Es
noche y los meseros del bar empiezan a recoger los vasos, platos,
ceniceros y botellas de alcohol de una forma sutil para orillar a los
clientes a que se retiren, uno de esos códigos que no son para todos,
menos cuando ya están borrachos. Pero poco importa, la mayoría hace caso
y van dejando generosas propinas al sonido de los músicos que también
han comenzado a empacar sus instrumentos-pese a que siempre quede el guitarrista con ínfulas de grandeza tocando algún solo desafinado de alguna canción mediocre y de moda-.
En el fondo está n ellos, una pareja rara, de esas que uno cree que no
existen y puestos como un ejemplo a seguir por la co-dependencia que se
han generado el uno a partir del otro. Están en su fase dipsómana puesto
que se tomaron dos botellas de ron acompañadas de agua mineral.
Estuvieron viéndose toda la noche, apenas cruzando palabras como si
abrir la boca fuera algo prohibitivo.
El mesero les dice que
ya van a cerrar. Toman la obvia indirecta y dejan 850 pesos y se van,
otra vez, sin decir una sola palabra. Se han habituado al silencio y lo
han logrado meter como un sinónimo de amor, de equilibrio, de solidez.
Él fuma mientras maneja. Ella le dice que no debería ir fumando porque
eso es un indicativo para los policías de que es una persona de no fiar.
Él no puede creer lo que escucha, pero apaga el cigarro. Sólo alcanza a
murmullar que es una estupidez.
Ella, simula no escuchar para
no romper ese tenúe estado de paz que los dos han creado y prende la
radio. Son las 2 de la mañana por lo que sólo hay músico electrónica.
Maneja con cuidado pero está en estado etílico, lo que significa que
todo se mueve, que el mundo entero se tambalea y que lo único a lo que
puede acudir, es al volante, sus manos en el volante son su única
brújula, el alfa y omega de las certidumbres.
Ella quiere llorar. Es el alcohol, se dice. No debí de haber tomado tanto, sé lo que me pasa. Pero llora.
Ah, el amor, tan confuso, tan impertinente. El vacío de sus palabras es
tan hostil que ya ni se toman el tiempo para discutir, han caído en una
indiferencia horrible.
Él sigue fantaseando con que ella lo
engañe. No le haya una justificación a tan vehemente deseo-y
perturbador- pero para eso la saca a los bares. Para que una noche se
levante para ir al baño y cuando regrese vea a su pareja montada en un
tipo promedio, gimiendo ambos, y que las manos del hombre promedio
recorran todo el cuerpo de esa mujer que él dice amar.
Dice.
Lo sueña con cierta frecuencia, y ha llegado a tal punto que tiene varias teorías.
Finalmente llegan y ella se baja de forma violenta, como queriendo huir
de todo lo que él le propone. La ve entrar en la casa, con el vestido
rojo que le regaló en su pasado cumpleaños y con los tacones y el bolso
en la mano izquierda.
Decide que no puede ir tras ella, que
quizás en un mundo ideal, entraría a la habitación, le quitaría el
vestido rojo y le haría el amor mientras repite incesante que la ama,
que es la mujer de su vida y que jamás podría dejarla. Que es una mujer
perfecta y que lamenta haber llevado su relación a este punto. Pero la
vida es otra cosa y pese a que siente todas estas cosas, hay algo que le
impide cumplir esa leve fantasía. Prefiere seguir pensando en cómo ella
lo iba a engañar a él.
Enciende el carro y se va.
Su deseo de ser engañado responde a
A) La necesidad de tener el poder moral en la relación, de empoderarse
en ese terrible juego del amor, de ser la víctima por siempre y tener la
autoridad ética y amorosa sobre ella. Una herramienta tan poderosa que
le daría el derecho a escoger con quien acostarse cuando el apetito
sexual le regrese.
B) Una simple cuestión de masoquismo para
ver si el sexo todavía es algo válido en él. Hace tres meses le confesó
esta necesidad tan imbécil a un amigo suyo y éste le consiguió una
película porno que hablaba del tema: “Instinto Animal 1” (tuvo dos
secuelas dado el éxito), protagonizada por Amanda Suckster, galardonada
por el premio Dick en 1998.
Amanda, que en la saga era una ama
de casa llamada Theresa, estaba cansada de la ausencia sexual de su
esposo, un policía del condado de Tallahessa que no la había tocado
desde hace más de 1 año, por razones no muy bien argumentadas.
Dave, no sólo se aleja de su esposa de la forma carnal, sino también
espiritual, mostrando una abulia en su matrimonio que dejaría a todos
atónitos. Amanda hacía lo que podía para seducirlo, pero no había forma
hasta que la triste y despechada esposa, un día cansada de tanta
humillación, decide tener relaciones con el electricista que fue a
arreglarle alguna luz-cliché del porno-.
El giro-y allí viene
la genialidad, según él- es que Dave llegó temprano ese día y cuando
vio al electricista-de cuerpo impecable siendo el epítome de lo que la
masculinidad debería ser- penetrar a su esposa, el deseo sexual le
regresó. Y allí empieza una trama estridente, donde tanto Dave como
Amanda bajan a los mundos más sórdidos que el sexo puede tender,en una
espiral imparableque va desde ritos paganos hasta el tráfico de drogas y
armas-mítico el careo del grandísimo David Carradine-
¿Podría
ser eso? La necesidad de ver a la mujer que supuestamente amas en los
brazos de cualquier otro hombre, excepto tú, como un método para
humillarse a los dos, la mujer por puta y el hombre por cobarde. Un
masoquismo-o sadomasoquismo- con tintes abstractos, donde el martirio ya
no supone una lapidación sino un placer exógeno.
Sus teorías
eran tan absurdas que había pervertido “El desprecio” de Moravia, donde
le daba un giro completo al Ulises homérico, para acomodarlo a una
película-de culto, eso sí- pornográfica.
C) La tercera teoría
que podía ofrecer era la más radical-a su gusto- pues el engaño sólo era
la excusa perfecta para que él pudiera dejarla. Un motivo más que
justificao que no pondría en duda su narcicismo y que mantendría intacta
su reputación de “buen hombre”. Pero para que esta explicación tuviera
sentido, era necesario tener demasiada condescendencia con ella y ser un
maricón absoluto.
¿Sería tan vanidoso?
Después de dar
vueltas por las calles semidesiertas que estaban bañadas de una bruma
que le parecía pérfida, llegó a su casa. Allí estaba ella, dormida,
botada por el alcohol. Con su rostro pálido, su cuerpo firme sin ser
musculoso, curvo sin ser voluptuoso. ¿Por qué?
Lo único que
podía pensar era ella engañandolo, acostada en la misma posición en la
que se besaron y acostaron por primera vez. Ella haciendo los gestos, él
recitando las palabras de amor eterno, con alguna canción de jazz en el
fondo-porque fue en su cuarto- y con las botellas de whiskey
acumulándose.
Puso un disco variado de jazz, sacó una botella de whiskey y empezó a beberla.
Seré yo, otro.
lunes, 24 de febrero de 2014
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