viernes, 1 de octubre de 2010

Las miradas del techo

¿Quién ve el techo? se preguntó alguna vez. ¿Qué ve el techo? volvía a cuestionar. La paranoia de sucesos que nunca ocurrían en noches amnésicas y difuntas hacían que su vida pasara con una rapidez incesante. Amaba y odiaba a una persona, a una mujer que, para definirla citaba a Schopenhauer: mujer de pelos largos e ideas cortas.

El porqué había caído bajo sus encantos y su veneno aún era un misterio. Había una curiosidad en esta historia: sólo había hablado con ella una vez y fue para indicarle dónde estaba el baño. La vió caminar con esos tacones altos que tanto le excitaban y esos pantalones de tubo que apretaban las piernas. Observó y memorizó el movimiento de la cadera como si se tratase de notas musicales. Esperó todo ese tiempo justo afuera del baño, sigiloso como sombra para que cuando ella saliera no advirtiera su presencia. Quería que todo fuera soledad y que nadie lo viera como estatua inquieta por despertar de su letanía.

Tuvo sólo insípidas escapadas, one night stands con prostitutas profesionales o putas que uno encuentra en cualquier antro de cualquier ciudad. A las primeras, a manera poética-por alguna razón, él creía que todo debías estar dotado de un sentido de poesía- les decía que él era el hombre entre cruces de caminos. Nunca, ni una prostituta-fuera mujer o trasvesti- le entendió. Entonces, con solemnidad enseñaba la rechoncha figura de Diego Rivera.

Con las segundas era más fácil por raro que resulte. Era invitarlas un trago. Primer paso casi infalible. El alcohol como lubricante social y, pensaba él, vaginal. Si eso no funcionaba del todo hacía uso de una labia grotescamente demagógica.

- Soy escritor- llegó a decirle a una mujer que vestía una minifalda de mezclilla, casi sin busto aunque con mucho escote. Ella, aturdida por el alcohol que fluía en dirección hacia su entrepierna y por la música que la hacía sacudir la cadera, quedó impresionada. En realidad, no le llamaba la atención que fuera escritor, pero sentía que sería una buena experiencia por aquel estereotipo imbécil de que los escritores son personajes perturbados.

Esto debe ser la perfección reflexionó. Esto o nada. Quizá sea por el condicionamiento rutinario, pero no podía pensar de otra manera. Enamorarse de una idea con ojos, labios, boca, lunares justo en los contornos de la cara. Enamorarse de las várices de unas piernas blancas como yogurth, de unos dedos chatos y sin uñas, casi varoniles. Enamorarse de una idea de 57 kg y 1.65 de estatura. Esa era su idea. No sabía su ideal era ella o ella era su ideal. Le costaba poner en orden su cabeza. Mientras, la seguía por breves lapsos, sólo para recordadr ese contoneo en el trasero acelerado por sus caderas, como si recordara alguna canción de infancia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario