París
Uno de los efectos secundarios más absurdos del enamoramiento es la
ilusión de ir a pasar unos días a París, esa eterna ciudad del amor sin
estaciones, construida para amantes pasajeros que semanas después ya no
se soportan por el horrible ritual de la rutina del día a día. Ir a
París. Así de homogenizados estamos todos, abducidos por la estupidez
absoluta y la mentira mejor contada: Encontrar a la persona que te complementa.
París. Pasear tomados de la mano por los Campos Eliseos, tomarse un
sinfin de fotos en la Torre Eiffel, entrar al Louvre aparentando saber
de arte dándole concesión a tu estúpido ego hablando acerca del
post-impresionismo y de los cánones estéticos teorizados por los griegos
y rotos por la evolución humana mientras esperas en la kilométrica fila
sólo para ver a la Mona Lisa.
París, la ciudad de los amantes
desolados que buscan acostarse con la persona que 8 mil kilómetros
antes te parecía una odisea y ahora, 8 mil kilómetros después, adquiere
un matiz de alguna Odalisca, quizás pintada por Matisse: ligeramente
robusta, serena y llena de vida, que te acompaña en una ciudad que,
pasado el encanto, te deprime.
Pero tu vida es aún más absurda y
por eso tu París es una calle adoquinada en Coyoacán, en la Ciudad de
México, y tu odalisca es un mujer rarísima que colinda, de forma eterna,
con el paroxismo de la vanidad y el engaño como atractivo.
El
enamoramiento.-que no amor- comenzó una noche de alcoholismo. Estaban en
un bar y el coqueteo intrínseco de esos lugares era tan efímero como lo
es el resto de los enamoramientos. Recuerda esa noche con una sonrisa.
Ella llevaba un vestido amarillo que caía hasta sus rodillas-algo
chuecas- e iba y venía por su mesa. Pasaba ella, tomaba él. Y el bar y
la noche como telones de fondo.
Hacía el filo de la madrugada
estuvieron juntos, alargando las conversaciones hasta el alba, no
queriendo despedirse. Amor, desamor, literatura, el cruel tormento de
las palabras que no significan nada pero dichas con una sola intensión:
Encamarse para ver si la soledad, ese monstruo que ataca en el insomnio,
desaparece tan sólo un instante, el que dura el hecho.
Pero
no. Se despiden. ¿Podrá ser que las palabras hayan significado algo más?
¿ que aplazar el carnaval de lo carnal, el placer efímero y que en
última instancia te hace odiarte más pueda ser una panacea emocional?
¿vale la pena intentarlo?
Es lo que pasa cuando dos mitómanos
se encuentran y se relatan pensamientos y sentimientos inventados. Como
paradoja, las mentiras que se cuentan el uno al otro, adquieren una
veracidad y una certificación de auténtico que resopla vida misma.
Realidad.
Se ven, se enamoran-engaños mediante- y no hay día en
el que no se vean. Largos monólogos que se hacen con la complacencia
del cigarros, del café, del alcohol y sobre todo, del acuerdo tácito del
enamoramiento. Engañar al otro para que te engañe a ti. Un horrible
laberinto.
Y el final es el que todos conocemos: el
aburrimiento de eso. Porque aunque la ilusión permanece fundada en la
mentira, el final es el mismo para todos: No hay herramienta amatoria
que valga: Todo mundo se aburre y el enamoramiento se cansa, se agota y
un día, todo se extingue.
Ella lo engaña con otro. Sexo. Ella
sale de ese pequeño juego para adquirir algo real, con tantos como se le
antoje. ¿Él? Una simple simulación de algo real, una figura famélica
que ella ya no está dispuesta a aceptar, ni aunque le sirva como
alimento a sus triquiñuelas.
Su despedida fue: “Alguna vez
estaremos a París”. Otra promesa hecha desde las entrañas de la ilusión.
Las palabras sin consecuencias que tienden a ser meros juegos.
Así se dejan de ver. Con la temeraria esperanza de la ciudad eterna.
II
La mejor definición de lo que es la vida la da el erudito Sebastian
Alberoni en su ensayo “La noche de los mártires”, escrito en 1997 en su
natal Rímini cuando, envilecido por la proximidad de su muerte, relata
en su última hoja que todo lo que ha vivido es sólo un reflejo
construido por miles de espejos, cada cual más distorsionado que el
anterior y que como tal, no se lleva nada de él al otro mundo.
La vida como una casa de los espejos siniestra que nos refleja
infinitamente y no sólo a nosotros sino todo lo que creemos que nos
pertenece.
Así que la promesa de estar juntos en París se
cumple, no con la exactitud y ni siquiera la prontitud sino que se fue
marinando en el tiempo, en la historia que tendría que tener una
conclusión mucho más poética que la simple voluntad del dejarse de ver,
dejarse de buscar abandonando las mitomanías correosas que los
encarcelan a la vez que los liberan.
París. Sinónimo de
conclusión para ellos. Es en el DF. Ella se fue a vivir allá y él fue de
vacaciones. Ninguna notificación, ningún amago de comunicar que
coincidían en el tiempo y espacio. Pero se encontraron...puta vida y sus
espejos distorsionados.
Y cuando se encontraron ella lo
invita a su casa. Vivo en París, subraya de forma lacónica, con su voz
contenida por la diversión de la coincidencia.
Él aceptará ir a
su departamento. Lo hará sólo por el morbo que supone estar en París
con ella. No iba a ser muy diferente de lo que tenía que ocurrir en la
ciudad de los amantes desviados. Consumar y consumirse a sí mismos. Poco
más.
¿Enamoramiento?
Para nada. Subirá a ese
departamento-casi-ático que está adornado con pinturas de Matisse y se
despojará de su identidad para dejar de mentir y que ella haga lo mismo,
que sólo sea un deporte vacío, sin interés alguno donde el discurso de
despedida ser la contracción de los músculos y la teoría de que sólo
somos carne en su inexorable proceso de perdición. ¿Amor?
Pero
ocurre lo impensable: la renuncia al final, el síndrome de no concluir
lo que tiene que tener un último capítulo. La cobardía pervertida y
mutada en decencia. Se niega pese a que ella insiste-. Sutilmente- en
que vayan a París.
Un taxi. Lléveme a donde sea menos a París. Y el final abierto, como insistía H. Bloom cuando no se tiene talento.
lunes, 24 de febrero de 2014
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