25 de diciembre.
Despertó en una banca fría de un parque. Él no sabe dónde está, no se imagina. Ni siquiera estaba borracho, le duele la garganta y las manos del frío envolvente. No hay nadie alrededor ni movimiento que pudiera sugerir algo. Ni un perro. Recuerda la noche anterior. Lágrimas, humo, gritos, más lágrimas.
Vete a la mierda.
Ya no hay nada qué hacer. Soñó que ella le había dicho que Dios se había equivocado. No puede superar eso. Dios y equivocado en una misma oración. Dios, una palabra que no corresponde a una realidad, equivocación la palabra más usada para la humanidad.
Navidad, puta navidad. Fumó toda una cajetilla en una hora. De 11:35 a 12:43. A las 12, que empezaron a llegar los mensajes anónimos de "Que te la pases muy bien" él escupió y se cortó el brazo un poco. Tosía como si se le fuera la vida en ello. Pensaba que tal vez fumando tanto llegaría su fin, rápido. Pero Dios se equivoca. Un oxímoron que es correcto, otro oxímoron.
Ahora el sol le quemaba. el sol y la soledad. la soledad y él. el sol y él. El triángulo de una navidad diferente, asquerosa.
sábado, 25 de diciembre de 2010
jueves, 4 de noviembre de 2010
...
Por el centro de la pista ellos bailan. Sin saber muy bien qué, sin saber si tienen ritmo, si se ven agraciados. Sólo bailan. Tango, salsa, rock and roll, rockabilly, boleros, pop. Todo en uno. Sus mentes ya no son conscientes del momento. El presente se ha convertido en un mundo aparte, ajeno a cualquier pensamiento.
El tiempo sin espacio, el espacio sin tiempo. Bailan, bailan hasta desgastar las suelas de los zapatos de él, ella, descalza baila hasta sangrar, hasta sudar sangre. Y las palabras que puedan decir quedan supeditadas a las respiraciones entrecortadas, zigzagueantes, llenas de movimiento perpetuo.
- Te seguiré- suena con eco mientras bailan y el salón los observa desnudos. La mano derecha a la cintura, cintura que se deforma con cada ruido, con cada nota. Las manos de ella van a la espalda de su amante. El final no es mas que una saturación de sueños indecentes que nunca ocurren.
Al final se besan. Pero hay una paradoja. El final es una saturación de sueños indecentes que nunca se cumplen.
El tiempo sin espacio, el espacio sin tiempo. Bailan, bailan hasta desgastar las suelas de los zapatos de él, ella, descalza baila hasta sangrar, hasta sudar sangre. Y las palabras que puedan decir quedan supeditadas a las respiraciones entrecortadas, zigzagueantes, llenas de movimiento perpetuo.
- Te seguiré- suena con eco mientras bailan y el salón los observa desnudos. La mano derecha a la cintura, cintura que se deforma con cada ruido, con cada nota. Las manos de ella van a la espalda de su amante. El final no es mas que una saturación de sueños indecentes que nunca ocurren.
Al final se besan. Pero hay una paradoja. El final es una saturación de sueños indecentes que nunca se cumplen.
viernes, 1 de octubre de 2010
Las miradas del techo
¿Quién ve el techo? se preguntó alguna vez. ¿Qué ve el techo? volvía a cuestionar. La paranoia de sucesos que nunca ocurrían en noches amnésicas y difuntas hacían que su vida pasara con una rapidez incesante. Amaba y odiaba a una persona, a una mujer que, para definirla citaba a Schopenhauer: mujer de pelos largos e ideas cortas.
El porqué había caído bajo sus encantos y su veneno aún era un misterio. Había una curiosidad en esta historia: sólo había hablado con ella una vez y fue para indicarle dónde estaba el baño. La vió caminar con esos tacones altos que tanto le excitaban y esos pantalones de tubo que apretaban las piernas. Observó y memorizó el movimiento de la cadera como si se tratase de notas musicales. Esperó todo ese tiempo justo afuera del baño, sigiloso como sombra para que cuando ella saliera no advirtiera su presencia. Quería que todo fuera soledad y que nadie lo viera como estatua inquieta por despertar de su letanía.
