal se diluyó y quedó resquebrajada en un solo reflejo: ella y su piano.

Yo soñaba con algo abstracto y nuestros cuerpos lo hacían realidad. Por eso me desesperé cuando vi que ella no me entedía, cuando ella interpretaba mis gestos(en realidad no son míos, no son de nadie) como un acto de cobardía, como una populacha forma de alejarme de ella de forma elegante. Allí supe que no me amaba.

miércoles, 13 de julio de 2011

Ejercicio egocentrista

Cuando salí de la prepa pensé que me iba a comer el mundo. No ha sido así y tengo la certeza de que no va a ser así. Tengo 22 años y me siento un fracaso, como un hombre que ve al vacío en el borde de un acantilado, paciente, esperando a que todo caiga.

No tengo trabajo y odio lo que estoy estudiando, soy lo más sincero que puedo ser. El periodismo me parece un cadáver ajeno, un muerto de buenos propósitos que se ha ido degenerando, como todo en este presente. Un cuerpo aguado, despojo material maquillado hasta en su pene para que la gente quede maravillada ante un espectáculo perverso, casi necrofílico. Lo decía Kundera, los imagólogos han tomado la posesión absoluta del mundo, de los poderes de nosotros, simples mortales sin capacidad ni vanidad para crear. Me enfada el periodismo. Representa tantos pecados de lo que somos-y de lo que soy-, es algo tan redundante en la práctica y tan nauseabundo en la teoría.

Hace una semana estaba en México y hablaba con un amigo acerca de lo que somos-cada uno como individuo-. El punto es que nuestro ser se compone de las pequeñas decepciones de las que nos vamos llenando, de los ideales que pensamos cuando somos adolescentes y de esa mediocre complacencia con la que nos aceptamos ahora. Al menos no tengo hijos, me consuelo. Sí, pero la hipertrofia de mi realidad-causada por mi- es ya permanente. Sólo que me queda mi memoria, testamento único de la nostalgia y de la melancolía.

miércoles, 29 de junio de 2011

Llévate contigo mis heridas.


Creo que esto de escribir es terapéutico. Aún no consigo olvidarte, has pasado de ser un recuerdo constante a ser una patología incurable. El día que te fuiste te dije que me amarraras hasta que no escucharas mis gritos. No sé qué te impulsó a dejarme. Aún hoy me lo sigo preguntando.

Tenías marcado en tus ojos un sello de la eternidad que sólo se activaba cuando estábamos juntos. Eso me lo dijiste tú. Yo te creí sin reparo alguno,entregado totalmente a ti. Tengo que escribir del día en que desapareciste, es una necesidad que no admite posponer.

Siempre he sido firme a la idea de que la mujer es el único motor de la historia. Todo lo de las teorías marxistas, hegelianas y demás son una palabrería brillante pero alejada de la realidad palpable. Y tú, al menos en mi historia eres ese motor y no sólo eso, sino que eres también la finalidad. Mi finalidad. Quedarme contigo cuando me canse del mundo,cuando me canse del final de lo que ocurre. Pero te fuiste, te fuiste para siempre. Y llore lo que llore, grite lo que grite, no volveré a verte.

Por eso me quemo todo cuando recuerdo tus palabras. No sé si fueron las últimas, mi memoria se transtorna cuando recuerdo esos días, ese infierno vivo en el que nos sumergimos.

- Me van a olvidar pronto.

Hay dos cosas que me hace perder la razón cuando recuerdo esas palabras moribundas. La primero es si no tengo miedo por tu voz profética, y que esas palabras se cumplan como pesos muertos, como espadas de Dámocles en una realidad que no puedo manejar.

jueves, 16 de junio de 2011

Las mujeres y lo efímero:sentido estético de mi vida I

La tragedia de todo hombre puede ser reducida en dos grandes grupos: el tiempo y las mujeres. Cada concepto-sí, la mujer pese a su voluptuosidad se entiende mejor como idea- puede marcar de manera absoluta una vida. Pero son sus relaciones entre sí(el tiempo y las mujeres) la que llevan al hombre a un estado perpetuo de angustia, desesperación y nostalgia trágica.

