jueves, 17 de noviembre de 2011

III

Que su hieratismo cotidiano comenzaba a resquebrajarse era una obviedad, aunque él aún permanecía parco e inmutable había en sus gestos y en su forma de mirar, cierta vulnerabilidad. Habían pasado 4 meses desde que la dejó de ver, desde que su boca pronunciara ese "cuídate" tan cargado de significados que recorrían el cuarto de hotel. Ni siquiera se atrevió a verla a los ojos, ella se daría cuenta de su mutación a una víctima: desnudo por el mundo, dando tumbos, con su labio inferior temblando nerviosamente, casi epiléptico.

Ahora estaba con Daniela, era un nombre corriente, casi ofensivo pero había algo en ella que le despertaba una ternura generosa. Por costumbre, sus encuentros ocurrían en cuartos de hotel. Él había tratado de mantener esa rutina de lo impredecible pero al final era un esfuerzo inútil. Daniela tenía un hijo de 3 años, se acababa de licenciar de historia y trabajaba en una dependencia gubernamental, archivando cosas que no tenían ningún valor. De esa condición de normalidad, de vida adulta, de estar sometida a los pilares sociales; brotaba un rencor que contrastaba con la ternura tácita de Daniela.

- Cuéntame más- le decía ella cuando terminaban y yacían en la cama. Él tardaba en responder, en su cabeza se llevaba a cabo una comparación entre Daniela y la mujer que amaba. Con Daniela todo era un acto atlético donde entraba en juego un involucramiento del cuerpo que, a consideración de él, era demasiado demandante. Todo respondía a la carne, al roce constante entre dos entes que no son nada, sino eso, carne. Y el placer terrenal que de ellos se desprendía.

La mujer a la que amaba, en cambio, tenía cierto orgullo secreto que ocasionaba que cada beso, cada caricia tuviera un sabor prohibido. ¿Se acordará de mí?

- La hybris aristotélica es la que hace que todo ocurra. Es el motor de la tragedia humana. Tú como historiadora me lo podrías explicar mejor.
- Es cierto, pero quiero el punto de vista más íntimo.
- Más idiota, quieres decir.
- No es eso. ¿Tú crees que la tragedia es nuestra forma de vida?
- No. No es la forma de vida. Es nuestro combustible. Todos, tarde que temprano pasamos la chispa por ese caudal de gasolina trágico. Porque somos pirómanos.
- El ser humano es pirómano. Es una bonita frase.
- Lo es, sí. Bueno, desde ese punto todo el devenir histórico puede ser explicado.
- ¿Hegel?
- También.

Cada encuentro con ella, cada agotadora sesión sólo acrecentaban su deseo por saber de su antigua amante. Lo atormentaban las dudas. Cuídate, con sus jos cobardes limitando su campo de visión a la puerta, evitando la silueta voluptuosamente femenina que se postraba en la cama.

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