Se
conocen de hace años. Sus caminos se han cruzado constantemente y en
esos intervalos tanto él como ella han coqueteado sutilmente, como un
juego secreto e íntimo que no pasa de tiernas sonrisas y sobre todo, de
la ilusión de lo que podría pasar si alguno de los dos fuera más
valiente.
Se han vuelto a encontrar en una conferencia literaria y se han vuelto a sonreír; a hurtadillas y con la ambigüedad de la cortesía común porque ambos iban acompañados de sus respectivas parejas.
La conferencia es sobre el último libro del periodista Álvaro
Samaniego, titulado “El amor antes de saltar”, libro que es fruto de
ocho años de recopilar información sobre el suicidio de la pareja De
Preville-Villa en el infausto Hotel Tepic de la capital.
Los
dos potenciales infieles pusieron su enjundia para que este libro viera
la luz pública por su amistad con Samaniego, a quien conocen por
distintas razones (ella fue su novia, él conocía a la suicida, aunque
nunca reveló qué tanto).
Terminada la odiosa presentación del
libro (reducto de los bobos, es decir los bohemians bourgois), él sale a
fumar diciéndole a su pareja que necesita tomar aire. La que en un
futuro podría ser infiel lo ve salir del auditorio y elegantemente-a las
mujeres se les da eso-, lo sigue.
La noche está en su punto
álgido, ese momento donde las luces de la ciudad parecen estáticas y la
oscuridad gana su propia batalla. Y allí está él, fumando mientras ve
que la mujer deseada-y no concedida- se acerca. Hablan. Y vuelven a
hablar. Ya despojados del ritual pedante del coqueteo, parece que se han
disminuido las barreras que los separaban y por ese instante, los dos
se muestran vulnerables.
Y es que la infidelidad tiene su
lenguaje y sus fases. Primero es el atractivo físico que lleva una
secreta admiración. Segundo es la comparación llena de idealismos
tramposos que emparejan al novio/esposo con la persona deseada y
cosificada como hipótesis. Tercero es la intensificación de los gestos,
las sonrisas, los roces y las palabras que llevan a la imaginación más
desbordante a un precipicio siniestro y desemboca en la tautología del
deseo: “La quiero porque la quiero”. Silogismo irracional e idiota pero
con la fuerza de las catástrofes. Cuarto es el punto crítico y clave de
la infidelidad y de la vida misma: la confrontación sin máscaras de los
posibles amantes, el instante de verdad donde se comprende lo que
pasará, como si ese encuentro fuera una trampa esotérica para ver el más
allá del tiempo.
Y allí están ellos, hablando. Los dos un
poco insatisfechos, empujándose y llevándose a rastras el uno al otro
para que se de el beso o la caricia-aquí las palabras ya pierden su
virtud, sólo la acción es necesaria-. Pero ¿qué es más fuerte en ellos?
El teatro moral en el que están inmersos los absorbe y empapa y siembra
en ellos un pánico horrible, devastador: Hacer daño a sus parejas por el
hecho de expresar su inconformismo con su vida. Porque eso es la
infidelidad, el capricho estático que va y viene para recordarnos que
nuestra vida sufre de algo, carencia o exceso de un elemento que se nos
escapa a la razón.
Allí están ellos hablando, con cigarros que
parecen evaporarse en la noche hosca. Adentro, la firma de libros, la
explicación de que el suicidio es una cuestión ontológico o el cliché de
la cultura popular que dice que Camus planteó la verdadera pregunta de
la filosofía: El suicidio como pregunta del génesis.
¿Qué será?
lunes, 24 de febrero de 2014
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