lunes, 24 de febrero de 2014

Imbécil

Por costumbre escucha la radio todas las mañanas, lee el periódico a mediodía y ve la televisión en la noche. No mucho tiempo, 30 minutos-20 minutos-45 minutos. En total 95 minutos gastado de las 24 horas al día de las que todos disponemos.

Aburrido y hasta cierto punto motivado por la envidia, va a la papelería a comprar cartulinas, hojas blancas, sobres, plumas de punta fina y marcadores para rotular su mensaje. ¿Por qué lo va a hacer? Se justifica pensando que tiene algo de poético y que su mensaje tocará las entrañas de los destinatarios y que al menos, reducirán su nivel de imbecilidad.

En total serán 5 personas a quien les mandará carta y cartel. Dos periodistas (uno de radio-uno de televisión), un escritor que tiene su columna en uno de los periódicos, un achichincle de un político famosillo y la quinta persona es él.

Decidió incluirse en la infausta lista como un mecanismo para no tomar el papel de juez y parte y tener cierta autoridad moral a la hora de enfrentar las consecuencias de sus diatribas. Trabajó toda la noche redactando cada una de las cartas y cada uno de los anuncios, así como la forma más devastadora para hacérselos llegar.

Maldita conciencia. Sólo sabe que su 'paquete', es decir, el que se ha dirigido a sí mismo, es el único que tiene garantizado su efecto. Los otros cuatro podrán ser ignorados, obviados y quizás en el mejor de los casos, traerán una leve reflexión. No más. Pero lo tiene que hacer, aunque sea para advertirles que su auditorio no es el vacío, que la desestimación que hacen de ellos-masa receptora- no son un ejército de zombies-aunque a veces lo parezca-.

Hay que quitar del imaginario colectivo la idea que se tiene de quien escuha/ve/lee ocupa como razonamiento supremo: “Es verdad porque lo dijeron en la radio/tele/periódico”.

Cierto que su intensión no es humillar sino una invitación-un tanto hosca- a que tomen un examen de conciencia y vean que lo que están haciendo es un ejercicio lleno de trampas, matando ideologías, esperanzas y en suma, una tarea que está alejada de educar a la sociedad (una artimaña maximalista).
Antes de empezar tiene que preguntarse quién es él para asumir rol de verdugo, o el porqué apoderarse de un papel de crítico y actuar en consecuencia. ¿Es suficiente el haberse incluido en la lista? ¿o es una cobardía odiosa?

Da igual, lo tiene que hacer. Escribe con el marcador en cada cartulina: I-M-B-É-C-I-L y abajo el nombre del destinatario.

El locutor de radio fue seleccionado por su prepotencia y por el exceso que su ego parece haberse tomado como licencia para hacer lo que quiera. Autonombrado como el mayor disidente del paisaje mediático, el locutor ha pecado (ay, esa pontificación, ese complejo de justicia inventada) de hipocrecía, de darse baños de pueblo, de confesar en la intimidad posturas progresistas para luego callar lo que a las élites no les conviene. Es un periodista tramposo. Un perro de caza domesticado para atacar a quien tiene una luz de peligro puesta por los grandes oligarcas y que como premio por esta supuesta valentía, le permiten criticar pequeños grandes temas.

El de la televisión no es mejor-aunque tampoco se puede decir que peor-: es un faldero que ni siquiera sale a investigar. Llega al estudio a las 4 de la tarde donde ya le tienen preparada qué es lo que va a decir: Una lista de notas informativas que han hecho el resto de los reporteros-con quien no tiene contacto pero forman parte de la omnívora cadena de la información desinformada-. A las 8 de la noche empieza el ritual del maquillaje: polvos para tapar las arrugas que empiezan a asomar, sombra en los ojos para disimular la borrachera de la noche anterior-con el jefe de información del alcalde-, una camisa Armani y una corbata impecablemente limpia y que-sorpresa- combina. Se pone el teleprompter y jerarquizan la información (cero información de los yaquis, ¿lo de Michoacán? Una hipérbole, eso sí, como nota principal el premio que ha ganado la ciudad como la que mejores puentes tiene y las bondades económicos que traerán seguido de una monotemática nota roja que deja de lado como fenómeno de violencia viral, para sólo señalar el morbo, pan de su público).

El escritor va por los mismos derroteros, su última columna fue acerca de la ilegalidad de todos los movimientos sociales, que él señala con ese sospechosismo-deporte nacional: ¿Quién está detrás de ellos?- tan mexicano de igualar a los que responden la ofensa con quien la empieza. Aparte de eso, el escritor-un bohemio estereotipado- es uno de los fundadores de un movimiento literario que aboga por el snobismo. Así, sus columnas aparte de que retóricamente son insoportables, su estilo lo es aún más.

Y finalmente, el diablo. El achichincle del importante político. Un hombre maquiavélico por estúpido que parezca. Un imbécil sin igual. Aquel que falsea, que miente, que lleva a su jefe(o boss, como él le dice) a las cotas más altas del pastelero exhibicionismo. Fotos, fotos, videos, publireportajes a color (100 mil pesos de costo) sobre la filantrópica labor del político importante. El diablo. La sublimación de lo gandalla, lo escondido, lo secreto y lo hipócrita. La muerte en grande, las moribundas ideologías que dan paso al mundo de la imagen. El falseamiento sagaz, sin tiempo a sutilidades. La campaña en fragmentos, las cenas con periodistas, las comidas de 20 minutos con la gente (eufemismo) y los puros y las risas enlatadas y sonrisas maquinales. “Haz esto, haz lo otro. Sonríe. Saluda. Di esto”. Titiritero bastardo, poder adjudicado.

Y finalmente él. Pero él se tatúa la palabra imbécil. Porque en realidad también lo es

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