Tuvo sólo insípidas escapadas, one night stands con prostitutas profesionales o putas que uno encuentra en cualquier antro de cualquier ciudad. A las primeras, a manera poética-por alguna razón, él creía que todo debías estar dotado de un sentido de poesía- les decía que él era el hombre entre cruces de caminos. Nunca, ni una prostituta-fuera mujer o trasvesti- le entendió. Entonces, con solemnidad enseñaba la rechoncha figura de Diego Rivera.
Con las segundas era más fácil por raro que resulte. Era invitarlas un trago. Primer paso casi infalible. El alcohol como lubricante social y, pensaba él, vaginal. Si eso no funcionaba del todo hacía uso de una labia grotescamente demagógica.
- Soy escritor- llegó a decirle a una mujer que vestía una minifalda de mezclilla, casi sin busto aunque con mucho escote. Ella, aturdida por el alcohol que fluía en dirección hacia su entrepierna y por la música que la hacía sacudir la cadera, quedó impresionada. En realidad, no le llamaba la atención que fuera escritor, pero sentía que sería una buena experiencia por aquel estereotipo imbécil de que los escritores son personajes perturbados.
Esto debe ser la perfección reflexionó. Esto o nada. Quizá sea por el condicionamiento rutinario, pero no podía pensar de otra manera. Enamorarse de una idea con ojos, labios, boca, lunares justo en los contornos de la cara. Enamorarse de las várices de unas piernas blancas como yogurth, de unos dedos chatos y sin uñas, casi varoniles. Enamorarse de una idea de 57 kg y 1.65 de estatura. Esa era su idea. No sabía su ideal era ella o ella era su ideal. Le costaba poner en orden su cabeza. Mientras, la seguía por breves lapsos, sólo para recordadr ese contoneo en el trasero acelerado por sus caderas, como si recordara alguna canción de infancia.
El porqué había caído bajo sus encantos y su veneno aún era un misterio. Había una curiosidad en esta historia: sólo había hablado con ella una vez y fue para indicarle dónde estaba el baño. La vió caminar con esos tacones altos que tanto le excitaban y esos pantalones de tubo que apretaban las piernas. Observó y memorizó el movimiento de la cadera como si se tratase de notas musicales. Esperó todo ese tiempo justo afuera del baño, sigiloso como sombra para que cuando ella saliera no advirtiera su presencia. Quería que todo fuera soledad y que nadie lo viera como estatua inquieta por despertar de su letanía.
Tuvo sólo insípidas escapadas, one night stands con prostitutas profesionales o putas que uno encuentra en cualquier antro de cualquier ciudad. A las primeras, a manera poética-por alguna razón, él creía que todo debías estar dotado de un sentido de poesía- les decía que él era el hombre entre cruces de caminos. Nunca, ni una prostituta-fuera mujer o trasvesti- le entendió. Entonces, con solemnidad enseñaba la rechoncha figura de Diego Rivera.
Con las segundas era más fácil por raro que resulte. Era invitarlas un trago. Primer paso casi infalible. El alcohol como lubricante social y, pensaba él, vaginal. Si eso no funcionaba del todo hacía uso de una labia grotescamente demagógica.
- Soy escritor- llegó a decirle a una mujer que vestía una minifalda de mezclilla, casi sin busto aunque con mucho escote. Ella, aturdida por el alcohol que fluía en dirección hacia su entrepierna y por la música que la hacía sacudir la cadera, quedó impresionada. En realidad, no le llamaba la atención que fuera escritor, pero sentía que sería una buena experiencia por aquel estereotipo imbécil de que los escritores son personajes perturbados.
Esto debe ser la perfección reflexionó. Esto o nada. Quizá sea por el condicionamiento rutinario, pero no podía pensar de otra manera. Enamorarse de una idea con ojos, labios, boca, lunares justo en los contornos de la cara. Enamorarse de las várices de unas piernas blancas como yogurth, de unos dedos chatos y sin uñas, casi varoniles. Enamorarse de una idea de 57 kg y 1.65 de estatura. Esa era su idea. No sabía su ideal era ella o ella era su ideal. Le costaba poner en orden su cabeza. Mientras, la seguía por breves lapsos, sólo para recordadr ese contoneo en el trasero acelerado por sus caderas, como si recordara alguna canción de infancia.
jueves, 2 de septiembre de 2010
La presencia de tu ausencia
El reto de vivir cuando se pierde al ser más amado no es el hecho de sobrellevar la perenne idea de su huida-al final, la pérdida es eso, una huida- sino el de enfrentarse a su presencia fantasmal que se esconde en tu soledad como espejo infernal.
