miércoles, 1 de febrero de 2012

Nos reímos. Momentos después la despedí. Sin besos, sin abrazos. La despedí con una mirada de ternura, casi compasiva. Ella, atónita, me vió con ojos perdidos, con un aire de saber el futuro y que ésta, era nuestra última vez.

I

Superamos los deslices que la carne te da. Que los cuerpos bailando en la oscuridad, ansiosos de rozarse el uno con el otro proveen. Nuestra intimidad era atlética, las bisagras de los brazos y las piernas se desgastaban, los gritos y los jadeos culminaban en su punto álgido. Y luego, tumbados en la cama que parecía ser otra dimensión las palabras se veían engullidas por el silencio del cansancio, por la muerte de los deberes morales. Con nosotros-al menos en el mero acto sexual-, no existía un Neruda, un Baudelaire, un Benedetti, un Frost que le pusiera palabras al deseo. No había tribulaciones verborreicas, ni versos ensimismados. Era una fuerza casi troglodita, la pasión nos convertía en simple materia, en hedonistas de tomo y lomo.

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