Se me acaban las historias. Medito: no hay nada, un silencio sepulcral lo inunda todo. No hay manera de que venga algo. Creo que conocí a Satiago Riba, iba con destino-por fin- a Nueva York. A ser feliz, dijo. A quedarse en el centro del mundo, el ecuador de esto que llamamos vida. Supongo que él sabía que decía idioteces, esas mentiras que nos corroen y de tanto repetirlas las hacemos el motivo por el cual levantarnos día a día. Le dije que no sería feliz allá. Era mi pesimismo algo atronador, fuera de lo común (tengo la manía de ser políticamente correcto o sin eufemismos: darle el avión a todo aquel que me habla). Se había divorciado de Celia, lo cansaba su multiculturalismo, su anchura de miras. Celia, de 60 años recién cumplidos, se había pasado al budismo y ahora repetía una especie de aforismos que no eran budistas sino más rollo new age, pero ella no lo sabía. Cuando los decía y todos se quedaban mudos, impotentes sobre qué contestar, ella sacaba más el pecho (dos senos marchitos que según Riba habían servido "pa'maldita la cosa"), orgullosa y fiel a su nueva fe.
Santiago, de 62 años y visiblemente carcomido no estaba muy cuerdo. Su viaje a Dublín a brindar por el fin de la era galáctica de Gutemberg había causado mella en sus pensamientos. Vivía constantemente el 16 de junio (y tan siquiera fuera alguna construcción metafórica), en el bloomsday y como aprendiz efímero de inglés que era hacía el fácil juego de palabras: Doomsday. El mundo, según su segunda epifanía (la primera fue decidir viajar a Dublín) se acabaría el 16 de junio, cuando las Molly Bloom del mundo tuvieran el orgasmo simúltaneo.
Soy un tanto misógino, me confesó cuando hacían el primer llamado a abordar con destino a Nueva York y escala en Chicago. Lo dijo con la secreta complacencia que da decir un secreto que te despoja de tu condición humanista. No leo a ninguna mujer. La última fue Margueritte y eso porque tenía rasgos más viriles que yo. Es la única excpeción que me hago de una fecha para acá (la fecha, cómo no, era el 16 de junio).
Lo vi acomodarse la gabardina y enderezarse el sombrero. Pensé que se despediría y que por fin yo podría volver a mi lectura-Los bárbaros de Baricco-. Pero Riba tenía otra idea en mente. Vámonos, me dijo. Acompáñame al centro del mundo a brindar por el fin de la era galáctica de la humanidad. Tengo una teoría-aunque toda su vida había desechado cualquier esbozo de éstas que se le ocurriera-: como Nueva York(creo que dijo New York) es el centro del universo, será el último lugar que desaparezca. Podrás ver todo el espectáculo y decidir qué hacer cuando todo se cierne sobre los rascacielos donde estaremos. Brindaremos.
Lo vi perderse entre una multitud.
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