Hay mundos siniestros que de vez en cuando toman forma en su cabeza, lanzándolo a una perversidad que rompe con ciertos límites eróticos que van inherentes a su acuerdo con ella. Su cuerpo yacía debajo de la sábana, desnudo, femenino. Sólo el cuello y la cabeza quedaban al descubierto. Él se acercaba sigiloso, cada movimiento suyo era mimético del anterior: perfilados en un silencio y una astucia que formaban un todo. Se encontró a sí mismo besando la parte trasera de los muslos de su bella amante, un poco rígidos pese a estar postrados en la pasividad del sueño.
No se despertaba.
La intimidad de su boca y el sexo de ella le sugerían la idea de no ser demasiado agresivo, sino sutilmente despiadado. Su lengua recorría de un lado a otro mientras sus labios devoraban los extremos. Por fin, ella se movió, un leve resoplido se le escapó: le gustaba.
¿Puedo preguntarte algo?
- Mja. Mientras continuaba su misión.
- ¿Estás solo conmigo por el sexo?
Él se apartó. Se empujó con los brazos hacia atrás y salió de la sábana como un fantasma.
¿A qué viene eso?
- No sé, me quedé dormida pensando en esa pregunta y, sobre todo en tus posibles respuestas.
- ¿Ah sí? ¿y qué te contestaba en tu fantasía?
- Prefiero oírlo de tu yo real.
- Pero va a ser aburrido.
- No me importa.
- Sí. Me importas mucho y cada vez que nos encontramos siento que te tengo mayor aprecio, incluso, podría decir que te quiero. Pero al final, todo se resume al sexo.
- Esa era la respuesta que más me dolía, de esa rara compensanción semántica de poner halagos en una respuesta ojete.
- No son halagos. Es la verdad. De todas maneras ¿tú por qué estás conmigo?
- Porque eres mi secreto y la culpabilidad me hace seguirte viendo.
- No te sigo.
- No es tan complicado. Mira ¿te acuerdas la primera vez que nos conocimos?
- Sí, en el caffenio del Solidaridad.
- Ajám, allí yo ya tenía decidido engañar a mi esposo. No sabía con quién, podía ser cualquiera, sin embargo apareciste tú y toda esa forma de hablar tan tuya, tan educada. Y me dije, pues será él.
- Ok, ¿pero qué tiene que ver eso con la cupabilidad?
- Déjame terminar.
- Está bien.
- Yo ya me sentía culpable antes de empezar contigo, o con cualquiera que hubiera estado, no tiene nada que ver con el pecado carnal en sí, sino con la idea ¿me explico?
- No del todo.
- Ok, a ver si puedo. Desde que me casé me he sentido culpable, y no por no amarlo sino por el hecho de estar con él. Necesitaba sentirme culpable por algo tangible, concreto, terrenal.
- Eso es más ofensivo que lo que yo te respondí.
- Quizá, pero estamos a mano.
- ¿Me quieres?
- Tanto como se puede querer a un secreto.
- El amor a la repulsión.
- A todo le das la vuelta de forma que quede en ese patetismo.
- ¿Cómo se quiere un secreto, entonces?
- Como si fuera uno misma.
En la intimidad el mundo exterior pierde su fuerza, su pegada pero sigue sobrevolando como una sombra enorme que se cierne sobre las individualidades y las maltrata hasta acallarlas.
¿Me has relatado?
¿Delatado? no, qué va. Te has convertido en mi secreto.
No, relatado, ficcionalizado.
Ah, sí, muchas veces.
Odio que lo hayas hecho.
¿Por qué? a mí me halagaría.
Pero tú vives en tu mundo, donde todo está controlado. Y son las desgracias las que te satisfacen.
¿Está mal?
No lo sé. Pero has puesto tu mundo lejos de todo. Y eso a veces es insoportable, te convierte en un ermitaño injustificable, en un animal socialmente inadaptable.
No tengo otra forma de ser. Pero dime, ¿qué es lo que te molesta que haya escrito de ti?
Me molesta porque cuando escribes de mi, en realidad no lo haces enteramente de mi, lo haces de una idea ya preconcebida de mi y me despojas de mis matices.
