sábado, 26 de noviembre de 2011

Las estridencias de la melancolía

Todo en ellos era iconoclasta, había una rebeldía zurcida con la falsa humildad de quienes se saben externos, como outsiders por voluntad y martirizados por un mundo que sólo comprendían a medias.

Casi todas las tardes tomaban café o jugaban billar, rutina inenarrable por la sordidez de sus pláticas, casi siempre gravitando en las mujeres o en pensamientos estériles de contenido acerca de la sociedad, como diatribas de esos seres alienados que recorren las calles del centro por tradición y diversión gritando a quien quiera escucharlos que el mundo está cerca de su fin.

- Tengo la crisis del estudiante- decía uno de ellos.

El de lentes, cabello lacio y con una mirada que parecía renunciar, con muchas dudas, a cualquiera que fuera su destino.

- Sí, esa crisis que no es meramente interna sino que se expande a todas las esferas de la vida. Es la de no saber qué hacer. Me aburre trabajar, odio mi carrera y no tengo talento alguno.

El otro, enmarcado por sus lentes de sol, lo observaba con cierto dejo de ironía.

Habían estado observando, como incipientes vouyeristas, el altercado entre los putos(trasvestis prostitutos) de la casona de la Elías Calles y la policía, en el centro de la ciudad. El absurdo de la situación fue ver a los policías actuar como maricones ante los maricones que, ante la inexorable amenaza de pasar tiempo en la cárcel-como recipientes de semen de el cerezo y carne fresca- rasgaron sus brazos con las esposas y empezaron un bailongo donde la sangre se convertía en un lazo común. Los policías se asustaban, gritaban, hubo alguno que se fue de la escena casi llorando porque la sangre de uno de los trasvestis(para saber cuáles de ellos eran los infectados de VIH) le había llegado a la cara. En el ocaso de esa violencia infantiloide, los policías ataviados con una sobreprotección de prendas( pasamontañas, cascos, lentes de electricistas, guantes), encañonaron y dispararon balas de salva. Llegaron ambulancias, y con los trasvestis ya sometidos, los bañaron en plena calle con manguerazos salvajes.

- Ya están acostumbrados, dijo un policía con cierta complacencia tácita.

Ellos, lo vieron todo desde la terraza del edifico paralelo. No dijeron una sola palabra en todo el suceso. Sólo fumaban cigarros indiscriminadamente y a veces cruzaron miradas de inertes secuelas. Eran los intrusos del absurdo. Después de que se llevaron a los sexoservidores, ellos bajaron y cruzaron el centro de noche. Pocos carros que sólo ayudaban para darse cuenta que aún los perseguían sus sombras reflejadas por las luces. Y fumaban. Cuando llegaron al jardín juárez, por el lado donde está el billar París( bien podría llamarse Parias, más acorde a su espirítu) había dos prostitutas que les ofrecieron sus servicios: 400 con hotel incluido, 100 más por mamada y 50 pesos por dejar al aire sus tetas ya caídas. ¿El tiempo? hasta que se vinieran. Nada de besos.

-No, gracias- dijo uno.

Las putas comentaron algo entre sí, casi murmullando y luego explotó una risa horrorosa que inundó toda la calle. Siguieron caminando, dos que tres patrullas pasaban, casi aleatoriamente, las luces bicolores aparecían y desaparecían como si estuvieran jugando en laberintos fantásticos.

Uno recibió una llamada. Era su ex-novia.

- Tenemos que irnos, dijo, va a pasar por aquí.
- ¿y?
- No.

Continuaron su camino. Erráticos y dispersos cada uno pensando en sus cosas. Avanzaban por toda la calle Juárez, rumbo al norte. Pasaron por la funeraria San Martín. Había mucha gente, quizá velando, quizá pisteando, había una tenue línea que separaba una cosa de la otra. Se oían ciertos lloriqueos adentro, dos que tres gritos ahogados, como si fueran mitigados por abrazos que compartían su dolor. Se podía imagina el hombro de algún anónimo puesto en la cara de una mujer, también anónima, destrozada por el dolor de una perdida.

-¿No te has fijado que el dolor es muy ruidoso en su afán de equiparar al silencio?
-No, yo diría que es al revés. El silencio es quien obliga al dolor a ser escandaloso para que después, el silencio pueda actuar. Es como vaciarse y después no tener nada que decir. Allí es el silencio.

Yo siempre que veo que alguien sufre me desespero, un relámpago recorre mi espalda y me incomoda. Son tantos rituales. Si llora está el abrazo obligado, las palabras huecas de sentido, la falsa condolencia, el triste pésame. Y siempre, siempre no logro escuchar su verdadero dolor.

