lunes, 24 de febrero de 2014

Un cliché, una mentira

Hay que saber mentir aunque sea para divertirnos. Mentir es lo que nos hace ser completamente humanos, la que brinda una diversión subversiva cuando se convierte en ficción. Al menos esa ha sido mi justificación cuando miento: el amor a lo lúdico.

Así, el sábado tenía que recoger a mi tía favorita en el aeropuerto y tuve que hacer uso de mis escasos dotes interpretativos para no llegar (tan) tarde. Mi tía llegaba a las 7 y por alguna razón salí con cierto retraso, así que cuando la policía me detuvo bajando por el puente del Búlevar Encinas por exceso de velocidad, no tuve otro remedio que mentir.

Y la espera después de que te detienen: pensar en mil y un formas de escapar, desde la revitalizante-y por ello inviable- opción de arrancar el coche cuando los policías ya se han bajado de su automóvil, lo que te daría 15 segundos de ventaja; hasta fingir una inocencia radical, casi estúpida, para generarles condescendencia y que la infracción la suavicen hasta convertirse en una amonestación paternal. En medio de ese espectro de oportunidades está la ficción: hacer un relato hiperbolizado de un suceso universal.

Cuando vi que se bajaron ambos policías y que uno de ellos era mujer, decidí apelar a la ternura femenina (volado, tratándose de una mujer burocratizada por las fuerzas de seguridad) y recurrir al cliché institucional creado por Hollywood: La búsqueda del amor en el aeropuerto. El frenético infierno de conducir a toda velocidad para llegar unos minutos antes de que el-supuesto- amor de tu vida se vaya a otra ciudad para siempre.

Había una condición más que le añadía un sentido de urgencia a mi interpretación: mi licencia está vencida. Para cuando llegaran a mi auto, yo ya tenía que presentar un rostro angustiado en el precipicio de la desesperación para evitar que iniciaran con el ritual del odioso papeleo.

Antes de que aparecieran en mi ventana, el rictus de mi rostro ya era palpable y antes de que empezaran a hablar, mi voz ya resonaba y repetía las palabras que mi cerebro inventaba. Free jazz: una interpretación caótica, desordenada y sin principio ni final. Un tartamudeo lo inundaba todo y mi historia parecía el inventario de clichés amorosos (resaca del 14 de febrero):

“Perdónenme, oficiales, pero deben dejarme ir. El amor de mi vida está en el aeropuerto a punto de partir hacia la Ciudad de México y de allí a Madrid a una maestría de Investigación de Mercados (...) Me siento tan estúpido diciéndoles todo esto, sé que suena a una historia que uno ve en las películas que pasan en Canal 5 pero debe creerme. Ayer estuve todo el día con ella y ahora, al despertar juntos, me sentía feliz, completo, como si la vida de pronto tuviera sentido. La amo, la amo y me equivoqué. Soy un imbécil”.

El ritmo y la consonancia de las palabras eran ya una sucesión de sonidos guturales, apenas descifradas por la pareja de autoridad que estaban atónitos con el relato. Yo sudaba-mi cuerpo es así- y parecía contener el llanto, por algún instante yo mismo me creí lo que estaba diciendo.

“En la mañana ella me dijo que si yo le decía que la amaba, ella haría lo posible para que estuviéramos juntos pero yo soy un cobarde, me quedé petrificado, anclado en la cama con mis ojos desorbitados, pensando que ella se iría miles de kilómetros. Entiéndame ¿cómo se mantiene un amor que está separado por un puto oceáno? Ella me miraba con desilusión y se fue. Hace una hora me mandó un whatssup (estúpidamente mostré mi celular que tiene más de 5 años y que, de forma evidente, no tiene para eso) que me decía que me amaba y que sentía mucho que yo no haya sido capaz de pronunciar esas dos palabras. Y ahora, una vez que me ha caído el veinte, estoy desolado, necesito verla, aunque sea para decirle que la amo, que siempre la he amado. Que me perdone, incluso si ya no sirve de nada”.

La mujer parecía conmovida, el hombre, estereotipo del policía mexicano; gordo y con bigote de cine de ficheras, apenas me escuchaba.

La policía me dijo: “Ve, muchacho, haz lo que tengas que hacer” y me agarró el hombro. Cuando prendí el carro, oí como le dijo a su compañero: “ Deberías aprenderle algo”.

Y llegué apenas con 10 minutos de retraso al aeropuerto.

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