viernes, 27 de noviembre de 2009
La muchacha de la sonrisa honesta
Estaba medicado hasta las cejas por haber amanecido con fiebre y dolor de garganta. Es mi gran debilidad: mis pulmones. Con mi mente dopada y sumida en el caos de noches anteriores, terminé racionalizando mi vida de forma un tanto surrealista-oxímoron, lo sé-. Ir a hacer una entrevista sobre Alfonso Reyes. No sé cómo ni dónde tomé el camión, sentía que todo se movía, que todos hablaban y que, con el murmullo genérico yo quedaba solo. Me quedé sentado todo una hora sin encontrar energía para moverme. Una hora solo conmigo es como estar en el mismo infierno. Pensé en mi horrible pelo que por más que he intentado se resiste a cambiar ese peinado(?) amorfo que me hace parecer idiota. Me desesperé por estar cambiando de lentes con graduación (4 puntotes en cada ojo) a lentes oscuros con el fin de verme menos jodido.
Toda esa hora para caer ante la mirada desapercibida de unos cuantos que pasaban allí: el regreso a la realidad. Al tedio, a mis constantes afrentas al amor y las venganzas de éste en forma cada vez más cruenta y violenta. Pero eso no es lo importante. Descubrí que en un momento de absoluta lucidez eché una película y un libro. Debió ser mi subconsciente-pensé, mientras intentaba recordar a qué hora los metí en la mochila. Fui a la entrevista y no me recibieron, algo que tenía deseado y podrá decirse que previsto. Marqué y colgué, los nervios de la indecisión. Marqué tres veces más, a cada cual más nervioso me ponía. Contestó con su voz, una voz que tenía meses sin escuchar y que sólo me había hecho a la idea gracias a su letra virtual y a recuerdos trozados.
Me vino a la mente la idea de ese fuego que siempre está para destruirme, me acordé de aquella. Y pensé en irme. Caminé hacia el lugar pactado y allí venía ella, casi a la misma distancia, me sonrió y no pude más que estar contento; hacia semanas que no veía una sonrisa honesta. La saludé y por más efímero que haya sido la visita, comprendí que la decadencia del mundo se estanca y se detiene en la risa de ciertas personas; que aún con cantidades industriales de antibióticos y con el caos artificial de mi ser pude comprender lo que es la esperanza.
Si bien mis manos estuvieron hiperactivas detrás de mi espalda y mis tartamudeos fueron más recurrentes; ella no parecía importarle. Sonreí. No puedo más que ofrecerle este post a ella, a la de la sonrisa honesta y cálida. Siempre me he dejado llevar por lo que entiendo de las personas, aún si no hablan.
Gracias.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
El día que te cases
Pensar que escribes con k`s, que dices malas palabras, que cuando sonríes muestras tus encías. Que cuando sudas se te forman esos círculos debajo de tu axila; que escribes mi nombre con h, que tienen un bigote apenas visible.
Que te gusta usar bandas en la cabeza, que tus manos son demasiado anchas, que casi no tienes nalgas y que cuando usas pantalones a la cadera, tu silueta parece más de un flamenco que de una mujer. Que marcas mucho la erre y que la ch la pronuncias como si tuvieras sueño, como algo suelto, como sh. Que eres la única que me ha callado, que cuando te explico el porqué soy más ateo que católico me dices que tenga fé. Que me odies cuando escucho jazz y me ames cuando te llevo un tulipán o alguna de esas flores exóticas que coleccionas.
Te desprecio cuando usas pantalones cortos, cuando usas pulseras sin saber por qué o que hables con hombres. Te detesto como detesto el día que a tu mamá se le ocurrió tenerte cuando me dices que no me amas. Odio cuando no me miras, cuando no me tocas, cuando de repente tus silencios me ahogan y me incitan al suicidio. Odio que te vayas a casar, odio que alguna vez insinuaste casarte conmigo.
Quisera desaparecerte cuando me decías que tuviste algo que ver con aquél idiota de Chihuahua o cuando me pediste que no te dedicara la canción de Fobia y que preferías una de camila. No encuentro las palabras para describir mi recelo cuando me llamaste a las 3 de la mañana para que fuera por ti a la casa de tu prometido. Cuando tu mirada se pierde en ese mar de ideas sociales yo me siento desvanecer de este mundo, porque yo sólo existo cuando tú me piensas, cuando me evocas y tú sólo existes cuando yo te necesito.
Eres mi necesidad más absurda. Te encuentro miles de defectos, desde tu respirar y tu caminar hasta tu más secreto pensamiento. Cuando me dices lo terco que es tu padre y lo idiota que soy yo, cuando te regocijas en la belleza de tu perra y en la fealdad de todos los gatos, cuando te tiñes el cabello y cuando me besas y no me muerdes. Odio que me muerdas, que me trates como a una posesión tuya, como alguien sin voluntad ni derecho. Odio que uses escote y que tus senos no sean redondos, te odio cuando me dices que traes tanga, te odio profundamente, odio que pienses por mi, que me digas qué soy, cómo soy y por qué soy.