-Yo pensaba que eso es un halago.
- No, siento que me engañas con esa idea. No me gusta que me comparen con una idea, siempre pierdo. Y aparte, seguramente haces que mis defectos, que los tengo, y muchos; se conviertan en manías mínimas, tiernas y dulces.
- Así te veo.
- Pero eso es porque sólo nos vemos en cuartos de hotel.
- Esa es una ventaja.
-¿Me amas?
- No. Me intrigas.
- Eso es mejor. De algo sirvió mi título en artes plásticas. Pero dime qué escibiste de mí.
- Que eras ama de casa. Y que tu esposo te engañaba.
- Tengo la sospecha que en verdad lo hace.
- ¿Te molesta?
- Sí, mucho.
- Déjalo.
- No, creo que puede ser benéfico. ¿Y en esa historia dónde estás tú?
- En tu cabeza. Engañas a tu esposo con una invensión literaria tuya. Me creaste como un personaje de Stendhal. Carismático y vil.
- ¿Y por qué no en el primer amante de Madame Bovary?
- Porque allí lo tendrías que consumar en la realidad. Bueno, el punto es que vas sola a cuartos de hoteles anónimos, te acuestas y piensas en todos los encuentros ficticios que hemos tenido. Te sales de noche, inventas citas de trabajo, viajes. Hasta compraste un perfume de hombre.
-¿Cuál?
- La que yo uso.
- No sé mucho de ti y nunca he tenido nariz para reconocer.
- Perry Ellis White 360.
- Vaya, aprendí algo de ti. ¿Y cómo termina?
- Con el tiempo terminas juntándote con alguien que conoces en uno de tus "viajes".
- ¿Y es tan maravilloso como el tú que inventé?
- Pensé que dirías solamente tú.
- Ni me pasó por la cabeza.
- Perfecto...no, no lo es. Decía Roth que los amantes tienen un ciclo. Empieza con el de la fantasía, pasa por el de las probabilidades y finalmente el de la rutina, que es como estar casada dos veces.
- Por eso no me hablas de tu pasado.
- No, no eso. Simplemente no me interesa comentarlo y obligar a mi memoria a exponerse otra vez.
- Siempre tan dramático. Dime una cosa ¿cómo se diferencia la "yo" de tu historia a la yo con la que ahorita estás hablando?
- Tú lo dijiste: los defectos de ella son manías mínimas, involuntariamente encantadoras.
- No me refería a eso.
- ¿Entonces?
- ¿Cómo sabes o cómo sé que la mujer de tu historia no es en realidad quién está escribiendo todo esto? es decir, que tú eres la ficción de la ficción de tu relato y yo soy mi propia representación en ese escrito.
- Eso no lo podría contestar, es como si quisieras una respuesta acerca de la existencia de Dios.
-¿Y tú tienes una creencia en cuanto a eso?
- No lo sé. Siempre estoy en conflicto con él por lo que de alguna manera doy, de forma tácita, como válida su existencia.
- Ya veo. ¿Crees que preguntarte eso es preguntar sobre tu pasado?
Él se levanta y abre la ventana. Agarra un cigarro y lo prende. Se queda pegado a la ventana para que el humo no active el detector.
- Sí, de alguna manera. Ese confrontamiento corresponde a mi pasado. Pero, supongo que todo eso tiene que pasar, nos tiene que pasar.
- ¿Significa nuestro final?
- No sé. Supongo.
- ¿Te molestó alguna vez que yo fuera mayor que tú?
- Ya no lo supongo, ahora tengo la certeza.
- Sí... contesta.
- No. Y no se trata de tu edad. Las mujeres que son menores que yo son más idiotas que yo. Se mueven en un mundo donde los pilares están erosionados.
- Son las 4: 20.
- Es la hora de mi nacimiento.
- Creo que es mejor que te vayas.
´Tiró la colilla por la ventana y se quedó observándolo como se consumía poco a poco, moribundo en el frío de la noche. Se vistió y se fue de allí sin volverla a ver a los ojos.
- Cuídate.
Y sólo se oyó un leve rumor de sus pasos yendo por el pasillo.
martes, 15 de noviembre de 2011
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