Por
costumbre escucha la radio todas las mañanas, lee el periódico a
mediodía y ve la televisión en la noche. No mucho tiempo, 30 minutos-20
minutos-45 minutos. En total 95 minutos gastado de las 24 horas al día
de las que todos disponemos.
Aburrido y hasta cierto punto
motivado por la envidia, va a la papelería a comprar cartulinas, hojas
blancas, sobres, plumas de punta fina y marcadores
para rotular su mensaje. ¿Por qué lo va a hacer? Se justifica pensando
que tiene algo de poético y que su mensaje tocará las entrañas de los
destinatarios y que al menos, reducirán su nivel de imbecilidad.
En total serán 5 personas a quien les mandará carta y cartel. Dos
periodistas (uno de radio-uno de televisión), un escritor que tiene su
columna en uno de los periódicos, un achichincle de un político
famosillo y la quinta persona es él.
Decidió incluirse en la
infausta lista como un mecanismo para no tomar el papel de juez y parte y
tener cierta autoridad moral a la hora de enfrentar las consecuencias
de sus diatribas. Trabajó toda la noche redactando cada una de las
cartas y cada uno de los anuncios, así como la forma más devastadora
para hacérselos llegar.
Maldita conciencia. Sólo sabe que su
'paquete', es decir, el que se ha dirigido a sí mismo, es el único que
tiene garantizado su efecto. Los otros cuatro podrán ser ignorados,
obviados y quizás en el mejor de los casos, traerán una leve reflexión.
No más. Pero lo tiene que hacer, aunque sea para advertirles que su
auditorio no es el vacío, que la desestimación que hacen de ellos-masa
receptora- no son un ejército de zombies-aunque a veces lo parezca-.
Hay que quitar del imaginario colectivo la idea que se tiene de quien
escuha/ve/lee ocupa como razonamiento supremo: “Es verdad porque lo
dijeron en la radio/tele/periódico”.
Cierto que su intensión
no es humillar sino una invitación-un tanto hosca- a que tomen un examen
de conciencia y vean que lo que están haciendo es un ejercicio lleno de
trampas, matando ideologías, esperanzas y en suma, una tarea que está
alejada de educar a la sociedad (una artimaña maximalista).
Antes de
empezar tiene que preguntarse quién es él para asumir rol de verdugo, o
el porqué apoderarse de un papel de crítico y actuar en consecuencia.
¿Es suficiente el haberse incluido en la lista? ¿o es una cobardía
odiosa?
Da igual, lo tiene que hacer. Escribe con el marcador en cada cartulina: I-M-B-É-C-I-L y abajo el nombre del destinatario.
El locutor de radio fue seleccionado por su prepotencia y por el exceso
que su ego parece haberse tomado como licencia para hacer lo que
quiera. Autonombrado como el mayor disidente del paisaje mediático, el
locutor ha pecado (ay, esa pontificación, ese complejo de justicia
inventada) de hipocrecía, de darse baños de pueblo, de confesar en la
intimidad posturas progresistas para luego callar lo que a las élites no
les conviene. Es un periodista tramposo. Un perro de caza domesticado
para atacar a quien tiene una luz de peligro puesta por los grandes
oligarcas y que como premio por esta supuesta valentía, le permiten
criticar pequeños grandes temas.
El de la televisión no es
mejor-aunque tampoco se puede decir que peor-: es un faldero que ni
siquiera sale a investigar. Llega al estudio a las 4 de la tarde donde
ya le tienen preparada qué es lo que va a decir: Una lista de notas
informativas que han hecho el resto de los reporteros-con quien no tiene
contacto pero forman parte de la omnívora cadena de la información
desinformada-. A las 8 de la noche empieza el ritual del maquillaje:
polvos para tapar las arrugas que empiezan a asomar, sombra en los ojos
para disimular la borrachera de la noche anterior-con el jefe de
información del alcalde-, una camisa Armani y una corbata impecablemente
limpia y que-sorpresa- combina. Se pone el teleprompter y jerarquizan
la información (cero información de los yaquis, ¿lo de Michoacán? Una
hipérbole, eso sí, como nota principal el premio que ha ganado la ciudad
como la que mejores puentes tiene y las bondades económicos que traerán
seguido de una monotemática nota roja que deja de lado como fenómeno de
violencia viral, para sólo señalar el morbo, pan de su público).
El escritor va por los mismos derroteros, su última columna fue acerca
de la ilegalidad de todos los movimientos sociales, que él señala con
ese sospechosismo-deporte nacional: ¿Quién está detrás de ellos?- tan
mexicano de igualar a los que responden la ofensa con quien la empieza.
Aparte de eso, el escritor-un bohemio estereotipado- es uno de los
fundadores de un movimiento literario que aboga por el snobismo. Así,
sus columnas aparte de que retóricamente son insoportables, su estilo lo
es aún más.
Y finalmente, el diablo. El achichincle del
importante político. Un hombre maquiavélico por estúpido que parezca. Un
imbécil sin igual. Aquel que falsea, que miente, que lleva a su jefe(o
boss, como él le dice) a las cotas más altas del pastelero
exhibicionismo. Fotos, fotos, videos, publireportajes a color (100 mil
pesos de costo) sobre la filantrópica labor del político importante. El
diablo. La sublimación de lo gandalla, lo escondido, lo secreto y lo
hipócrita. La muerte en grande, las moribundas ideologías que dan paso
al mundo de la imagen. El falseamiento sagaz, sin tiempo a sutilidades.
La campaña en fragmentos, las cenas con periodistas, las comidas de 20
minutos con la gente (eufemismo) y los puros y las risas enlatadas y
sonrisas maquinales. “Haz esto, haz lo otro. Sonríe. Saluda. Di esto”.
Titiritero bastardo, poder adjudicado.
Y finalmente él. Pero él se tatúa la palabra imbécil. Porque en realidad también lo es
lunes, 24 de febrero de 2014
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