- Es la resistencia melancólica.

- La estridencia de la melancolía.

jueves, 17 de noviembre de 2011

III

Que su hieratismo cotidiano comenzaba a resquebrajarse era una obviedad, aunque él aún permanecía parco e inmutable había en sus gestos y en su forma de mirar, cierta vulnerabilidad. Habían pasado 4 meses desde que la dejó de ver, desde que su boca pronunciara ese "cuídate" tan cargado de significados que recorrían el cuarto de hotel. Ni siquiera se atrevió a verla a los ojos, ella se daría cuenta de su mutación a una víctima: desnudo por el mundo, dando tumbos, con su labio inferior temblando nerviosamente, casi epiléptico.

Ahora estaba con Daniela, era un nombre corriente, casi ofensivo pero había algo en ella que le despertaba una ternura generosa. Por costumbre, sus encuentros ocurrían en cuartos de hotel. Él había tratado de mantener esa rutina de lo impredecible pero al final era un esfuerzo inútil. Daniela tenía un hijo de 3 años, se acababa de licenciar de historia y trabajaba en una dependencia gubernamental, archivando cosas que no tenían ningún valor. De esa condición de normalidad, de vida adulta, de estar sometida a los pilares sociales; brotaba un rencor que contrastaba con la ternura tácita de Daniela.

- Cuéntame más- le decía ella cuando terminaban y yacían en la cama. Él tardaba en responder, en su cabeza se llevaba a cabo una comparación entre Daniela y la mujer que amaba. Con Daniela todo era un acto atlético donde entraba en juego un involucramiento del cuerpo que, a consideración de él, era demasiado demandante. Todo respondía a la carne, al roce constante entre dos entes que no son nada, sino eso, carne. Y el placer terrenal que de ellos se desprendía.

La mujer a la que amaba, en cambio, tenía cierto orgullo secreto que ocasionaba que cada beso, cada caricia tuviera un sabor prohibido. ¿Se acordará de mí?

- La hybris aristotélica es la que hace que todo ocurra. Es el motor de la tragedia humana. Tú como historiadora me lo podrías explicar mejor.
- Es cierto, pero quiero el punto de vista más íntimo.
- Más idiota, quieres decir.
- No es eso. ¿Tú crees que la tragedia es nuestra forma de vida?
- No. No es la forma de vida. Es nuestro combustible. Todos, tarde que temprano pasamos la chispa por ese caudal de gasolina trágico. Porque somos pirómanos.
- El ser humano es pirómano. Es una bonita frase.
- Lo es, sí. Bueno, desde ese punto todo el devenir histórico puede ser explicado.
- ¿Hegel?
- También.

Cada encuentro con ella, cada agotadora sesión sólo acrecentaban su deseo por saber de su antigua amante. Lo atormentaban las dudas. Cuídate, con sus jos cobardes limitando su campo de visión a la puerta, evitando la silueta voluptuosamente femenina que se postraba en la cama.

martes, 15 de noviembre de 2011

II

Hay mundos siniestros que de vez en cuando toman forma en su cabeza, lanzándolo a una perversidad que rompe con ciertos límites eróticos que van inherentes a su acuerdo con ella. Su cuerpo yacía debajo de la sábana, desnudo, femenino. Sólo el cuello y la cabeza quedaban al descubierto. Él se acercaba sigiloso, cada movimiento suyo era mimético del anterior: perfilados en un silencio y una astucia que formaban un todo. Se encontró a sí mismo besando la parte trasera de los muslos de su bella amante, un poco rígidos pese a estar postrados en la pasividad del sueño.

No se despertaba.

La intimidad de su boca y el sexo de ella le sugerían la idea de no ser demasiado agresivo, sino sutilmente despiadado. Su lengua recorría de un lado a otro mientras sus labios devoraban los extremos. Por fin, ella se movió, un leve resoplido se le escapó: le gustaba.

¿Puedo preguntarte algo?
- Mja. Mientras continuaba su misión.
- ¿Estás solo conmigo por el sexo?

Él se apartó. Se empujó con los brazos hacia atrás y salió de la sábana como un fantasma.

