jueves, 23 de agosto de 2012

Convengamos que el periodismo, como toda actividad humana, se ha degenerado. Ahora son sólo palabras hiladas por entes que no se sabe muy bien cómo son. Lo que alguna vez estuvo repleto de un heroísmo inherente, hoy sólo es una faramalla plagada de vicios y mentiras o medias verdades. Ya no existen los Mailler, Kapuscinsky, Sciacia, Blancornelas que glorifiquen el oficio del periodismo. Hoy tenemos autómatas que son devorados por la maquinaria o negocio de la información. Autómatas que como curiosidad poseen un afán insatisfecho de protagonismo. La paradoja de nuestro tiempo: más (información) es menos. Podría decirse que el periodismo se mantiene por su voluntariedad a seguir siendo juez y verdugo(el pecado original). Las aventuras periodísticas se resumen en la cobardía de las comodidades. Son la vanidad hecha carne-contrario a tiempos pasados donde eran verbo sin la mitificación de la carne-.

Él tenía dos años de haberse graduado de la universidad. Había cursado 4 años y medio la carrera de periodismo: la cima del aburguesamiento, los egresados-ahora licenciados- se sometían al engranaje totalitario, ese engranaje que Sciascia advertía como la vida muerta. Después de andar 6 meses dando coletazos de un portal a un periódico o a revistas cuyo fin era el vender publicidad a los políticos, encontró un mercado mayor: ser freelance. La decisión la tomó bajo la lógica del guardíán de esencias donde el periodismo todavía podía ser visto con un dejo romántico, encadenarlo bajo el manto universal del quijote. No le costó mayor trabajo empezar a conseguir colaboraciones en distintos medios-justo es decir que tenía una prosa al alcance de muy pocos de sus colegas y aparte tenía un componente crítico que desembocaba en una ironía sutil-. Como vivía solo, tenía toda la disponibilidad para poder viajar, hacer maratónicas esperas en eventos o salir de emergencia hacia cualquier accidente u homicidio que se presentase. Siempre cargado con una cámara-pese a que no compartía el gusto por la imagen- y un cuaderno (detestaba las grabadoras: creía que grabar la voz era una concesión a la memoria). Así llegó a ver muchos accidentes viales, peleas callejeras, homicidios...pero también empezó a notar los entrecijos de la corrupción y todos sus niveles. No sólo era el motivo y el pornográfico resultado de la violencia y el azar, sino lo que más lo hastiaba era lo vulgar de la corruptela social. Un año y medio pasó desde que empezó de lleno a ser freelance. 

Los viajes, las noches en vela donde se hacía presente la puesta en escena de su memoria, el lento alejamiento con la realidad...todo esto potenciaba el residuo de solipsismo (a que para ser justos y según Freud, es una etapa por la que todos pasamos) y así su conducta parecía marcada por una profunda indiferencia a todo lo que le rodeaba. Fumaba para desestresarse, uno tras otro como si quisiera equiparar el número de habitantes con el de colillas. De vez en cuando, llevaba una botella de tequila barato, de esos que venden en cualquier tienda de autoservicio: Vivavilla, Tepanatlán, nombres de marcas que en su intento de exaltar su mexicanidad sólo incendiaban los corazones revolucionarios que yacían en tumbas anónimas.

En todo el tiempo de trabajo pocas veces cruzó palabra con algún colega-odiaba esa palabra-, se ganó la reputación del "raro", había rumores de su misantropía (algo falso pues como ya he dicho, era más susceptible al solipsismo, que si bien en la realidad tiene resultados similares al ser misántropo, la premisa es diametralmente opuesta) y de su amargura mitológica.

