Desde
hace 6 años se levanta a la misma hora, de lunes a domingo sin dar
tregua a esa rutina que ha adquirido desde que murió su esposa. Tiene
tres hijos a los que apoyar, hijos que vivieron dentro de la burbuja
materna y que son un compendio de errores: neuróticos, depresivos,
histéricos, flojos y a menudo irresponsables.
Y él, viudo, violentamente viudo, corrigiéndose a sí mismo mañana
tras mañana, con insomnios incalculables que lo hacen estar despierto
hasta entrada la madrugada escuchando música para no pensar en su
difunta esposa, aguantando el llanto porque su educación, su idea de
virilidad y de paternidad y su secreto orgullo no se lo permite.
Los viudos pierden cierta parte de su identidad en orden de colocarse
en un escalón superior de moralidad. Se pierden entre la densa bruma de
la memoria y se llena de nostalgia, de tristeza programada, de rencor
incontrolable y por supuesto, del heroísmo magnético de ser padre-madre o
viceversa.
Pero lo que los hijos y el resto del mundo no
entiende es el nicho donde descansa su amor por la persona que ya no
está, su matrimonio queda en un segundo plano, uno que tiende al olvido
para todos menos para él. Y allí viene el gran drama para los viudos, el
de defenderse a capa y espada. La muerte de la pareja lo convierte
automáticamente en el verdugo velado de la relación, en el villano que
tiene que cargar con todos los errores, los arrepentimientos, los
recuerdos tatuados que se van desvirtuando a medida que se repiten.
Los viudos son heroícos, una especie de Atlas que carga con el peso de
la materia con la que está hecho el arrepentimiento y tiene que callar, y
al menos con el círculo de allegados-hijos, familia, amigos, colegas-
adquirir el papel del malo porque compite con la figura ausente, con la
pareja difunta que tiene como medida inherente la idealización. Porque
la muerte tiene como efecto secundario ese fenómeno de borrar los
defectos cuando se prepara el cuerpo para la velación. Y las virtudes se
radicalizan por el estado vulnerable.
Esta fascinación a
idealizar a quien muere es la respuesta humana al miedo de la ausencia y
es un moneda de cambio para cuando morimos: Recibir el mismo pago, la
misma idealización en la ruleta sin fin que es la vida: al menos irnos
dejando un buen recuerdo. Al cabo, somos un animal de apariencia.
Y ¿cómo puede competir él con ella-difunta-? Es una competencia perdida
de antemano, una injusticia con la que estará en desacuerdo pero que lo
marcará de por vida. Por eso los insomnios, por eso el recelo, por eso
la depresión. Porque en las parejas que se aman pasado mucho
tiempo-condición única y necesaria-, la muerte es una traición, es una
claudicación temeraria.
Hasta que la muerte los separe.
Tanto que tenían por vivir aunque su matrimonio estuviera enfrascado en
diferentes frentes de pelea. Los dos veían el matrimonio como una cruz
con la cual cargar hasta el final del tiempo, pero se amaban y habían
construido una familia-FAMILIA- y ahora ella ya no estaba. Quedaba su
ropa, su maquillaje, sus cosas, sus procedimientos de limpieza, su idea y
su ausencia.
Y los viudos son héroes. Son mártires silenciosos, perdedores crónicos a los que sólo le queda defenderse de forma estoica.
lunes, 24 de febrero de 2014
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