¿A qué viene eso?
- No sé, me quedé dormida pensando en esa pregunta y, sobre todo en tus posibles respuestas.
- ¿Ah sí? ¿y qué te contestaba en tu fantasía?
- Prefiero oírlo de tu yo real.
- Pero va a ser aburrido.
- No me importa.
- Sí. Me importas mucho y cada vez que nos encontramos siento que te tengo mayor aprecio, incluso, podría decir que te quiero. Pero al final, todo se resume al sexo.
- Esa era la respuesta que más me dolía, de esa rara compensanción semántica de poner halagos en una respuesta ojete.
- No son halagos. Es la verdad. De todas maneras ¿tú por qué estás conmigo?
- Porque eres mi secreto y la culpabilidad me hace seguirte viendo.
- No te sigo.
- No es tan complicado. Mira ¿te acuerdas la primera vez que nos conocimos?
- Sí, en el caffenio del Solidaridad.
- Ajám, allí yo ya tenía decidido engañar a mi esposo. No sabía con quién, podía ser cualquiera, sin embargo apareciste tú y toda esa forma de hablar tan tuya, tan educada. Y me dije, pues será él.
- Ok, ¿pero qué tiene que ver eso con la cupabilidad?
- Déjame terminar.
- Está bien.
- Yo ya me sentía culpable antes de empezar contigo, o con cualquiera que hubiera estado, no tiene nada que ver con el pecado carnal en sí, sino con la idea ¿me explico?
- No del todo.
- Ok, a ver si puedo. Desde que me casé me he sentido culpable, y no por no amarlo sino por el hecho de estar con él. Necesitaba sentirme culpable por algo tangible, concreto, terrenal.
- Eso es más ofensivo que lo que yo te respondí.
- Quizá, pero estamos a mano.
- ¿Me quieres?
- Tanto como se puede querer a un secreto.
- El amor a la repulsión.
- A todo le das la vuelta de forma que quede en ese patetismo.
- ¿Cómo se quiere un secreto, entonces?
- Como si fuera uno misma.

En la intimidad el mundo exterior pierde su fuerza, su pegada pero sigue sobrevolando como una sombra enorme que se cierne sobre las individualidades y las maltrata hasta acallarlas.

¿Me has relatado?
¿Delatado? no, qué va. Te has convertido en mi secreto.
No, relatado, ficcionalizado.
Ah, sí, muchas veces.
Odio que lo hayas hecho.
¿Por qué? a mí me halagaría.
Pero tú vives en tu mundo, donde todo está controlado. Y son las desgracias las que te satisfacen.
¿Está mal?
No lo sé. Pero has puesto tu mundo lejos de todo. Y eso a veces es insoportable, te convierte en un ermitaño injustificable, en un animal socialmente inadaptable.
No tengo otra forma de ser. Pero dime, ¿qué es lo que te molesta que haya escrito de ti?
Me molesta porque cuando escribes de mi, en realidad no lo haces enteramente de mi, lo haces de una idea ya preconcebida de mi y me despojas de mis matices.
-Yo pensaba que eso es un halago.
- No, siento que me engañas con esa idea. No me gusta que me comparen con una idea, siempre pierdo. Y aparte, seguramente haces que mis defectos, que los tengo, y muchos; se conviertan en manías mínimas, tiernas y dulces.
- Así te veo.
- Pero eso es porque sólo nos vemos en cuartos de hotel.
- Esa es una ventaja.
-¿Me amas?
- No. Me intrigas.
- Eso es mejor. De algo sirvió mi título en artes plásticas. Pero dime qué escibiste de mí.
- Que eras ama de casa. Y que tu esposo te engañaba.
- Tengo la sospecha que en verdad lo hace.
- ¿Te molesta?
- Sí, mucho.
- Déjalo.
- No, creo que puede ser benéfico. ¿Y en esa historia dónde estás tú?
- En tu cabeza. Engañas a tu esposo con una invensión literaria tuya. Me creaste como un personaje de Stendhal. Carismático y vil.
- ¿Y por qué no en el primer amante de Madame Bovary?
- Porque allí lo tendrías que consumar en la realidad. Bueno, el punto es que vas sola a cuartos de hoteles anónimos, te acuestas y piensas en todos los encuentros ficticios que hemos tenido. Te sales de noche, inventas citas de trabajo, viajes. Hasta compraste un perfume de hombre.
-¿Cuál?
- La que yo uso.
- No sé mucho de ti y nunca he tenido nariz para reconocer.
- Perry Ellis White 360.
- Vaya, aprendí algo de ti. ¿Y cómo termina?
- Con el tiempo terminas juntándote con alguien que conoces en uno de tus "viajes".
- ¿Y es tan maravilloso como el tú que inventé?
- Pensé que dirías solamente tú.
- Ni me pasó por la cabeza.
- Perfecto...no, no lo es. Decía Roth que los amantes tienen un ciclo. Empieza con el de la fantasía, pasa por el de las probabilidades y finalmente el de la rutina, que es como estar casada dos veces.
- Por eso no me hablas de tu pasado.
- No, no eso. Simplemente no me interesa comentarlo y obligar a mi memoria a exponerse otra vez.
- Siempre tan dramático. Dime una cosa ¿cómo se diferencia la "yo" de tu historia a la yo con la que ahorita estás hablando?
- Tú lo dijiste: los defectos de ella son manías mínimas, involuntariamente encantadoras.
- No me refería a eso.
- ¿Entonces?
- ¿Cómo sabes o cómo sé que la mujer de tu historia no es en realidad quién está escribiendo todo esto? es decir, que tú eres la ficción de la ficción de tu relato y yo soy mi propia representación en ese escrito.
- Eso no lo podría contestar, es como si quisieras una respuesta acerca de la existencia de Dios.
-¿Y tú tienes una creencia en cuanto a eso?
- No lo sé. Siempre estoy en conflicto con él por lo que de alguna manera doy, de forma tácita, como válida su existencia.
- Ya veo. ¿Crees que preguntarte eso es preguntar sobre tu pasado?

