jueves, 27 de octubre de 2011

La tautología de los amores imposibles

Amor imposible es una tautología, al menos en mi experiencia. En su sentido lógico y retórico, no hay que darle muchas vueltas. Pero con Ciria todo era distinto, realmente pensé que lo podía lograr: romper con todas las imposiciones que yo me ponía-y les ponía a las mujeres-, vencer por fin ese sistema tan complejo de autosabotaje y autodestrucción; resquebrajar, aunque fuera un leve rasguño, mi necesidad de tragedia para darle cierta validez a mis vivencias.

Y es curioso, desde que la conocí todo apuntaba a un desenlace fatalista como finalmente ocurrió. Ella era lesbiana o al menos eso me dijo. Lo cierto es que era una mujer que sin tener una belleza deslumbrante, tenía algo, esa pasión animal incapaz de explicarse con palabras o siquiera con gestos. Había en ella un hechizo circundante: todo lo que tocaba cambiaba de forma, de color, de sentido.

Por eso me enamoré, por eso la quise, por eso la amé. Todo el tiempo en el que estuvimos juntos-primero como camaradas que se quejan de la naturaleza despiadada de las mujeres- supe que ella era única-más allá de su homosexualidad-, su carácter sencillo, su risa que explotaba cada vez que la veía con mayor intensidad me permitía acercarme y conocer sus entramados físicos y metafísicos. Era más que una mujer. Y era más que un reto. Era amor, amor imposible.

A los dos meses de conocernos y de verla cada tres días, la besé. Fue un impulso articulado desde las entrañas, desde el necesitar una escena trágica que acabara con mi cuerpo caminando en una soledad urbana esperada. Pero ocurrió todo lo contrario. Ella me correspondió con el movimiento de sus labios, tenúes e indecisos, llenos de una pureza y una ingenuidad que encontré orgásmicos. Siguió un silencio horripilante, en mi pesimismo natural y la realidad improvisada-y opuesta- me quedé sin habla, sin aire y sin ideas. Me colapsé y mi respuesta fue volver a besarla. Hablar hubiera sido desastroso, justificarme hubiera significado una cachetada, pedirle perdón sería igual a perderla en una ola de nostalgia recalcitrante.

Nos separaba algo más que su sexualidad. Había diferencias antropológicas muy marcadas, ella venía de una familia muy católica de origen francesa. Yo era un mexicano con familia japonesa, de esos ya secularizados e insertados en el dominio público, aunque con una particularidad: soy ateo.

Desde esa diferencia-que según el lugar común eso no importaba- nuestra frágil relación se veía amenazada. Había constantes peleas-desde que sólo éramos camaradas- que a veces tomaban un tono ligeramente violento. Después del beso, esa violencia pasó a ser un motor de pasión desbordada y feroz.

lunes, 3 de octubre de 2011

Escenas de un final I

Ni aunque el mundo se acabe.

Le costaba levantarse, abrir los ojos era un esfuerzo estéril. Estaba en la estación de camiones, sucia como siempre, llena de mirones anónimos que lo observaban con cierta curiosidad y cierta perversión. Caminaban alrededor de él, sacándole la vuelta. Después de todo era raro que alguien usara gabardina en Hermosillo.

Era diciembre y era muy temprano, las 6 quizás. El sol aún no salía, hasta él se tomaba descansos en invierno. Se sentó. Se talló los ojos y empezó a tener conciencia de dónde estaba. Fue a tomar un café y después salió a fumar un cigarro. El primero del día. A las 8:40 salía su camión. Recordaba el nombre de ella. No, para qué volver a esos recuerdos de la noche anterior.

- Me llamo Omar y estoy por irme de Hermosillo- se repetía a sí mismo mientras inhalaba el humo del cigarro que se hacía denso por el frío y que cuando lo expulsaba de su cuerpo, subía lentamente, formando figuras fantasmagóricas aterradoras, como si quisieran convertirse en un cuerpo, en carne. Carne, cuerpo. Otra vez los recuerdos de la noche pasada, de su ida, de su despedida al ritmo de Barbieri tocando el último tango en París. Je, el último tango en Hermosillo, al menos para ella y para mí.

Se apretaba la bufanda, se acomodaba la gabardina, tiraba el vaso de café, prendía otro cigarro. El segundo del día y apenas son las 6: 18. Seguía teniendo sueño. Seguía pensando en ella y en Barbieri.

Ella se llamaba _________________. Pronunciar su nombre era diabólico, era torturar al corazón, era entrar en esos juegos maquiavélicos que la memoria prometía en pos de quemarse todo por la condición del amor puro. En parte por eso te fuiste.