lunes, 29 de agosto de 2011

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A alguien que le importara. Ésa era su motivación, inconsciente quizás, pero con un fondo verdadero. Necesitaba confesarse. No es que tuviese pecados macabros o perversiones más allá de lo imaginable pero él sentía esta necesidad casi extinta de confesarse.

Podria decirse que estaba lastimado, no por el azar de la vida que lastima y maltrata a todos sin distinciones(es cierto, a algunos más que a otros) sino por una voluntariedad cuyo significado ni él sabía. Escuchaba noche a noche a Jhonny Cash, en especial esa maravillosa canción de Hurt. Era su ritual de tortura, de sentido casi sádico emulando (según él) ciertos ritos medievales para seguir rompiendo con su espirítu, su alma. Porque él era así, se consideraba así mismo un hombre anacrónico, un alma vieja y vejada por esta modernidad que ya no se reconoce y eso la hace exitosa.

Tenía que confesarse. Preparó de manera meticulosa cada palabra de su discurso, desglosándolo y analizando que cada palabra cumpliera su cometido. Pensaba que, el lenguaje sólo tenía la intensión de comunicarse y lo estético de éste era una mera vanidad, un artificio con el que los escritores petulantes ponían en evidencia sus carencias morales. Y por eso, en sus diversos manifiestos usaba groserías, para darle una verticalidad, una pegada a sus ideas que serían ignoradas de cualquier otra manera. Pero todas esas diatribas(sí, eran más críticas que manifiestos) las guardó porque creía que los manifiestos habían perdido su capacidad de conmoción limpia en el mundo, cargados ahora de una significación negativa, casi terrorista.

La verdad sea dicha todos sus escritos carecían de una coherencia práctica.


jueves, 18 de agosto de 2011

La mujer de la mirada metafísica

Nunca una mirada me atrapó tanto como la de ella. Ya pasó casi mes y medio y todavía me levantó a media mañana empapado en sudor. Su mirada tenía un no sé qué irredutible, esos ojos tan fijos, tan permanentes y tan necesitados de parpadear. No puedo negar que son los ojos más hermosos que he visto, sí, pero también los más aterradores. Podría hacer una hipérbole de que eran como un mini aleph; aquel punto del universo dónde se podía ver todo, absolutamente todo.

Pero sería necio si no aceptara que había una especie de magia, de metafísica que abrazaba a esos ojos. Eran las 3: 42 de la tarde y era un día nublado, las gotas de agua caían como pidiendo perdón a las nubes y al cielo. Los cigarros se iban acabando y yo ya estaba aburrido de esperar y fumar. Estaba afuera del periódico Reforma, edificio monárquico y redundante, epítome del periodismo moderno.

3:37, lo siento mi amigo, ya esperé demasiado y no estoy para estos lances. Soy un inútil y según Kundera(mediante un silogismo muy rebuscado) la inutilidad es lo más moral; pero a mi no me gusta ser un moralista así que me tengo que ir a hacer algo. Bajé caminando por la calle San Lázaro, toda una cuadra viendo a gente coexistir con los carros, algo tan materialmente imposible que daba terror ver como no atropellaban a nadie. Por Universidad unas dos cuadras hacia la izquierda para llegar al metro Zapata. Es de esos momentos donde uno sabe que la certidumbre de la vida está por romperse, donde la realidad es desgarrada por un evento fortuito que obliga a pensar en la inutilidad de la sistematización de nuestras vidas.

3:41, en medio del tráfico y esperando a cruzar Universidad, ocurre ese evento aislado, disidente a todo la lógica y razón. Camina hacia mi-mentiría si la describo- y yo camino hacia ella. Es el efecto de la gravedad o el efecto de los imanes. Una atracción indetenible, casi fatal hace que paso a paso nos acerquemos y que, en el momento justo donde solo media un poco de espacio, los dos nos miremos directamente a los ojos, engullidos por nuestras propias miradas, por nuestros tormentos y por nuestros anhelos. 3:42, pasa de largo, yo me detengo. No puedo seguir. Prendo un cigarro suelto que compré minutos antes, lo fumo mientras volteo. Y allí está ella, parada a 4 metros de la esquina: rígida como estatua. Una masa de personas la rodea, todos ellos esperando a cruzar.

Verde. La masa se mueve como si fuera un solo personaje, en una armonía perfecta. Pero ella sigue allí, inerte, con la mirada en un vacío, en un abismo. Yo sigo fumando pero tampoco me muevo-no sé si porque no quiero o no puedo-, y la observo. Veo el pesar de sus movimientos para ponerse a caminar. Enfila hacia la calle, sola, enredada en el tiempo.