Él se levanta y abre la ventana. Agarra un cigarro y lo prende. Se queda pegado a la ventana para que el humo no active el detector.

- Sí, de alguna manera. Ese confrontamiento corresponde a mi pasado. Pero, supongo que todo eso tiene que pasar, nos tiene que pasar.
- ¿Significa nuestro final?
- No sé. Supongo.
- ¿Te molestó alguna vez que yo fuera mayor que tú?
- Ya no lo supongo, ahora tengo la certeza.
- Sí... contesta.
- No. Y no se trata de tu edad. Las mujeres que son menores que yo son más idiotas que yo. Se mueven en un mundo donde los pilares están erosionados.
- Son las 4: 20.
- Es la hora de mi nacimiento.
- Creo que es mejor que te vayas.

´Tiró la colilla por la ventana y se quedó observándolo como se consumía poco a poco, moribundo en el frío de la noche. Se vistió y se fue de allí sin volverla a ver a los ojos.

- Cuídate.

Y sólo se oyó un leve rumor de sus pasos yendo por el pasillo.

domingo, 13 de noviembre de 2011

El calvario de Márquez

Algo me conmovió ayer, no tanto la entereza de Márquez en esos 12 rounds cerebrales, técnicamente impecables; no, ni siquiera fue su concentración o su mirada determinada a hacer historia. Más bien fue el desenlace, el abismo de decepción que se confabuló para mostrar la naturaleza trágica del mexicano.

Decía Monsivaís que al mexicano no le gustaba el hombre exitoso sino que se identificaba con el personaje que, por azares del destino, se veía despojado del triunfo y quedaba impotente ante una realidad injusta; estático ante la muerte de su esfuerzo. Y es este sentido trágico lo que me conmovió; escuchar a Márquez encarnar esta folclórica identidad mexicana mediante cierta teatralidad. " Voy a pensar en el retiro" como una postura llena de sugerente dignidad que pone en manifiesto la injusticia del destino. " ¿Qué hago, lo medio mato o me suicido?" como la representación hiperbólica de su frustración e impotencia ante la futilidad del resultado.

A mí siempre me ha parecido que Márquez es el último gran peleador mexicano, la última encarnación del arquetipo del boxeador de barrio: técnicamente impecable, picudo y valiente, kamikaze cuando el combate así lo requiere y táctico cuando le conviene. Y ayer, al menos en mi perceptiva se acaba de anclar a la historia de los tótems boxísticos en esa larga lista llena de dramáticas historias exitosas de perdedores patológicos que rozaron el cielo con su talento para luego perderse en esa especie de fatalismo inherente a ellos.

Márquez perdió, sí, pero se ha convertido en el nuevo-y último- referente del pópulo. Todos nos hemos identificado con él, hemos sentido su dolor y hemos estado moribundos de furia viendo la cara desconcertada de Pacquiao. Ayer, se palpó ese aroma a un partido de fútbol donde México se juega el mundial, el deporte popular por antonomasia.

Y todos, muy en el fondo, deseábamos que ocurriera lo que pasó; que le dieran el triunfo a Pacman; por eso el grito típico del mexicano es el "sí se puede", por eso nuestra canción icónica es el cielito lindo, el "ay, ay, ay, canta y no llores" porque el mexicano sólo se reconoce a sí y a sus compatriotas en torno a la tragedia.

martes, 8 de noviembre de 2011