Hay
que saber mentir aunque sea para divertirnos. Mentir es lo que nos hace
ser completamente humanos, la que brinda una diversión subversiva cuando
se convierte en ficción. Al menos esa ha sido mi justificación cuando
miento: el amor a lo lúdico.
Así, el sábado tenía que recoger a
mi tía favorita en el aeropuerto y tuve que hacer uso de mis escasos
dotes interpretativos para no llegar (tan) tarde.
Mi tía llegaba a las 7 y por alguna razón salí con cierto retraso, así
que cuando la policía me detuvo bajando por el puente del Búlevar
Encinas por exceso de velocidad, no tuve otro remedio que mentir.
Y la espera después de que te detienen: pensar en mil y un formas de
escapar, desde la revitalizante-y por ello inviable- opción de arrancar
el coche cuando los policías ya se han bajado de su automóvil, lo que te
daría 15 segundos de ventaja; hasta fingir una inocencia radical, casi
estúpida, para generarles condescendencia y que la infracción la
suavicen hasta convertirse en una amonestación paternal. En medio de ese
espectro de oportunidades está la ficción: hacer un relato
hiperbolizado de un suceso universal.
Cuando vi que se bajaron
ambos policías y que uno de ellos era mujer, decidí apelar a la ternura
femenina (volado, tratándose de una mujer burocratizada por las fuerzas
de seguridad) y recurrir al cliché institucional creado por Hollywood:
La búsqueda del amor en el aeropuerto. El frenético infierno de conducir
a toda velocidad para llegar unos minutos antes de que el-supuesto-
amor de tu vida se vaya a otra ciudad para siempre.
Había una
condición más que le añadía un sentido de urgencia a mi interpretación:
mi licencia está vencida. Para cuando llegaran a mi auto, yo ya tenía
que presentar un rostro angustiado en el precipicio de la desesperación
para evitar que iniciaran con el ritual del odioso papeleo.
Antes de que aparecieran en mi ventana, el rictus de mi rostro ya era
palpable y antes de que empezaran a hablar, mi voz ya resonaba y repetía
las palabras que mi cerebro inventaba. Free jazz: una interpretación
caótica, desordenada y sin principio ni final. Un tartamudeo lo inundaba
todo y mi historia parecía el inventario de clichés amorosos (resaca
del 14 de febrero):
“Perdónenme, oficiales, pero deben dejarme
ir. El amor de mi vida está en el aeropuerto a punto de partir hacia la
Ciudad de México y de allí a Madrid a una maestría de Investigación de
Mercados (...) Me siento tan estúpido diciéndoles todo esto, sé que
suena a una historia que uno ve en las películas que pasan en Canal 5
pero debe creerme. Ayer estuve todo el día con ella y ahora, al
despertar juntos, me sentía feliz, completo, como si la vida de pronto
tuviera sentido. La amo, la amo y me equivoqué. Soy un imbécil”.
El ritmo y la consonancia de las palabras eran ya una sucesión de
sonidos guturales, apenas descifradas por la pareja de autoridad que
estaban atónitos con el relato. Yo sudaba-mi cuerpo es así- y parecía
contener el llanto, por algún instante yo mismo me creí lo que estaba
diciendo.
“En la mañana ella me dijo que si yo le decía que la
amaba, ella haría lo posible para que estuviéramos juntos pero yo soy un
cobarde, me quedé petrificado, anclado en la cama con mis ojos
desorbitados, pensando que ella se iría miles de kilómetros. Entiéndame
¿cómo se mantiene un amor que está separado por un puto oceáno? Ella me
miraba con desilusión y se fue. Hace una hora me mandó un whatssup
(estúpidamente mostré mi celular que tiene más de 5 años y que, de forma
evidente, no tiene para eso) que me decía que me amaba y que sentía
mucho que yo no haya sido capaz de pronunciar esas dos palabras. Y
ahora, una vez que me ha caído el veinte, estoy desolado, necesito
verla, aunque sea para decirle que la amo, que siempre la he amado. Que
me perdone, incluso si ya no sirve de nada”.
La mujer parecía
conmovida, el hombre, estereotipo del policía mexicano; gordo y con
bigote de cine de ficheras, apenas me escuchaba.
La policía me
dijo: “Ve, muchacho, haz lo que tengas que hacer” y me agarró el hombro.
Cuando prendí el carro, oí como le dijo a su compañero: “ Deberías
aprenderle algo”.
Y llegué apenas con 10 minutos de retraso al aeropuerto.
lunes, 24 de febrero de 2014
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