Como tenía su propio horario, generalmente desayunaba y comía fuera de su casa (si conocieran su casa justificarían este despilfarro), en restaurantes decadentes donde aún había servicio de comida corrida. Dependiendo de qué restaurante (4 diferentes que los turnaba de forma arbitraria para evadir el mote de "cliente distinguido" y ahorrarse las pláticas de cortesía común que los encargados pudieran buscar) a él se le ocurría que en esos lugares podía ocurrir cualquier cosa fuera de la lógica (o al menos de su lógica). Eso, por momentos le aterraba y si se encontraba en uno de sus ataques de ansiedad le producía un largo escalofrío que parecía detener el tiempo o, al menos ir en cámara lenta. Pero como dice aquella cita (que él no recuerda de quién era y yo mucho menos): "lo esperado es lo extraordinario". Así que pagaba la cuenta sin dejar una mísera propina y salía del local cuando sentía que ninguna mirada lo enclaustrara aunque fuese por accidente.

Si no había trabajo vagaba libre (es un decir) por el centro de la ciudad. La verdad era un animal de rutinas en su tiempo libre pese a sus prejuicios intelectualoides, se había creado un mapa de actividades en el ocio que difícilmente variaba: iba a las dos librerías que estaban en el centro, hojeaba libros que le podían interesar (como en las librerías había poca variedad y rara vez introducían nuevos títulos, leía bloques de algún libro y dejaba un pequeño pedazo de papel en la página donde se había quedado para en posteriores visitas retomar la lectura) y salía sin siquiera preguntar precios. Después iba a sentarse en el parque central y veía ocurrir la vida de los demás. Eso le daba cierto remordimiento y cierto placer: las sonrisas lo descentraban y se preguntaba cómo es que alguien podía sonreír viviendo en una ciudad así. El placer venía de las mujeres de buen cuerpo que pasaban. Así, confluía en él cierta conciencia de la trascendencia con la frivolidad del apetito sexual. Sus cavilaciones, sin embargo, siempre terminaban en dos temas: la existencia de dios y el misticismo del sexo.

Disponía pues de la eternidad de la soledad para concentrarse en sí mismo, crear universos alternos y ponerse en el epicentro de distintos escenarios ficticios. La ficción era su pasatiempo favorito y generalmente optaba por la mimetización de pasajes literarios (Auster, Conolly, Hammett, Roth, Fadanelli) donde la mujer tomaba un papel preponderante-si bien aparecía como un accidente casi secundario-. Con esto no quiero decir que escribiera: narrar estos páramos le era contra natura, antagónico a la noción borgiana de que escribirlo lo llevaría a cumplirlo-aunque matizando: el camino sería laberíntico, tortuoso y con la ironía de la vida bien marcada-. Escribir le parecía el colmo de la inutilidad, la cima donde el humano alcanza su sinsentido existencial. Se limitaba a escribir los productos informativos, registrando su estilo íntimo pero siempre viéndolo como un oficio. Su prejuicio del periodismo estaba visto desde la perspectiva obrera: la utilidad social.

Su vida discurría en un estado de quietud que parecía inalterable y eso le obsesionaba. Había crecido con el cuento hollywoodense de que la vida del ser humano podía ser indescriptible, de que la eventualidad llegaba como un perro rabioso y uno tenía que correr, tratar de escapar; algo que finalmente jamás sucedía porque el perro era un mutante-recordemos lo de hollywood- que siempre lo alcanzaba. Pero era la adrenalina de esa carrera por la supervivencia la que dotaba a la vida de ese misterio que supone vivir.

Patrañas.

Ese perro rabioso llegó sobre su madre. La mató de cáncer y el ejercicio de adrenalina que tantas veces había imaginado cedió para convertirse en la trágica pasividad del hombre que no encuentra su lugar en el mundo. Su madre apenas aguantó la enfermedad, sufrió muchísimo y su cuerpo mancillado tras dos meses de convalecencia, marchitó en un instante. Su muerte había tenido cierta belleza, esa belleza que sólo se encuentra en el silencio de un suspiro; el final. Pero a él le pareció una muerte odiosa. Todos tenemos la certeza de siempre estar bien y de que el resto de la humanidad está equivocado. Él esperaba que la muerte de su madre se diera con la teatralidad de un espectáculo, que las lágrimas fueran universales, los novenarios multitudinarios...que la existencia misma se detuviera y que bajara algo o alguien para cumplir un Deus Ex-machina y volver a tener a su madre entre sus brazos. Pero la vida concede pocos misterios y lo que es, ocurre y no hay vuelta atrás. Tras una fase de negación que se extendió más del periodo normal, el ahora periodista-en ese tiempo estudiante- fue dejando que el pasado inundara su presente.