Cada hombre carga con un destino que aún no logro dilucidar si es por voluntariedad o por carga divina o azarosa. Mi sino con las mujeres es el de la brevedad, signo incombustible que no hace sino repetirse.El tiempo y las mujeres relacionándose para acabarme. Podría ejemplificar pero me perdería en un río de recuerdos que abrirían heridas anacrónicas que, al menos, ya estaban en un punto borroso, casi ajeno a mi memoria.

Lo que sí es que puedo poner un caso arquetípico(por ser la figura que es). Mi madre. Fue una relación efímera. El tiempo aquí explora toda su relatividad y subjetividad. 21 años 10 meses la conocí. Pero la relación madre-hijo es la única que está sujeta a la permanencia histórica-de los tres tiempos- y siempre, siempre que uno parte, su presencia nos parece una fracción de tiempo, un ínfimo momento de una relación que jamás debió expirar. 21 años 10 meses(redondeando, en realidad fueron 21 años 9 meses 20 días). Y allí es donde uno reconoce su sino, su pecado y su penitencia al mismo tiempo. Su causa y su consecuencia, su modus vivendi y modus operandi. Como una simultaneidad, una aceleración de dos tiempos, de tres tiempos que nos parecen tan distantes. Como una paradoja continua.

Lo efímero de la mujer. La mujer de nuestra vida, vida como elemento del tiempo, como una línea en el espacio que se quema y que caduca, que hierve en un calor horrible y que morimos. El tiempo, tragedia final del hombre. La mujer, tragedia más importante que la final. Cada que reconocemos estos pasajes inexorables de nuestra condición de hombres, lo único que se puede hacer es adoptarla como sentido estético. Con rigor militar cumplir con los designios de nuestro pecado original, aceptar esta condición y dotarla de un significado puro, filosófico y estético.

La poesía de lo efímero, fin último para los que no queremos contradecirnos, para los que aceptamos esto como algo inherente a nuestro propio ser-rehusarse es vivir lo distópico como utópico-, a nuestra propia esencia. ¿Rebelarse?un ejercicio infantil, idiota, optimista. El sentido estético no responde a la heroica populacha, responde al martirio más puro, más elevado: vivir el calvario del pecado con belleza. Vivir lo efímero como una tragedia común, diaria.






martes, 10 de mayo de 2011

Aún puedes arruinar mi día

La conocí en un viaje en camión. Ella iba a Mazatlán yo a Hermosillo. Es algo raro, los encuentros más azarozos suelen ser los más edificantes. El camión iba semivacío y aún con la mayoría de los asientos disponibles, los dos mantuvimos con rigor militar los números que sugerían nuestros boletos. 13A para mí y 13B para el suyo. Cuando yo subí al autobus ella ya estaba sentada. Inmediatamente los dos sonreímos de forma cordial, como dos conocidos de toda la vida.

El camión se movía. El paisaje urbano era una continua exploración del vacío de nuestras existencias. Ella no hablaba. Bebía mucho de una caja de jugo Jumex de piña.

-Piña para la niña- le dije, de manera idiota.
Ella rió, no sonrío, rió.
- ¿Quieres? tiene vodka.

Ahora yo reía de manera nerviosa.

-Me llamo Omar-.
-Hola, Omar. ¿Quieres o no?

lunes, 2 de mayo de 2011

La despedida eterna


Y toda la lluvia caía sobre nosotros. Infinita lluvia. No puedo imaginar una escena más dramática y absurda que esa. Despidiéndonos en la lluvia.

-Con favor de Dios nos volveremos a ver, dijo.
- Vete a la mierda.
- No entiendo por qué tienes que ser así.
- Yo sí y con eso me basta. Ya vete, que te vas a enfermar.
- Siento que quieres decirme algo.

Puto sexto sentido de las mujeres.

-Sí, le dije. Te amo y te vas. Eso es lo que tengo que decirte.
- ¿Para qué me quieres aquí?
- ¿Para que te quieres ir?

En el estereo del carro sonaba
Ascenseur pour l'Echafaud de Miles Davis, y ella estaba al borde de un llanto, llanto que probablemente no significaba lo que yo quería que significase. Pero no importaba, me da un cierto placer mórbido verla llorar. Cuando está rodeada de lágrimas es la única ocasión donde es vulnerable, donde se crea la paradoja del amor, de cuidarla y a la vez lastimarla. Es una historia de amor viciado, por eso se quería ir. Nunca me dijo al lugar que iba. Eso sí, cargaba en sus maletas decenas de cartas mías y decenas de cartas suyas que nunca me entregó.

