Convengamos que el periodismo, como toda actividad humana, se ha degenerado. Ahora son sólo palabras hiladas por entes que no se sabe muy bien cómo son. Lo que alguna vez estuvo repleto de un heroísmo inherente, hoy sólo es una faramalla plagada de vicios y mentiras o medias verdades. Ya no existen los Mailler, Kapuscinsky, Sciacia, Blancornelas que glorifiquen el oficio del periodismo. Hoy tenemos autómatas que son devorados por la maquinaria o negocio de la información. Autómatas que como curiosidad poseen un afán insatisfecho de protagonismo. La paradoja de nuestro tiempo: más (información) es menos. Podría decirse que el periodismo se mantiene por su voluntariedad a seguir siendo juez y verdugo(el pecado original). Las aventuras periodísticas se resumen en la cobardía de las comodidades. Son la vanidad hecha carne-contrario a tiempos pasados donde eran verbo sin la mitificación de la carne-.
Él tenía dos años de haberse graduado de la universidad. Había cursado 4 años y medio la carrera de periodismo: la cima del aburguesamiento, los egresados-ahora licenciados- se sometían al engranaje totalitario, ese engranaje que Sciascia advertía como la vida muerta. Después de andar 6 meses dando coletazos de un portal a un periódico o a revistas cuyo fin era el vender publicidad a los políticos, encontró un mercado mayor: ser freelance. La decisión la tomó bajo la lógica del guardíán de esencias donde el periodismo todavía podía ser visto con un dejo romántico, encadenarlo bajo el manto universal del quijote. No le costó mayor trabajo empezar a conseguir colaboraciones en distintos medios-justo es decir que tenía una prosa al alcance de muy pocos de sus colegas y aparte tenía un componente crítico que desembocaba en una ironía sutil-. Como vivía solo, tenía toda la disponibilidad para poder viajar, hacer maratónicas esperas en eventos o salir de emergencia hacia cualquier accidente u homicidio que se presentase. Siempre cargado con una cámara-pese a que no compartía el gusto por la imagen- y un cuaderno (detestaba las grabadoras: creía que grabar la voz era una concesión a la memoria). Así llegó a ver muchos accidentes viales, peleas callejeras, homicidios...pero también empezó a notar los entrecijos de la corrupción y todos sus niveles. No sólo era el motivo y el pornográfico resultado de la violencia y el azar, sino lo que más lo hastiaba era lo vulgar de la corruptela social. Un año y medio pasó desde que empezó de lleno a ser freelance.
Los viajes, las noches en vela donde se hacía presente la puesta en escena de su memoria, el lento alejamiento con la realidad...todo esto potenciaba el residuo de solipsismo (a que para ser justos y según Freud, es una etapa por la que todos pasamos) y así su conducta parecía marcada por una profunda indiferencia a todo lo que le rodeaba. Fumaba para desestresarse, uno tras otro como si quisiera equiparar el número de habitantes con el de colillas. De vez en cuando, llevaba una botella de tequila barato, de esos que venden en cualquier tienda de autoservicio: Vivavilla, Tepanatlán, nombres de marcas que en su intento de exaltar su mexicanidad sólo incendiaban los corazones revolucionarios que yacían en tumbas anónimas.
En todo el tiempo de trabajo pocas veces cruzó palabra con algún colega-odiaba esa palabra-, se ganó la reputación del "raro", había rumores de su misantropía (algo falso pues como ya he dicho, era más susceptible al solipsismo, que si bien en la realidad tiene resultados similares al ser misántropo, la premisa es diametralmente opuesta) y de su amargura mitológica.
Como tenía su propio horario, generalmente desayunaba y comía fuera de su casa (si conocieran su casa justificarían este despilfarro), en restaurantes decadentes donde aún había servicio de comida corrida. Dependiendo de qué restaurante (4 diferentes que los turnaba de forma arbitraria para evadir el mote de "cliente distinguido" y ahorrarse las pláticas de cortesía común que los encargados pudieran buscar) a él se le ocurría que en esos lugares podía ocurrir cualquier cosa fuera de la lógica (o al menos de su lógica). Eso, por momentos le aterraba y si se encontraba en uno de sus ataques de ansiedad le producía un largo escalofrío que parecía detener el tiempo o, al menos ir en cámara lenta. Pero como dice aquella cita (que él no recuerda de quién era y yo mucho menos): "lo esperado es lo extraordinario". Así que pagaba la cuenta sin dejar una mísera propina y salía del local cuando sentía que ninguna mirada lo enclaustrara aunque fuese por accidente.