Pero eso poco importa. El pasado siempre está con cada individuo, es el verdadero asesino de la historia, el pasado omnipresente, el horrible dios que permanece escondido y que salta a la menor provocación. ¿Se puede adorar y profesarle un amor incondicional a la ambigüedad del pasado? ¿Qué pasa si la nostalgia es la liturgia con la cual se ofrenda? ¿ los recuerdos que se agolpan en nuestra mente son las confesiones que hacemos ante un cura anónimo que nos juzga con la implacable paciencia del pastor religioso? Poco importa.

Ser freelance era su respuesta-algo sarcástica- de sacudirse la idea de quietud. Viajar, beber, fumar, suicidarse una y otra vez en su casa rentada. Todo eso era su actitud reaccionaria ante dios(o la ausecia de éste).

lunes, 16 de abril de 2012

Es el departamento que está al fondo a la derecha del tercer piso. Tiene por número el 22. La puerta está desgastada, después de todo es un edificio viejo en una de las zonas que más se han resistido a las renovaciones. 
El departamento está alfombrado, una incontable cantidad de polvo sale disparada tras cada pisada y se forman pequeñas nubes imperceptibles para el ojo humano. Un pequeño comedor de madera barata y con aspecto de no haber sido lijado está en el centro. 4 sillas rústicas, con las patas gruesas están perfectamente puestas. Hay un jarrón en el centro de la mesa de color azul-como la alfombra-, no tiene ningún diseño y tampoco tiene flores.
En una de las paredes-todas blancas- está colgado un cuadro. Parece un óleo de una batalla ficticia del 68 en Tlatelolco. Dos siluetas un tanto amorfas lanzan piedras a una torre que en su cima sostiene a lo que parece ser Echeverría. El marco del cuadro es negro y de metal. 
Un estrecho pasillo sirve de guía para el resto del departamento. La cocineta, sin puerta, está acompañado de un lavabo y el boiler. Es el único lugar de la casa que no tiene alfombra. El mosaico es amarillo claro y tiene rombos. Dos pasos por el pasillo te conduce a un pequeño baño. Y al fondo está el cuarto. Allí sólo está un colchón. En él, está acostado un hombre de unos 28 años. Duerme. Sólo lleva unos calzoncillos. A un lado de él, maltrecho, reside un libro. Es de la editorial Seix Barral, sólo se puede leer "terminar nada".


lunes, 5 de marzo de 2012

Hace mucho perdió la capacidad de sorprenderse. Y allí va también su capacidad de enamorarse. Cada mujer nueva sólo era un medio para perpetuar su encono contra la soledad, las retenía y dramatizaba como si cada una de ellas fuera la mujer de su vida, las convertía-con palabras y con pequeñas escenas artificiales llenas de dramatismo- en el arquetipo del amor eterno. Nunca pudo comprender a las que sí le creían, hasta él sabía de la falsedad de su verborrea.

La última mujer con la que estuvo fue la más cercana a reventar su esfera de cinismo. Leía mucho y en sus palabras se podía entender un humor ácido. Todo en ella era grande: sus ojos, sus orejas, su boca. Un lunar marilinmonreano epitomizaba el erotismo en su rostro. Había mucho más en ella. Él era el otro. Esa figura histórica llena de caos, de patetismo y de resignación carnal. Nunca lo aceptó del todo. Su ego desmedido, tristemente voraz no se lo permitía.