Su mirada metafísica me atosiga, me persigue. No creo que se deba a alguna conexión bizarra de amor eterno, ni siquiera creo que haya sido un lazo entre dos extraños que se observan por primera vez, frente a frente. Creo más bien en la desnudez del alma a través de los ojos. Y creo que nuestras reacciones(las de ella y las mías) son más bien ese pudor, ese sonrojamiento que se da cuando a uno lo ven desnudo por primera vez, sin mediación alguna. No sé sus secretos, no sé sus anhelos, no sé su nombre. Sólo sé que su mirada es aterradoramente bella. Quizás ella piense lo mismo de la mía.

jueves, 11 de agosto de 2011

I

Quizá no sea el momento indicado para contar esto. No lo sé, vivo en una eterna indecisión, creo que eso fue lo que me arrastró a este punto. Soy una persona de muchas soledades, es cierto; alguna vez una maestra me lo dijo: "todas las personas, en un momento u otro atravezamos las distintas fases de la soledad pero tú, tú vives con distintas soledades; no sé cómo no te has suicidado".

No recuerdo qué le respondí, he llegado a la conclusión que las lagunas de mi memoria, la incapacidad de ésta para guardarse esos momentos crean un ambiente para eso que describió mi maestra. No sé si me explico: cuando uno tiene una memoria normal, con una capacidad normal, no puede vivir con soledades simultáneamente(aquí pongo en duda a qué se refería ella cuando me dijo fases y muchas, palabras claves) porque los recuerdos hacen, imitan o llenan las vivencias y las presencias. Pero eso no tiene ningún sentido para mí, es como si mi pasado se reescribiera y no por mí sino por los demás.

En fin, la historia nace como consecuencia a la estulticia de la carne, y no me malinterpreten, creo que la carne(el cuerpo) es lo que nos hace ser nosotros. Vivir para sentir, eso es en su capa más elemental, la más básica de las respuestas. Y ella lo sabía y me lo hacía saber. Nunca mencionó nada de mis soledades, al contrario, las ahuyentaba.

Ahora sé que no me amó y lo que es peor, que se contagió de lo que es mío, me asaltó y me corrompió. Hizo que olvidara mis soledades(en plural) y que paseara con ella, solo, vaya ironía, yo sin mis soledades. Solía tocar en su piano aquella canción de Mingus, Myself when I'm real.

La tengo grabada(de lo poco que me acuerdo de esos detalles que van dando forma a las relaciones humanas) y no porque significara algo preciso(nunca me la dedicó, sólo la tocaba una y otra vez) sino porque es música, y la música, si te llega a golpear es imposible olvidarla(como a las soledades, por más que las ignores). Y siempre pensé que esa agónica melancolía era una alegoría de nosotros, sí, me veía a ella y a mi como algo abstracto, ajeno a ese entendimiento común del mundo, ta práctico, tan literal, tan vulgar.

Una vez, ya al final de los días o mejor dicho, nuestros días; me dijo que por qué la veía a ella como un símbolo. Pensé que es lo más importante que se le puede decir a alguien, mitificarla, exponer todo lo que ella encierra lejos del horror de lo real. Un símbolo representa algo, algo que no nos compete. Se quedó callada y se puso a tocar a Mingus, lo tocaba con rabia, improvisaba(algo impensado en ella) con cierto desdén a lo que era Mingus.

Entonces paró en seco en el momento álgido de la canción.

- Mingus es un símbolo, esta canción es un símbolo, ese libro que estás leyendo es un símbolo. Que tú me conviertas en eso, sólo porque a ti te place, sólo porque tú crees que es halagador es absurdo. Me podrías describir con una metáfora, me podrías hacer una sinécdoque, convertir en un tropos, en un cronopio, incluso, pero nunca me digas que soy un símbolo. Un símbolo es general, no para un idiota que rehuye del amor.

Volvió a tocar, justo dónde se había quedado. El mudismo de la situación, la furia de su cuerpo y la cercanía de su voz, algo que nunca había visto me hicieron desearla, me hicieron convertirla en un ente inmortal que sólo a mí me correspondía juzgar. Entonces pasó.

- No soy un símbolo-volvió a decir. Sus palabras habían perdido vitalidad, el brillo de marabunta que minutos antes habían tenido. Volvió a convertirse en algo con fecha de caducidad, convertida en una lata de conservas en algún supermercado más. Esa promesa de amenaza mortal se diluyó y quedó resquebrajada en un solo reflejo: ella y su piano.

Yo soñaba con algo abstracto y nuestros cuerpos lo hacían realidad. Por eso me desesperé cuando vi que ella no me entedía, cuando ella interpretaba mis gestos(en realidad no son míos, no son de nadie) como un acto de cobardía, como una populacha forma de alejarme de ella de forma elegante. Allí supe que no me amaba.