lunes, 24 de febrero de 2014

La infidelidad

Se conocen de hace años. Sus caminos se han cruzado constantemente y en esos intervalos tanto él como ella han coqueteado sutilmente, como un juego secreto e íntimo que no pasa de tiernas sonrisas y sobre todo, de la ilusión de lo que podría pasar si alguno de los dos fuera más valiente.

Se han vuelto a encontrar en una conferencia literaria y se han vuelto a sonreír; a hurtadillas y con la ambigüedad de la cortesía común porque ambos iban acompañados de sus respectivas parejas.

La conferencia es sobre el último libro del periodista Álvaro Samaniego, titulado “El amor antes de saltar”, libro que es fruto de ocho años de recopilar información sobre el suicidio de la pareja De Preville-Villa en el infausto Hotel Tepic de la capital.

Los dos potenciales infieles pusieron su enjundia para que este libro viera la luz pública por su amistad con Samaniego, a quien conocen por distintas razones (ella fue su novia, él conocía a la suicida, aunque nunca reveló qué tanto).

Terminada la odiosa presentación del libro (reducto de los bobos, es decir los bohemians bourgois), él sale a fumar diciéndole a su pareja que necesita tomar aire. La que en un futuro podría ser infiel lo ve salir del auditorio y elegantemente-a las mujeres se les da eso-, lo sigue.

La noche está en su punto álgido, ese momento donde las luces de la ciudad parecen estáticas y la oscuridad gana su propia batalla. Y allí está él, fumando mientras ve que la mujer deseada-y no concedida- se acerca. Hablan. Y vuelven a hablar. Ya despojados del ritual pedante del coqueteo, parece que se han disminuido las barreras que los separaban y por ese instante, los dos se muestran vulnerables.

Y es que la infidelidad tiene su lenguaje y sus fases. Primero es el atractivo físico que lleva una secreta admiración. Segundo es la comparación llena de idealismos tramposos que emparejan al novio/esposo con la persona deseada y cosificada como hipótesis. Tercero es la intensificación de los gestos, las sonrisas, los roces y las palabras que llevan a la imaginación más desbordante a un precipicio siniestro y desemboca en la tautología del deseo: “La quiero porque la quiero”. Silogismo irracional e idiota pero con la fuerza de las catástrofes. Cuarto es el punto crítico y clave de la infidelidad y de la vida misma: la confrontación sin máscaras de los posibles amantes, el instante de verdad donde se comprende lo que pasará, como si ese encuentro fuera una trampa esotérica para ver el más allá del tiempo.

Y allí están ellos, hablando. Los dos un poco insatisfechos, empujándose y llevándose a rastras el uno al otro para que se de el beso o la caricia-aquí las palabras ya pierden su virtud, sólo la acción es necesaria-. Pero ¿qué es más fuerte en ellos? El teatro moral en el que están inmersos los absorbe y empapa y siembra en ellos un pánico horrible, devastador: Hacer daño a sus parejas por el hecho de expresar su inconformismo con su vida. Porque eso es la infidelidad, el capricho estático que va y viene para recordarnos que nuestra vida sufre de algo, carencia o exceso de un elemento que se nos escapa a la razón.

Allí están ellos hablando, con cigarros que parecen evaporarse en la noche hosca. Adentro, la firma de libros, la explicación de que el suicidio es una cuestión ontológico o el cliché de la cultura popular que dice que Camus planteó la verdadera pregunta de la filosofía: El suicidio como pregunta del génesis.

¿Qué será?

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