lunes, 24 de febrero de 2014

La caída

Desde que era pequeño mi sueño más vehemente era llegar a ser futbolista. A los 6 años ya me había memorizado todos los jugadores de la Liga Mexicana gracias a uno de esos álbums donde comprabas sobresitos con tarjetas de jugadores y los pegabas (luego llegó la fiebre con los de Dragon Ball Z). Mi papá me presumía con sus pacientes que con cierta sorna me preguntaban quién era el número 13 del Necaxa ( Sergio Vászquez, delantero uruguayo que me amargó la vida años después cuando metió el gol del triunfo en la final del 98 ante Chivas). Aún no tengo si era un deseo original mío o más bien esa herramienta paternal de transferir el 'querer ser de lo que yo no fui' del padre al hijo. Lo cierto es que me convertí en un fanático (en el buen y mal sentido de la palabra) del fútbol, tanto así que me pinteaba clases, compromisos y trabajos para ver partidos de fútbol.

Cuando nos mudamos a Hermosillo empecé a jugar (qué ironía, empezar a jugar “responsablemente” a 2 mil kilómetros del epicentro futbolero-waschobolero-) en un equipo llamado “Sombrerería El Chero”. Tardé poco en ser titular por una timidez que rayaba lo enfermizo, pero había heredado algo del talento de mi padre (campeón nacional en los 70's, compañero de leyendas del fútbol sonorense como Javier “El Jícama” Acuña o Martín “El Piwi” Estrella, que incluso llegó a las fuerzas básicas del Atlas de Guadalajara): Buena técnica, tácticamente impecable y cierta elegancia estética, sin embargo, no heredé la garra de mi padre, si bien era mucho más habilidoso que él.

Ganamos tres títulos seguidos, incluyendo un Campeón de campeones. Pero nunca terminé de explotar. Jugaba de volante por izquierda pero tenía el síndrome del “Chorrillano” Palacios (jugador peruano del entonces Atlético Morelia que parecía Maradona en los entrenamientos y luego en los partidos desaparecía). Poco a poco fui dejando que la pereza y que el sueño se desvaneciera entre la intrépida adolescencia y la literatura, pero aún latía algo. Sentía que mi generación, tenía una conexión con la de mi padre (después de todo él es del '58 y yo del '88 y compartía equipo que en el hijo del “Jícama”).

Y no estaba equivocado, la selección sonorense del '88 también ganó el nacional en Colima, con el “Jicamita” siendo gran figura.

Pasé toda mi adolescencia y principio de mi juventud aún con efímeros sueños de volver a tomar el camino que me llevarían a ser jugador profesional hasta que ya en la universidad ocurrió una humillación lógica: Fuimos a competir a un torneo entre universidades (UVM, Itson, Ith, Tec) en Ciudad Obregón y nos convertimos en el equipo al que sólo se le puede tener compasión, el equipo que levantaba ternura y que incluso, toda la gente apoyaba.

El primer partido fue ante el Tec donde caímos con estrépito 9-0. Un marcador benéfico tomando en cuenta que éramos 10 jugadores, la mayoría con sobrepeso y pésima condición física y nuestros dos mejores jugadores estaban indispuestos: el delantero tenía la rodilla de un señor de 60 años reumático y sólo podía jugar 5 minutos antes de que pensara que el dolor lo iba matar y el otro, un valemadre estaba drogado en sabe qué pastillas.

El segundo partido fue ante el Ith que nos ganó 11-1, nuestro gol fue una rocambolesca jugada llena de rebotes, parecía que el espíritu del Chanfle nos había poseído.

El tercer partido fue lo que asesinó mi deseo de ser futbolista y darme cuenta que tenía que dejar ese empaque de ilusión atrás de mí, como una linda anécdota que contar años después. Fue ante el Itson, que como local estaba obligado a ganar y gustar...y así fue. 31-3. Sobra decir que pese a todo, logré meter dos goles y que aunque las piernas me pesaban, celebramos esos tres goles con orgullos y con el cómplice aplauso de los allí presentes. Nos sentimos como aquellos jamaiquinos que compitieron en los Juegos de Invierno en bootleg (?). Espero que a nosotros también nos hagan película.

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