Sucede que me canso de ser hombre relataba en un poema Neruda, cansarse de ser hombre es muy fácil cuando te sientas en el silencio y en la oscuridad en una noche cualquiera, viéndote todo, con maltrato visual y circunstancial, preguntándote el porqué no fuiste tú el que se fue-o huyó- y sí el que sufre.
-Te ví- le hablas a aquella foto de situaciones, a ese pasado incógnito que ahora se esconde en tu memoria derruida. Y suena el violín con un compás tímido en su ejecución que le da más fuerza a tu debilidad. Y entonces sabes que no te ha dejado, que en tu corazón-o cabeza- dejó una parte suya que ahora es tuya: su ausencia. Y la sientes, no a ella, sino a su ausencia, acariciándote, revolcándose en tu vacío existente, regodeándose en tu miseria. La imperturbable quietud del cuarto hace ver somnolientas figuras, tenues sombras, todas, maquiavélicamente con su forma: allí está ella cuando me dijo que me amaba aquella tarde. Allí está ella cuando nos besamos por primera vez en el umbral de su trabajo. O, allí estamos los dos cuando dijo adios sin despedirse, sólo tomándonos las manos, incombustibles.
Sigue aquella letanía de violines, de funerarios sonidos desgarrando todo a su paso. - Te extraño- lees en una carta yuxtapuesta a la ventana. El amor, en el final, para el grueso de la gente está supeditado a largas listas de intereses que poco tienen que ver con la idea primaria (o ideal) de lo que es el amor. Sabes que su huida significó tu huida. Poco. Y uno se puede recostar con absoluta angustía en su sillón, con las pupilas enrarecidas y con la boca seca de tanto balbucear diatribas hacia el mundo. Uno puede gritar con alevosía, con carencia de alma, con singular desprecio a las constelaciones. Uno puede hacer todo menos rehuir a la presencia de su ausencia, que te acompañará como sombra, como mirada furtiva al fin de los tiempos. Porque no hay tiempo que valga para olvidarla, para olvidarte. Sólo queda esperar que una noche al azar, embriagado de pena y vibrando de coraje dipsómano, ella vuelva de entre la oscuridad del pasillo que siempre esperas.
Sucede que me canso de ser hombre relataba en un poema Neruda, cansarse de ser hombre es muy fácil cuando te sientas en el silencio y en la oscuridad en una noche cualquiera, viéndote todo, con maltrato visual y circunstancial, preguntándote el porqué no fuiste tú el que se fue-o huyó- y sí el que sufre.
-Te ví- le hablas a aquella foto de situaciones, a ese pasado incógnito que ahora se esconde en tu memoria derruida. Y suena el violín con un compás tímido en su ejecución que le da más fuerza a tu debilidad. Y entonces sabes que no te ha dejado, que en tu corazón-o cabeza- dejó una parte suya que ahora es tuya: su ausencia. Y la sientes, no a ella, sino a su ausencia, acariciándote, revolcándose en tu vacío existente, regodeándose en tu miseria. La imperturbable quietud del cuarto hace ver somnolientas figuras, tenues sombras, todas, maquiavélicamente con su forma: allí está ella cuando me dijo que me amaba aquella tarde. Allí está ella cuando nos besamos por primera vez en el umbral de su trabajo. O, allí estamos los dos cuando dijo adios sin despedirse, sólo tomándonos las manos, incombustibles.
Sigue aquella letanía de violines, de funerarios sonidos desgarrando todo a su paso. - Te extraño- lees en una carta yuxtapuesta a la ventana. El amor, en el final, para el grueso de la gente está supeditado a largas listas de intereses que poco tienen que ver con la idea primaria (o ideal) de lo que es el amor. Sabes que su huida significó tu huida. Poco. Y uno se puede recostar con absoluta angustía en su sillón, con las pupilas enrarecidas y con la boca seca de tanto balbucear diatribas hacia el mundo. Uno puede gritar con alevosía, con carencia de alma, con singular desprecio a las constelaciones. Uno puede hacer todo menos rehuir a la presencia de su ausencia, que te acompañará como sombra, como mirada furtiva al fin de los tiempos. Porque no hay tiempo que valga para olvidarla, para olvidarte. Sólo queda esperar que una noche al azar, embriagado de pena y vibrando de coraje dipsómano, ella vuelva de entre la oscuridad del pasillo que siempre esperas.
miércoles, 4 de agosto de 2010
Los días del sí
Se levantó y vió la imagen de la ventana. La radio se había quedado prendida y sonaba From the Ritz to the rubble. El aliento era una pérfida mezcolanza de tabaco, mota, whiskey barato y leche. Detestaba la leche. Vomitó al pensarlo.
