lunes, 24 de febrero de 2014

El salto

Pitol escribía que Reyes escribía que Stevenson escribía que la mejor educación para un escritor novel era la imitación: leer y releer las obras de los escritores favoritos-sean quien sean- y mimetizar el estilo con base en la identificación de los recursos narrativos, estilísticos; los temas de dichos autores, las neuróticas repeticiones de alguna palabra-Simonen por decir algo utiliza la palabra decimonónico 72 veces en su libro “El testamento”-, las motivaciones que impulsan a los personajes o los escenarios que los hacen ser únicos. De allí, escribir o tratar de escribir de manera similar, es decir, poner escenarios que contengan las mismas características y personajes que sean capaces de igualar los arrebatos de las figuras a quien copian. Tarea nada fácil, señala el grandísimo escritor veracruzano, pero que sirve como herramienta ilusoria para evitar las crisis de identidad de los estetas.

Una vez que más o menos se domine el estilo, Pitol (o Reyes o Stevenson) aconseja tratar de encontrar su propia voz, su propio ritmo y sus propios temas; acomplejarse por los mismos temas que los autores amados es una viguería horrenda y es cometer suicidio de antemano.

Tener el vértigo de dar el salto hacia la propia literatura, ese apoderamiento de una voz que lleva reclamando mucho tiempo. Ése es el impulso originario (Lowry decía algo similar, Malraux es un titánica Condición humana también esgrimía que la pureza de la originalidad era un pecado).

¿Pero qué pasa cuando no se evita la crisis?

Tomemos el lugar de un escritor novato que nunca se ha dado el tiempo o espacio para dar el gran salto para iniciar la búsqueda de su propia e indisoluble voz. Peor aún: cuando sí se atrevió y entendió que no había nada allí donde tendría que empezar su odisea literaria. Que la voz personal e íntima prometida por Pitol-y tantos otros- está ausente, quizás por extravío o como profecía apocalíptica, nunca iba a estar allí. He allí el problema. Que el escritor novato sobresalga como un gran mimetizador-a veces parodeando- de sus autores favoritos, con prosa elegante, académicamente intachable, temáticamente profundo, humanamente comprometido, acomodando personajes a los arquetipos mil veces diseñados (Borges, Bioy, Marías, Baroja, Kundera, por allí Antunes) para sólo darse cuenta que bien podría ser un autómata.

Allí la crisis. Esa desesperanza de querer iniciar un texto (titulado La siniestra inmortalidad de mi nostalgia, enviado a concursos nacionales) y no tener nada y tener que recurrir a la relectura de los libros que te han marcado, oscultando entre las primeras líneas algo que te pudiera servir.

Y así empiezas:

“Recuerdo Córdoba con tristeza: las mujeres van perfectamente atadas las unas a las otras y venden su amor como si estuvieran enjauladas”. Mezcla incondicional de todos los libros que has leído.

Qué crisis. Revuelves el fondo de tu memoria para ver si hay algo rescatable pero sólo existen fragmentos de películas y libros y fotografías convenientemente relacionadas. Tu memoria como un instrumento vago e ineficaz. Puedes escribir de tu familia o de ti mismo, de tu, ahora sí, inmortal ego que se ha desnutrido en los últimos días. Pero es una ordinariez, un sinsabor y una traición a los grandes temas que te has puesto como objetivo: La muerte, el amor, la soledad, la vida posmoderna.

Saltar y llegar al otro lado sólo para ver que no hay nada. Que sólo has iniciado el proceso de alopecia y que ya ni leer te ampara de tamaño castigo. Enfrentarte a la tragedia más simple: no eres bueno para esto.

Y tus neuróticas conquistas empezarán a ganar terreno, a convertirte en el hombre más odioso de toda la ciudad, que la ciudad que te de asilo, improbable, tendrá que llenarse de pesimismo sólo para recalcarte lo idiota que eres.

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