domingo, 13 de noviembre de 2011

El calvario de Márquez

Algo me conmovió ayer, no tanto la entereza de Márquez en esos 12 rounds cerebrales, técnicamente impecables; no, ni siquiera fue su concentración o su mirada determinada a hacer historia. Más bien fue el desenlace, el abismo de decepción que se confabuló para mostrar la naturaleza trágica del mexicano.

Decía Monsivaís que al mexicano no le gustaba el hombre exitoso sino que se identificaba con el personaje que, por azares del destino, se veía despojado del triunfo y quedaba impotente ante una realidad injusta; estático ante la muerte de su esfuerzo. Y es este sentido trágico lo que me conmovió; escuchar a Márquez encarnar esta folclórica identidad mexicana mediante cierta teatralidad. " Voy a pensar en el retiro" como una postura llena de sugerente dignidad que pone en manifiesto la injusticia del destino. " ¿Qué hago, lo medio mato o me suicido?" como la representación hiperbólica de su frustración e impotencia ante la futilidad del resultado.

A mí siempre me ha parecido que Márquez es el último gran peleador mexicano, la última encarnación del arquetipo del boxeador de barrio: técnicamente impecable, picudo y valiente, kamikaze cuando el combate así lo requiere y táctico cuando le conviene. Y ayer, al menos en mi perceptiva se acaba de anclar a la historia de los tótems boxísticos en esa larga lista llena de dramáticas historias exitosas de perdedores patológicos que rozaron el cielo con su talento para luego perderse en esa especie de fatalismo inherente a ellos.

Márquez perdió, sí, pero se ha convertido en el nuevo-y último- referente del pópulo. Todos nos hemos identificado con él, hemos sentido su dolor y hemos estado moribundos de furia viendo la cara desconcertada de Pacquiao. Ayer, se palpó ese aroma a un partido de fútbol donde México se juega el mundial, el deporte popular por antonomasia.

Y todos, muy en el fondo, deseábamos que ocurriera lo que pasó; que le dieran el triunfo a Pacman; por eso el grito típico del mexicano es el "sí se puede", por eso nuestra canción icónica es el cielito lindo, el "ay, ay, ay, canta y no llores" porque el mexicano sólo se reconoce a sí y a sus compatriotas en torno a la tragedia.

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