-Puto día- dijo con desgana. En su cama había dos cuerpos descompuestos y por ende, etéreos. Encendió un cigarro que se había apagado a la mitad y coqueteaba peligrosamente con un charco de vómito. ¿Cómo llegué aquí?-se preguntó mientras inhalaba. Se puso de pie, volvió a vomitar. Supuso que estaba en un departamento, desconocía de quién era. El lugar era horrible en términos de estética. Las paredes eran de un café muy vivo, los sillones eran negros y el mosaico era azul marino dándole una sobrecarga de colores oscuros. Lúgubre. Se quedó mirando a la pareja que moría en la cama. Las sábanas amarillas-probablemente por la orina- apenas y cubrían los senos de la mujer pero no al pene del hombre.
Recordó que ella se llamaba Laura. Coño, qué feo nombre...y qué feo coño. Eso sí, su cara era bellísima. Quizá el que tuviera los ojos abiertos sin pupila le concedían un aura mística, como de virgen. De la comisuras de sus labios salía un poco de baba. Movió un poco de la sábana para ver los senos. La areola era de un rosa tierno, sin embargo el pezón tenía un color ópaco y de apariencia rugosa. Tocó. Sí, como una lija. La volvió a tapar.
Estaba muerta. Su cuerpo tomaba un gusto adicional. El hombre probablemente había entrado en coma. No importaba. Se puso a cocinar pan francés.
He makes examples of you. Jo, pensó- el punk ya no es lo que era. Y eso que le gustaban. Comió con infinito placer. Las sombras del departamento invadían todo. Era hora de irse. Se bañó, se cambió. Se sentó en la cama. Tuvo que mover a Laura y a su amante. Se peinó.
Adiós Laura, adiós wei con el pito chico. Y se marchó.
-Puto día- dijo con desgana. En su cama había dos cuerpos descompuestos y por ende, etéreos. Encendió un cigarro que se había apagado a la mitad y coqueteaba peligrosamente con un charco de vómito. ¿Cómo llegué aquí?-se preguntó mientras inhalaba. Se puso de pie, volvió a vomitar. Supuso que estaba en un departamento, desconocía de quién era. El lugar era horrible en términos de estética. Las paredes eran de un café muy vivo, los sillones eran negros y el mosaico era azul marino dándole una sobrecarga de colores oscuros. Lúgubre. Se quedó mirando a la pareja que moría en la cama. Las sábanas amarillas-probablemente por la orina- apenas y cubrían los senos de la mujer pero no al pene del hombre.
Recordó que ella se llamaba Laura. Coño, qué feo nombre...y qué feo coño. Eso sí, su cara era bellísima. Quizá el que tuviera los ojos abiertos sin pupila le concedían un aura mística, como de virgen. De la comisuras de sus labios salía un poco de baba. Movió un poco de la sábana para ver los senos. La areola era de un rosa tierno, sin embargo el pezón tenía un color ópaco y de apariencia rugosa. Tocó. Sí, como una lija. La volvió a tapar.
Estaba muerta. Su cuerpo tomaba un gusto adicional. El hombre probablemente había entrado en coma. No importaba. Se puso a cocinar pan francés.
He makes examples of you. Jo, pensó- el punk ya no es lo que era. Y eso que le gustaban. Comió con infinito placer. Las sombras del departamento invadían todo. Era hora de irse. Se bañó, se cambió. Se sentó en la cama. Tuvo que mover a Laura y a su amante. Se peinó.
Adiós Laura, adiós wei con el pito chico. Y se marchó.
miércoles, 2 de junio de 2010
No te vi.
Creo en Dios.
No creo en él.
Dice con angustia mientras deshoja un cuaderno. Voltea a un espejo resquebrajado: fractales infinitos de él. Cansado, se recuesta en la sábana manchada de miles de distintas sustancias. Si cierro los ojos nadie más existe, ni existirá, ni existió. Serán anécdotas nunca vistas o contadas.
