lunes, 24 de febrero de 2014

París

París

Uno de los efectos secundarios más absurdos del enamoramiento es la ilusión de ir a pasar unos días a París, esa eterna ciudad del amor sin estaciones, construida para amantes pasajeros que semanas después ya no se soportan por el horrible ritual de la rutina del día a día. Ir a París. Así de homogenizados estamos todos, abducidos por la estupidez absoluta y la mentira mejor contada: Encontrar a la persona que te complementa.

París. Pasear tomados de la mano por los Campos Eliseos, tomarse un sinfin de fotos en la Torre Eiffel, entrar al Louvre aparentando saber de arte dándole concesión a tu estúpido ego hablando acerca del post-impresionismo y de los cánones estéticos teorizados por los griegos y rotos por la evolución humana mientras esperas en la kilométrica fila sólo para ver a la Mona Lisa.

París, la ciudad de los amantes desolados que buscan acostarse con la persona que 8 mil kilómetros antes te parecía una odisea y ahora, 8 mil kilómetros después, adquiere un matiz de alguna Odalisca, quizás pintada por Matisse: ligeramente robusta, serena y llena de vida, que te acompaña en una ciudad que, pasado el encanto, te deprime.

Pero tu vida es aún más absurda y por eso tu París es una calle adoquinada en Coyoacán, en la Ciudad de México, y tu odalisca es un mujer rarísima que colinda, de forma eterna, con el paroxismo de la vanidad y el engaño como atractivo.

El enamoramiento.-que no amor- comenzó una noche de alcoholismo. Estaban en un bar y el coqueteo intrínseco de esos lugares era tan efímero como lo es el resto de los enamoramientos. Recuerda esa noche con una sonrisa. Ella llevaba un vestido amarillo que caía hasta sus rodillas-algo chuecas- e iba y venía por su mesa. Pasaba ella, tomaba él. Y el bar y la noche como telones de fondo.

Hacía el filo de la madrugada estuvieron juntos, alargando las conversaciones hasta el alba, no queriendo despedirse. Amor, desamor, literatura, el cruel tormento de las palabras que no significan nada pero dichas con una sola intensión: Encamarse para ver si la soledad, ese monstruo que ataca en el insomnio, desaparece tan sólo un instante, el que dura el hecho.

Pero no. Se despiden. ¿Podrá ser que las palabras hayan significado algo más? ¿ que aplazar el carnaval de lo carnal, el placer efímero y que en última instancia te hace odiarte más pueda ser una panacea emocional? ¿vale la pena intentarlo?

Es lo que pasa cuando dos mitómanos se encuentran y se relatan pensamientos y sentimientos inventados. Como paradoja, las mentiras que se cuentan el uno al otro, adquieren una veracidad y una certificación de auténtico que resopla vida misma. Realidad.

Se ven, se enamoran-engaños mediante- y no hay día en el que no se vean. Largos monólogos que se hacen con la complacencia del cigarros, del café, del alcohol y sobre todo, del acuerdo tácito del enamoramiento. Engañar al otro para que te engañe a ti. Un horrible laberinto.

Y el final es el que todos conocemos: el aburrimiento de eso. Porque aunque la ilusión permanece fundada en la mentira, el final es el mismo para todos: No hay herramienta amatoria que valga: Todo mundo se aburre y el enamoramiento se cansa, se agota y un día, todo se extingue.

Ella lo engaña con otro. Sexo. Ella sale de ese pequeño juego para adquirir algo real, con tantos como se le antoje. ¿Él? Una simple simulación de algo real, una figura famélica que ella ya no está dispuesta a aceptar, ni aunque le sirva como alimento a sus triquiñuelas.

Su despedida fue: “Alguna vez estaremos a París”. Otra promesa hecha desde las entrañas de la ilusión. Las palabras sin consecuencias que tienden a ser meros juegos.

Así se dejan de ver. Con la temeraria esperanza de la ciudad eterna.

II

La mejor definición de lo que es la vida la da el erudito Sebastian Alberoni en su ensayo “La noche de los mártires”, escrito en 1997 en su natal Rímini cuando, envilecido por la proximidad de su muerte, relata en su última hoja que todo lo que ha vivido es sólo un reflejo construido por miles de espejos, cada cual más distorsionado que el anterior y que como tal, no se lleva nada de él al otro mundo.

La vida como una casa de los espejos siniestra que nos refleja infinitamente y no sólo a nosotros sino todo lo que creemos que nos pertenece.

Así que la promesa de estar juntos en París se cumple, no con la exactitud y ni siquiera la prontitud sino que se fue marinando en el tiempo, en la historia que tendría que tener una conclusión mucho más poética que la simple voluntad del dejarse de ver, dejarse de buscar abandonando las mitomanías correosas que los encarcelan a la vez que los liberan.

París. Sinónimo de conclusión para ellos. Es en el DF. Ella se fue a vivir allá y él fue de vacaciones. Ninguna notificación, ningún amago de comunicar que coincidían en el tiempo y espacio. Pero se encontraron...puta vida y sus espejos distorsionados.

Y cuando se encontraron ella lo invita a su casa. Vivo en París, subraya de forma lacónica, con su voz contenida por la diversión de la coincidencia.

Él aceptará ir a su departamento. Lo hará sólo por el morbo que supone estar en París con ella. No iba a ser muy diferente de lo que tenía que ocurrir en la ciudad de los amantes desviados. Consumar y consumirse a sí mismos. Poco más.

¿Enamoramiento?

Para nada. Subirá a ese departamento-casi-ático que está adornado con pinturas de Matisse y se despojará de su identidad para dejar de mentir y que ella haga lo mismo, que sólo sea un deporte vacío, sin interés alguno donde el discurso de despedida ser la contracción de los músculos y la teoría de que sólo somos carne en su inexorable proceso de perdición. ¿Amor?

Pero ocurre lo impensable: la renuncia al final, el síndrome de no concluir lo que tiene que tener un último capítulo. La cobardía pervertida y mutada en decencia. Se niega pese a que ella insiste-. Sutilmente- en que vayan a París.

Un taxi. Lléveme a donde sea menos a París. Y el final abierto, como insistía H. Bloom cuando no se tiene talento.

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