Es la historia del Don Juan kiekergardiano, con un pequeño matiz que lo hace variar. En su pasado-esa horrible carga que todos llevamos- no había existido una mujer inalcanzable-ciertamente había muchas, ninguna con la capacidad real de marcarlo-, todo se resumía a pequeños destellos de tristeza, soledad y desesperación. Ése era su drama: saber que no existe la mujer que lo pudiera hacer perder. De allí que su discurso tendiera cada vez más a ser histriónico, teatral; a encontrar en la sugestión metódica de cada mujer, el drama que un verdadero amor. Era su forma de pelear el vacío de su cinismo sentimental.

martes, 14 de febrero de 2012

Enloquecí cuando me dieron los papeles. Cáncer de pulmón. 23 años. Mis pulmones estaban tan jodidos como los griegos. Jodidos en el presente y aún más jodidos en el futuro. Crédito de vida con intereses. Escuchaba a Sabines. Su poema "espero curarme de ti". ¿Qué más podía hacer? pensé en tener sexo pero demandaba ejercicio físico, agitación total que me llevaría al abismo de la muerte. Fumar y escribir. Esa era quizá la única posibilidad que tenía. Ni que fumara tanto. Había en mí instintos suicidas, homicidas; perversiones horribles y absurdas. El mundo se volvía silente, yo me convertía en egomaniaco. ¿Qué podía hacer? sólo me quedaba renegar de dios, adoptar el nihilismo como forma de vida, todo es una mierda.

23 putos años. Ahora escuchaba a Waits, la historia de los perdedores con vidas largas, más largas de lo que ellos mismos quisieran. Allí van, instintos suicidas y homicidas. Ver desfilar los temores ¿qué temores? Todos se despiden imaginariamente, no hay tristeza, hay alivio. Mi papá y mi hermana, aliviados de ya no soportar al mitómano que desaparece una noche en medio del bullicio de una borrachera. Ella tampoco me extraña, es más, ni siquiera se despide. Sus palabras quedan calendarizadas. Analicemos: "Te quiero, pero me cansas". Adios sin contemplaciones. Me iba a morir. No le dije a nadie, las palabras se convirtieron en signos inexplicables, en fonemas sin sentido, en abortos intelectualoides. Sólo podía decir adios. Adios papá. Adios hermana. Adios Sofía.

No di oportunidad a respuestas. Hubieran sido rituales hipócritas. Ahora sólo hablo con Dios, más que nada para derrotarlo dialécticamente, regocijarme en su entramado de silogismos bastardos. Me quitaste a mi mamá, grandísimo hijo de puta. Me hiciste a tu imagen y semejanza y esta es la consecuencia lógica. Qué ironía. Como último vicio me queda el cigarro, destrozarme a base de nicotina. El alcohol me aburre, me gusta decir dipsómano pero no tengo la fortaleza para cumplirlo. Mejor fumo. Tosí sangre. Estoy en mis días, digo. Mi piel es pálida. Soy Michael Jackson, contesto. Toso más sangre. Mi vida se desvanece...la eché a perder. Te amo Sofía. Te amo mamá.

Dios, lo escribo con mayúscula.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Nos reímos. Momentos después la despedí. Sin besos, sin abrazos. La despedí con una mirada de ternura, casi compasiva. Ella, atónita, me vió con ojos perdidos, con un aire de saber el futuro y que ésta, era nuestra última vez.

I

Superamos los deslices que la carne te da. Que los cuerpos bailando en la oscuridad, ansiosos de rozarse el uno con el otro proveen. Nuestra intimidad era atlética, las bisagras de los brazos y las piernas se desgastaban, los gritos y los jadeos culminaban en su punto álgido. Y luego, tumbados en la cama que parecía ser otra dimensión las palabras se veían engullidas por el silencio del cansancio, por la muerte de los deberes morales. Con nosotros-al menos en el mero acto sexual-, no existía un Neruda, un Baudelaire, un Benedetti, un Frost que le pusiera palabras al deseo. No había tribulaciones verborreicas, ni versos ensimismados. Era una fuerza casi troglodita, la pasión nos convertía en simple materia, en hedonistas de tomo y lomo.