Tengo miedo-pensó mientras se abarazaba a sí, al antes del hacer, a una eternidad prometida y a la nada pecadora. Su sombra colgaba ficticia, retadora, amoral. ¿Cómo es posible? preguntó mientras los pulmones se achicaban.
Que mi sombra, silueta hecha a medida de mi cuerpo, desprenda un sin valor mientras yo, colgado, represento todos los males y tormentos.
38 segundos. Silencio. La mirada se oscurece y desvanece. La cara encuentra su clímax y explota, roja color carmín. Sigue en el radio Epitaph de King Crimson. Siempre el Rey Carmesí.
42 segundos. Epitafio. Enfrentar la muerte sin sombra, que te ha abandonado. Te arrepientes pues tu propia sombra ha decidido mudar, cambiar, mutar. No quiso morir. No quiso sacrificarse en el altar junto contigo. Ahora es un objeto-porque tiene masa-, un fetiche, un producto.
51 segundos. Y otra vez suicidio de cisnes. La lírica de José Cruz se intensifica en su cabeza, a punto de ceder a la tensión de la cuerda y de la gravedad. Balbuceos y saliva con sangre. Ve mover su sombra, ya no en ese ir y venir rítmico, sino que se mueve para ser la sombra de aquél florero.
54 segundos. El último respiro. Soy un muerto sin sombra, piensa a la vez que todo su cuerpo se relaja y estalla en un último orgasmo.
No creo en él.
Dice con angustia mientras deshoja un cuaderno. Voltea a un espejo resquebrajado: fractales infinitos de él. Cansado, se recuesta en la sábana manchada de miles de distintas sustancias. Si cierro los ojos nadie más existe, ni existirá, ni existió. Serán anécdotas nunca vistas o contadas.
Tengo miedo-pensó mientras se abarazaba a sí, al antes del hacer, a una eternidad prometida y a la nada pecadora. Su sombra colgaba ficticia, retadora, amoral. ¿Cómo es posible? preguntó mientras los pulmones se achicaban.
Que mi sombra, silueta hecha a medida de mi cuerpo, desprenda un sin valor mientras yo, colgado, represento todos los males y tormentos.
38 segundos. Silencio. La mirada se oscurece y desvanece. La cara encuentra su clímax y explota, roja color carmín. Sigue en el radio Epitaph de King Crimson. Siempre el Rey Carmesí.
42 segundos. Epitafio. Enfrentar la muerte sin sombra, que te ha abandonado. Te arrepientes pues tu propia sombra ha decidido mudar, cambiar, mutar. No quiso morir. No quiso sacrificarse en el altar junto contigo. Ahora es un objeto-porque tiene masa-, un fetiche, un producto.
51 segundos. Y otra vez suicidio de cisnes. La lírica de José Cruz se intensifica en su cabeza, a punto de ceder a la tensión de la cuerda y de la gravedad. Balbuceos y saliva con sangre. Ve mover su sombra, ya no en ese ir y venir rítmico, sino que se mueve para ser la sombra de aquél florero.
54 segundos. El último respiro. Soy un muerto sin sombra, piensa a la vez que todo su cuerpo se relaja y estalla en un último orgasmo.
jueves, 20 de mayo de 2010
Perseguí a mi sombra
Pasé 4 años-o al menos eso conté- de mi vida persiguiendo a mi sombra. Fue como quien persigue a sus sueños: una tarea imposible e irrelevante. Terminé por rendirme de absurda hazaña y fui a parar en un callejón donde estaba un payaso inhalando thiner mientras me decía que él había sido el verdadero Ronald Mcdonald.
No supe cómo alcanzarla. Fui de calle en calle, de puesta de sol a puesta de sol, incesante, buscándola con redes, lazos y cajas de cazafantasmas. Nada funcionaba. Nada funcionó. Cada noche terminaba exhausto, silente, mareado. Un flash, el payaso me estaba asaltando.
-No lo tomes personal, lo que pasa es que quiero una cajita feliz.
Acuchillado, mi sombra se acercó con prisas y sin ideas. Ni así la pude atrapar. Se colocó abajo de mi, infraterrenal, metafísica, consoladora. Finalmente la sangre fue tomando forma: nocturna, rojiza. Mi sangre le daba vida.