Aún me pregunto que es lo que decían esas cartas, escritas en las noches más aciagas, escritas bajo la influencia del saxofón de Parker(era su músico favorito) y con la noche bajando su telón, quedando ella dormida sobre las hojas y la tinta maldita. Quizás diría que me odiaba, o que me amaba tanto que me odiaba. Nunca lo supe, ella era amante de ese tipo de frases.

Una noche melancólica y llena de vientos me dijo que aunque se lo pidiera no me olvidaría. No le contesté. Prendí la computadora y puse un poco de Sony Rollins. Ella empezó a fumar y me besó. Te amo me dijo entre susurros, entre besos casi fantasmales. La besé y no le contesté. En vez de eso le conté la historia de nuestro futuro: yo iba a enfermarme de algo muy grave, crónico. Una enfermedad destructiva pero lo iba a mantener en secreto, dentro de mi hieratismo no quería que ella sufriese. Una tarde ella entraría a la casa y me vería recostado en un charco de mi propia sangre, el impacto sería tal que se infartaría(aquí sé de lo bajos que son los índices de infartos en mujeres pero es mi fantasía) y yo que aún estaba vivo, moriría encerrado en la soledad de su muerte. El colofón perfecto para una historia trágica.

Supongo que por eso se fue, sabía que tenía cierta fortuna con algunas historias que pasaban y que se convertían en realidad.

Y de mientras, la kilométrica canción de Davis(era un disco en vivo) seguía sonando. Ya no me respondió, solo esbozó una tenue sonrisa y me dijo que me cuidara.

Le pedí una última cosa.

-¿qué quieres? me dijo con cierto cariño.
- Olvídame.

La paradoja del amor. Hacerles daño hasta que ya no puedan más.

viernes, 18 de marzo de 2011

miércoles, 16 de marzo de 2011

El cigarro de Bolaño

No he podido entender su universo, siempre lo he intentado pero nunca he podido. A veces me siento como un personaje suyo, lleno de pequeñas anécdotas sórdidas en un mundo al que no le intereso(en realidad al mundo no le importa nadie, ni él mismo). Pero sólo a veces, porque jamás podré ser un Ulises Lima, un Arturo Belano. Si acaso me acerco a García Madero pero sin el talento ni la sensualidad ni el carisma.

He de decir que cuando leí El Gaucho Insufrible me dejó frío, como si acabara de presenciar el desbaratamiento de cadáveres literarios. Cuando leí su manifiesto infrarealista me pareció pretencioso pero cuando acabé Los Detectives Salvajes(que nuevamente lo estoy releyendo) me quedé en un estado perpetuo de inanición donde la sorpresa se incrusta en el fondo del alma(si es que acaso hay una) y no sale, y peor aún invade todo lo demás por metástasis.

Su pasión por la literatura perdura en esa cosa que llamamos tiempo y su ausencia no hace más que acrecentar la nostalgia de ese estilo transvanguardista(por citar a Sergio González) de un intimismo agobiante, casi mortal o suicida que no deja que los pasajes del libro fluyan sino que los recopila en una cuenta infinita de situaciones que dan la apariencia de estar interconectados. Y puede ser que Bolaño quisiera contarnos todo, y en el todo uno encuentra, por lo general, las pesadillas del autor que sin darnos cuenta son las nuestras, nos apropiamos de ellas, las maquillamos y les ponemos una etiqueta sin nombre, solo con un permiso para que nos mantengan en un vilo desesperado, inconsciente.

La autoreferencia de Bolaño en cuanto al panorama literaria se siente a cada letra pasada por la vista, la rebeldía interminable y caótica, el viaje en espiral, en un bucle eterno destapando al infierno y al paraíso, a las maravillas y miserias terrenales.

Al final todos somos personajes de Bolaño, prendiendo un cigarro y divagando por los diferentes cielos, buscando algo o alguien(sería indescifrable) y sin una sola respuesta, tomando café con leche en un cuchitril de mala muerte hablando de los silencios rulfianos(aceptados) o rimbaudianos(buscados) mientras bien en el fondo, todos esperamos el silencio de muerte.