miércoles, 2 de junio de 2010

No te vi.

Creo en Dios.
No creo en él.

Dice con angustia mientras deshoja un cuaderno. Voltea a un espejo resquebrajado: fractales infinitos de él. Cansado, se recuesta en la sábana manchada de miles de distintas sustancias. Si cierro los ojos nadie más existe, ni existirá, ni existió. Serán anécdotas nunca vistas o contadas.

Tengo miedo-pensó mientras se abarazaba a sí, al antes del hacer, a una eternidad prometida y a la nada pecadora. Su sombra colgaba ficticia, retadora, amoral. ¿Cómo es posible? preguntó mientras los pulmones se achicaban.

Que mi sombra, silueta hecha a medida de mi cuerpo, desprenda un sin valor mientras yo, colgado, represento todos los males y tormentos.

38 segundos. Silencio. La mirada se oscurece y desvanece. La cara encuentra su clímax y explota, roja color carmín. Sigue en el radio Epitaph de King Crimson. Siempre el Rey Carmesí.

42 segundos. Epitafio. Enfrentar la muerte sin sombra, que te ha abandonado. Te arrepientes pues tu propia sombra ha decidido mudar, cambiar, mutar. No quiso morir. No quiso sacrificarse en el altar junto contigo. Ahora es un objeto-porque tiene masa-, un fetiche, un producto.

51 segundos. Y otra vez suicidio de cisnes. La lírica de José Cruz se intensifica en su cabeza, a punto de ceder a la tensión de la cuerda y de la gravedad. Balbuceos y saliva con sangre. Ve mover su sombra, ya no en ese ir y venir rítmico, sino que se mueve para ser la sombra de aquél florero.

54 segundos. El último respiro. Soy un muerto sin sombra, piensa a la vez que todo su cuerpo se relaja y estalla en un último orgasmo.

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