lunes, 29 de agosto de 2011

,,,

A alguien que le importara. Ésa era su motivación, inconsciente quizás, pero con un fondo verdadero. Necesitaba confesarse. No es que tuviese pecados macabros o perversiones más allá de lo imaginable pero él sentía esta necesidad casi extinta de confesarse.

Podria decirse que estaba lastimado, no por el azar de la vida que lastima y maltrata a todos sin distinciones(es cierto, a algunos más que a otros) sino por una voluntariedad cuyo significado ni él sabía. Escuchaba noche a noche a Jhonny Cash, en especial esa maravillosa canción de Hurt. Era su ritual de tortura, de sentido casi sádico emulando (según él) ciertos ritos medievales para seguir rompiendo con su espirítu, su alma. Porque él era así, se consideraba así mismo un hombre anacrónico, un alma vieja y vejada por esta modernidad que ya no se reconoce y eso la hace exitosa.

Tenía que confesarse. Preparó de manera meticulosa cada palabra de su discurso, desglosándolo y analizando que cada palabra cumpliera su cometido. Pensaba que, el lenguaje sólo tenía la intensión de comunicarse y lo estético de éste era una mera vanidad, un artificio con el que los escritores petulantes ponían en evidencia sus carencias morales. Y por eso, en sus diversos manifiestos usaba groserías, para darle una verticalidad, una pegada a sus ideas que serían ignoradas de cualquier otra manera. Pero todas esas diatribas(sí, eran más críticas que manifiestos) las guardó porque creía que los manifiestos habían perdido su capacidad de conmoción limpia en el mundo, cargados ahora de una significación negativa, casi terrorista.

La verdad sea dicha todos sus escritos carecían de una coherencia práctica.


No hay comentarios:

Publicar un comentario