Te odio toda. Te necesito. Te mato, te hiero y me hieres, te digo que eres mi vida, mi mundo, mi universo. Te lamo, te saboreo y te dejo desnuda en aquella cama de hotel barato, te siento arriba de mi y te deseo, pienso mil segundos todos los juegos macabros que te quiero hacer, dejarte marcada, horriblemente, tatuada con mi marca, a hierro caliente, que siempre niegues que fuiste mía, que desaparezcas una noche desnuda y que nunca vuelvas. Quiero hacerte un fantasma, una emoción pasajera que llevaré conmigo el día que me tire de cabeza.
Todo esto hago para no acordarme que hace mucho te perdí, que en un mes escapas de mis recuerdos y que ya existirás en otros recuerdos y no en los míos. Tanto odiarte para terminarte amando.
sábado, 7 de noviembre de 2009
I
Escapó de allí en silencios mal diseñados. Se dijo a sí mismo lo fácil de la misión y caminó en esa envolvente oscuridad hasta que su rastro se desvaneciera por completo. Mientras caminaba por ese sendero de polvo y penumbra observaba las estrellas y la eternidad de un mundo que murmullaba sus secretos y que-pensó él- podía delatarlo si así se lo proponía.
-El universo es un diálogo moral de seres afincados en la quietud-se susurró mientras subía un pequeño montículo de tierra. Entrecerró sus ojos para tratar de diferenciar el cielo de la tierra; sin efecto alguno. Volvió a pensar de donde se escapaba, la prisión finita y enquistada en una podredumbre palpable a tal punto de que llegó a vomitar del tedio de la rutina diaria a la que sometían a los presos, uno a uno. Cada minuto planeado, cada acción premeditada y cada consecuencia calculada.
- La putita de Mónica ayer no quiso que me la apañara, andaba calentando nomás- recordó con desazón, cuando estaba oyendo en pleno discurso del invitado traído por los jefes de la prisión. Uno de los pocos placeres a los que tenía derecho. El otro eran los libros que de vez en cuando caían en sus manos o las horas de las visitas, donde el sexo o el visionado de películas lo mantenían cuerdo.
Caminó cerca de tres horas, cuando paró, notó pequeñas gotas de sangre, dispersas, en los hombros de la camiseta, recordó haber trepado pero cuando se revisó no había ninguna herida o rasguño. Quizá así ya estaba-se tranquilizó. El mismo paisaje que cuando subió a aquél montículo. La más desesperante nada, una nada desértica en adornos ambientales o naturales. Ni siquiera los postes de teléfonos, alguna luz, o algún rastro de carretera. Nada.
Su mente volvió a la prisión, no podía dejar de pensar en ella. Quizá lo cobarde fuera huir de allí, no por nada nadie le había seguido en la propuesta. Recordó las caras de alarma de las personas a las que les comentó la idea. Se sentó en ese suelo inestable y recordó las misas a las que los obligaban a asistir, ritual simbólico y sintomático de la aburrición eterna.
Decidió dormir.
-El universo es un diálogo moral de seres afincados en la quietud-se susurró mientras subía un pequeño montículo de tierra. Entrecerró sus ojos para tratar de diferenciar el cielo de la tierra; sin efecto alguno. Volvió a pensar de donde se escapaba, la prisión finita y enquistada en una podredumbre palpable a tal punto de que llegó a vomitar del tedio de la rutina diaria a la que sometían a los presos, uno a uno. Cada minuto planeado, cada acción premeditada y cada consecuencia calculada.
- La putita de Mónica ayer no quiso que me la apañara, andaba calentando nomás- recordó con desazón, cuando estaba oyendo en pleno discurso del invitado traído por los jefes de la prisión. Uno de los pocos placeres a los que tenía derecho. El otro eran los libros que de vez en cuando caían en sus manos o las horas de las visitas, donde el sexo o el visionado de películas lo mantenían cuerdo.
Caminó cerca de tres horas, cuando paró, notó pequeñas gotas de sangre, dispersas, en los hombros de la camiseta, recordó haber trepado pero cuando se revisó no había ninguna herida o rasguño. Quizá así ya estaba-se tranquilizó. El mismo paisaje que cuando subió a aquél montículo. La más desesperante nada, una nada desértica en adornos ambientales o naturales. Ni siquiera los postes de teléfonos, alguna luz, o algún rastro de carretera. Nada.
Su mente volvió a la prisión, no podía dejar de pensar en ella. Quizá lo cobarde fuera huir de allí, no por nada nadie le había seguido en la propuesta. Recordó las caras de alarma de las personas a las que les comentó la idea. Se sentó en ese suelo inestable y recordó las misas a las que los obligaban a asistir, ritual simbólico y sintomático de la aburrición eterna.
Decidió dormir.
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