lunes, 24 de febrero de 2014

Los viudos

Desde hace 6 años se levanta a la misma hora, de lunes a domingo sin dar tregua a esa rutina que ha adquirido desde que murió su esposa. Tiene tres hijos a los que apoyar, hijos que vivieron dentro de la burbuja materna y que son un compendio de errores: neuróticos, depresivos, histéricos, flojos y a menudo irresponsables.

Y él, viudo, violentamente viudo, corrigiéndose a sí mismo mañana tras mañana, con insomnios incalculables que lo hacen estar despierto hasta entrada la madrugada escuchando música para no pensar en su difunta esposa, aguantando el llanto porque su educación, su idea de virilidad y de paternidad y su secreto orgullo no se lo permite.

Los viudos pierden cierta parte de su identidad en orden de colocarse en un escalón superior de moralidad. Se pierden entre la densa bruma de la memoria y se llena de nostalgia, de tristeza programada, de rencor incontrolable y por supuesto, del heroísmo magnético de ser padre-madre o viceversa.

Pero lo que los hijos y el resto del mundo no entiende es el nicho donde descansa su amor por la persona que ya no está, su matrimonio queda en un segundo plano, uno que tiende al olvido para todos menos para él. Y allí viene el gran drama para los viudos, el de defenderse a capa y espada. La muerte de la pareja lo convierte automáticamente en el verdugo velado de la relación, en el villano que tiene que cargar con todos los errores, los arrepentimientos, los recuerdos tatuados que se van desvirtuando a medida que se repiten.

Los viudos son heroícos, una especie de Atlas que carga con el peso de la materia con la que está hecho el arrepentimiento y tiene que callar, y al menos con el círculo de allegados-hijos, familia, amigos, colegas- adquirir el papel del malo porque compite con la figura ausente, con la pareja difunta que tiene como medida inherente la idealización. Porque la muerte tiene como efecto secundario ese fenómeno de borrar los defectos cuando se prepara el cuerpo para la velación. Y las virtudes se radicalizan por el estado vulnerable.

Esta fascinación a idealizar a quien muere es la respuesta humana al miedo de la ausencia y es un moneda de cambio para cuando morimos: Recibir el mismo pago, la misma idealización en la ruleta sin fin que es la vida: al menos irnos dejando un buen recuerdo. Al cabo, somos un animal de apariencia.

Y ¿cómo puede competir él con ella-difunta-? Es una competencia perdida de antemano, una injusticia con la que estará en desacuerdo pero que lo marcará de por vida. Por eso los insomnios, por eso el recelo, por eso la depresión. Porque en las parejas que se aman pasado mucho tiempo-condición única y necesaria-, la muerte es una traición, es una claudicación temeraria.
Hasta que la muerte los separe.

Tanto que tenían por vivir aunque su matrimonio estuviera enfrascado en diferentes frentes de pelea. Los dos veían el matrimonio como una cruz con la cual cargar hasta el final del tiempo, pero se amaban y habían construido una familia-FAMILIA- y ahora ella ya no estaba. Quedaba su ropa, su maquillaje, sus cosas, sus procedimientos de limpieza, su idea y su ausencia.

Y los viudos son héroes. Son mártires silenciosos, perdedores crónicos a los que sólo le queda defenderse de forma estoica.

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