lunes, 5 de marzo de 2012

Hace mucho perdió la capacidad de sorprenderse. Y allí va también su capacidad de enamorarse. Cada mujer nueva sólo era un medio para perpetuar su encono contra la soledad, las retenía y dramatizaba como si cada una de ellas fuera la mujer de su vida, las convertía-con palabras y con pequeñas escenas artificiales llenas de dramatismo- en el arquetipo del amor eterno. Nunca pudo comprender a las que sí le creían, hasta él sabía de la falsedad de su verborrea.

La última mujer con la que estuvo fue la más cercana a reventar su esfera de cinismo. Leía mucho y en sus palabras se podía entender un humor ácido. Todo en ella era grande: sus ojos, sus orejas, su boca. Un lunar marilinmonreano epitomizaba el erotismo en su rostro. Había mucho más en ella. Él era el otro. Esa figura histórica llena de caos, de patetismo y de resignación carnal. Nunca lo aceptó del todo. Su ego desmedido, tristemente voraz no se lo permitía.

Es la historia del Don Juan kiekergardiano, con un pequeño matiz que lo hace variar. En su pasado-esa horrible carga que todos llevamos- no había existido una mujer inalcanzable-ciertamente había muchas, ninguna con la capacidad real de marcarlo-, todo se resumía a pequeños destellos de tristeza, soledad y desesperación. Ése era su drama: saber que no existe la mujer que lo pudiera hacer perder. De allí que su discurso tendiera cada vez más a ser histriónico, teatral; a encontrar en la sugestión metódica de cada mujer, el drama que un verdadero amor. Era su forma de pelear el vacío de su cinismo sentimental.

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