Pasé 4 años-o al menos eso conté- de mi vida persiguiendo a mi sombra. Fue como quien persigue a sus sueños: una tarea imposible e irrelevante. Terminé por rendirme de absurda hazaña y fui a parar en un callejón donde estaba un payaso inhalando thiner mientras me decía que él había sido el verdadero Ronald Mcdonald.
No supe cómo alcanzarla. Fui de calle en calle, de puesta de sol a puesta de sol, incesante, buscándola con redes, lazos y cajas de cazafantasmas. Nada funcionaba. Nada funcionó. Cada noche terminaba exhausto, silente, mareado. Un flash, el payaso me estaba asaltando.
-No lo tomes personal, lo que pasa es que quiero una cajita feliz.
Acuchillado, mi sombra se acercó con prisas y sin ideas. Ni así la pude atrapar. Se colocó abajo de mi, infraterrenal, metafísica, consoladora. Finalmente la sangre fue tomando forma: nocturna, rojiza. Mi sangre le daba vida.
Lo sabía-dije con emoción. Mi sombra era un ser independiente. Me dejó desangrándome, tomó mis líquidos sorbo a sorbo, parecía que tomaba vino tinto mientras su silueta se separaba del pavimento.
Volvió el payaso. Había olvidado el thiner. Nos vió o la vió. Quizá yo era ya la sombra. Y la apuñaló.
jueves, 20 de mayo de 2010
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