Lo sabía-dije con emoción. Mi sombra era un ser independiente. Me dejó desangrándome, tomó mis líquidos sorbo a sorbo, parecía que tomaba vino tinto mientras su silueta se separaba del pavimento.
Volvió el payaso. Había olvidado el thiner. Nos vió o la vió. Quizá yo era ya la sombra. Y la apuñaló.
No supe cómo alcanzarla. Fui de calle en calle, de puesta de sol a puesta de sol, incesante, buscándola con redes, lazos y cajas de cazafantasmas. Nada funcionaba. Nada funcionó. Cada noche terminaba exhausto, silente, mareado. Un flash, el payaso me estaba asaltando.
-No lo tomes personal, lo que pasa es que quiero una cajita feliz.
Acuchillado, mi sombra se acercó con prisas y sin ideas. Ni así la pude atrapar. Se colocó abajo de mi, infraterrenal, metafísica, consoladora. Finalmente la sangre fue tomando forma: nocturna, rojiza. Mi sangre le daba vida.
Lo sabía-dije con emoción. Mi sombra era un ser independiente. Me dejó desangrándome, tomó mis líquidos sorbo a sorbo, parecía que tomaba vino tinto mientras su silueta se separaba del pavimento.
Volvió el payaso. Había olvidado el thiner. Nos vió o la vió. Quizá yo era ya la sombra. Y la apuñaló.
miércoles, 14 de abril de 2010
The man who follow
No se puede vivir siempre en el presente, te dice con su sonrisa lacónica. Asustado, intentas no mostrar inseguridad. El aire está enrarecido con su presencia, no maligna pero sí tétrica. Lo ves con su aspecto famélico, puedes adivinar las cuatro costillas resaltadas sobre sus costados yendo y viniendo a cada respiro. Escuchas el silbido mórbido cuando inhala el aire. Los lentes bifocales le conceden un aspecto natural de alguien que vive en las bibliotecas públicas.
Te dice con voz que parece retumbar en las esquinas del cuarto adyascente que siente mucho lo que ha ocurrido, él no esperaba darse a conocer bajo estas circunstancias. Notas una cierta ternura en sus palabras, como sestea cada palabra, como el de un abuelo hablándole a sus nietos. Le hablas con silencio, con los gestos de algien o algo-no sabes lo que eres- que parece difuminarse en las tinieblas de ese cuarto siempre y nunca conocido.
No te reprocho nada, ni siquiera cuando te metiste con mi hija, no había otra, escuhas con lejanía. Tu mirada se contrae, empiezas a recapitular, sólo te has acostado con una mujer, Carla. Carlita para los amigos, Carlota para ti. Juegos de posicionamiento. Nunca nadie como Carlota, la mujer que murió loca esperando el renacer del tiempo para encontrarse antes del fusilamiento con su amado. Olvidas que estás de frente con lo que aparentemente es su papá. Señor, tartamudeas, no, n- no o, quise hacerle nada a su hija, se-se, le-lo juro.
No tienes de qué disculparte, te interrumpe violentamente, son los castigos del azar. Aparte, yo vengo de más atrás. Del pasado que aún era presente. Se quita la chamarra café que huele a humedad, jala una silla que tiene la pata derecha trasera más corta y se sienta. I belong to your world, susurra. Tú no entiendes nada de inglés. Hace frío y no te explicas porqué se quita la chamarra. El polvo te hace toser.
Uno de los soliloquios más famosos es el que le dijiste a aquélla maestra tuya ¿recuerdas?, Esther
Estrella, lo puedo recitar si quieres. Estabas en segundo de prepa. Haces un esfuerzo-inútil ya- por rememorar ese tiempo. Antes notas el pelo casposo de tu vigilante. Dilo, retas.
Se acomoda los lentes y grita un potente AHHHHH. Te asustas y crees haberte orinado. Siempre has sido un pacifista por necesidad, que en realidad es cobardía, se burla de ti. Entona su garganta y su voz parsimoniosa se transforma en ondas de sonido. La verdad, maestra, es que no entiendo como alguien se puedea llamar Esther Estrella, es una pleonasmo digno de oaxaquitas zapotecas llegados en burro. Es una verdad incontestable, lo exhibe en su color de piel, en su olor, en su caminar. Aquí es solo una chacha más venida a más por una carrera cursada en el ITH o en alguna universidad de poca monta.
Eras muy bueno con la violencia verbal, nadie como tú para hacer sufrir a las personas. Después de eso, perdiste tu sombra, imaginariamente pensaste en esa escisión y te das cuenta de que tiene razón. Nunca volviste a ver tu sombra desde hace mucho tiempo. Siempre intercedida por distintas cosas.
Te dice con voz que parece retumbar en las esquinas del cuarto adyascente que siente mucho lo que ha ocurrido, él no esperaba darse a conocer bajo estas circunstancias. Notas una cierta ternura en sus palabras, como sestea cada palabra, como el de un abuelo hablándole a sus nietos. Le hablas con silencio, con los gestos de algien o algo-no sabes lo que eres- que parece difuminarse en las tinieblas de ese cuarto siempre y nunca conocido.
No te reprocho nada, ni siquiera cuando te metiste con mi hija, no había otra, escuhas con lejanía. Tu mirada se contrae, empiezas a recapitular, sólo te has acostado con una mujer, Carla. Carlita para los amigos, Carlota para ti. Juegos de posicionamiento. Nunca nadie como Carlota, la mujer que murió loca esperando el renacer del tiempo para encontrarse antes del fusilamiento con su amado. Olvidas que estás de frente con lo que aparentemente es su papá. Señor, tartamudeas, no, n- no o, quise hacerle nada a su hija, se-se, le-lo juro.
No tienes de qué disculparte, te interrumpe violentamente, son los castigos del azar. Aparte, yo vengo de más atrás. Del pasado que aún era presente. Se quita la chamarra café que huele a humedad, jala una silla que tiene la pata derecha trasera más corta y se sienta. I belong to your world, susurra. Tú no entiendes nada de inglés. Hace frío y no te explicas porqué se quita la chamarra. El polvo te hace toser.
Uno de los soliloquios más famosos es el que le dijiste a aquélla maestra tuya ¿recuerdas?, Esther
Estrella, lo puedo recitar si quieres. Estabas en segundo de prepa. Haces un esfuerzo-inútil ya- por rememorar ese tiempo. Antes notas el pelo casposo de tu vigilante. Dilo, retas.
Se acomoda los lentes y grita un potente AHHHHH. Te asustas y crees haberte orinado. Siempre has sido un pacifista por necesidad, que en realidad es cobardía, se burla de ti. Entona su garganta y su voz parsimoniosa se transforma en ondas de sonido. La verdad, maestra, es que no entiendo como alguien se puedea llamar Esther Estrella, es una pleonasmo digno de oaxaquitas zapotecas llegados en burro. Es una verdad incontestable, lo exhibe en su color de piel, en su olor, en su caminar. Aquí es solo una chacha más venida a más por una carrera cursada en el ITH o en alguna universidad de poca monta.
Eras muy bueno con la violencia verbal, nadie como tú para hacer sufrir a las personas. Después de eso, perdiste tu sombra, imaginariamente pensaste en esa escisión y te das cuenta de que tiene razón. Nunca volviste a ver tu sombra desde hace mucho tiempo. Siempre intercedida por distintas cosas.
jueves, 28 de enero de 2010
Mis silencios
Quisiera escribir de algo concreto. Como de la vez que me asaltaron de la forma más amable y casi voluntaria. O cuando caminé toda la noche con una cajetilla de cigarros; pero no puedo. Y caminas de un lado a otro en los pasillos de mi mente. Una dominatriz con corazón tierno.
Todos los ruidos me parecen música: el paso interminable de carros, el polvo que se adhiere a los anuncios, las ráfagas de aire que se presentan en mi chamarra. Y mis sueños que desaparecen contigo, se esconden en tus faldas, en tus sonrisas y en tu pelo. Mis pesadillas se quedan y se hacen realidades, mientras el humo del cigarro y del café se conjugan y me impiden ver tu partida.
Eres una sombra, una idea, un presentimiento.
Todos los ruidos me parecen música: el paso interminable de carros, el polvo que se adhiere a los anuncios, las ráfagas de aire que se presentan en mi chamarra. Y mis sueños que desaparecen contigo, se esconden en tus faldas, en tus sonrisas y en tu pelo. Mis pesadillas se quedan y se hacen realidades, mientras el humo del cigarro y del café se conjugan y me impiden ver tu partida.
Eres una sombra, una idea, un presentimiento.
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