Si no había trabajo vagaba libre (es un decir) por el centro de la ciudad. La verdad era un animal de rutinas en su tiempo libre pese a sus prejuicios intelectualoides, se había creado un mapa de actividades en el ocio que difícilmente variaba: iba a las dos librerías que estaban en el centro, hojeaba libros que le podían interesar (como en las librerías había poca variedad y rara vez introducían nuevos títulos, leía bloques de algún libro y dejaba un pequeño pedazo de papel en la página donde se había quedado para en posteriores visitas retomar la lectura) y salía sin siquiera preguntar precios. Después iba a sentarse en el parque central y veía ocurrir la vida de los demás. Eso le daba cierto remordimiento y cierto placer: las sonrisas lo descentraban y se preguntaba cómo es que alguien podía sonreír viviendo en una ciudad así. El placer venía de las mujeres de buen cuerpo que pasaban. Así, confluía en él cierta conciencia de la trascendencia con la frivolidad del apetito sexual. Sus cavilaciones, sin embargo, siempre terminaban en dos temas: la existencia de dios y el misticismo del sexo.
Disponía pues de la eternidad de la soledad para concentrarse en sí mismo, crear universos alternos y ponerse en el epicentro de distintos escenarios ficticios. La ficción era su pasatiempo favorito y generalmente optaba por la mimetización de pasajes literarios (Auster, Conolly, Hammett, Roth, Fadanelli) donde la mujer tomaba un papel preponderante-si bien aparecía como un accidente casi secundario-. Con esto no quiero decir que escribiera: narrar estos páramos le era contra natura, antagónico a la noción borgiana de que escribirlo lo llevaría a cumplirlo-aunque matizando: el camino sería laberíntico, tortuoso y con la ironía de la vida bien marcada-. Escribir le parecía el colmo de la inutilidad, la cima donde el humano alcanza su sinsentido existencial. Se limitaba a escribir los productos informativos, registrando su estilo íntimo pero siempre viéndolo como un oficio. Su prejuicio del periodismo estaba visto desde la perspectiva obrera: la utilidad social.
Su vida discurría en un estado de quietud que parecía inalterable y eso le obsesionaba. Había crecido con el cuento hollywoodense de que la vida del ser humano podía ser indescriptible, de que la eventualidad llegaba como un perro rabioso y uno tenía que correr, tratar de escapar; algo que finalmente jamás sucedía porque el perro era un mutante-recordemos lo de hollywood- que siempre lo alcanzaba. Pero era la adrenalina de esa carrera por la supervivencia la que dotaba a la vida de ese misterio que supone vivir.
Patrañas.
Ese perro rabioso llegó sobre su madre. La mató de cáncer y el ejercicio de adrenalina que tantas veces había imaginado cedió para convertirse en la trágica pasividad del hombre que no encuentra su lugar en el mundo. Su madre apenas aguantó la enfermedad, sufrió muchísimo y su cuerpo mancillado tras dos meses de convalecencia, marchitó en un instante. Su muerte había tenido cierta belleza, esa belleza que sólo se encuentra en el silencio de un suspiro; el final. Pero a él le pareció una muerte odiosa. Todos tenemos la certeza de siempre estar bien y de que el resto de la humanidad está equivocado. Él esperaba que la muerte de su madre se diera con la teatralidad de un espectáculo, que las lágrimas fueran universales, los novenarios multitudinarios...que la existencia misma se detuviera y que bajara algo o alguien para cumplir un Deus Ex-machina y volver a tener a su madre entre sus brazos. Pero la vida concede pocos misterios y lo que es, ocurre y no hay vuelta atrás. Tras una fase de negación que se extendió más del periodo normal, el ahora periodista-en ese tiempo estudiante- fue dejando que el pasado inundara su presente.
Pero eso poco importa. El pasado siempre está con cada individuo, es el verdadero asesino de la historia, el pasado omnipresente, el horrible dios que permanece escondido y que salta a la menor provocación. ¿Se puede adorar y profesarle un amor incondicional a la ambigüedad del pasado? ¿Qué pasa si la nostalgia es la liturgia con la cual se ofrenda? ¿ los recuerdos que se agolpan en nuestra mente son las confesiones que hacemos ante un cura anónimo que nos juzga con la implacable paciencia del pastor religioso? Poco importa.
Ser freelance era su respuesta-algo sarcástica- de sacudirse la idea de quietud. Viajar, beber, fumar, suicidarse una y otra vez en su casa rentada. Todo eso era su actitud reaccionaria ante dios(o la ausecia de éste).
jueves, 23 de agosto de 2012
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