Amor imposible es una tautología, al menos en mi experiencia. En su sentido lógico y retórico, no hay que darle muchas vueltas. Pero con Ciria todo era distinto, realmente pensé que lo podía lograr: romper con todas las imposiciones que yo me ponía-y les ponía a las mujeres-, vencer por fin ese sistema tan complejo de autosabotaje y autodestrucción; resquebrajar, aunque fuera un leve rasguño, mi necesidad de tragedia para darle cierta validez a mis vivencias.
Y es curioso, desde que la conocí todo apuntaba a un desenlace fatalista como finalmente ocurrió. Ella era lesbiana o al menos eso me dijo. Lo cierto es que era una mujer que sin tener una belleza deslumbrante, tenía algo, esa pasión animal incapaz de explicarse con palabras o siquiera con gestos. Había en ella un hechizo circundante: todo lo que tocaba cambiaba de forma, de color, de sentido.
Por eso me enamoré, por eso la quise, por eso la amé. Todo el tiempo en el que estuvimos juntos-primero como camaradas que se quejan de la naturaleza despiadada de las mujeres- supe que ella era única-más allá de su homosexualidad-, su carácter sencillo, su risa que explotaba cada vez que la veía con mayor intensidad me permitía acercarme y conocer sus entramados físicos y metafísicos. Era más que una mujer. Y era más que un reto. Era amor, amor imposible.
A los dos meses de conocernos y de verla cada tres días, la besé. Fue un impulso articulado desde las entrañas, desde el necesitar una escena trágica que acabara con mi cuerpo caminando en una soledad urbana esperada. Pero ocurrió todo lo contrario. Ella me correspondió con el movimiento de sus labios, tenúes e indecisos, llenos de una pureza y una ingenuidad que encontré orgásmicos. Siguió un silencio horripilante, en mi pesimismo natural y la realidad improvisada-y opuesta- me quedé sin habla, sin aire y sin ideas. Me colapsé y mi respuesta fue volver a besarla. Hablar hubiera sido desastroso, justificarme hubiera significado una cachetada, pedirle perdón sería igual a perderla en una ola de nostalgia recalcitrante.
Nos separaba algo más que su sexualidad. Había diferencias antropológicas muy marcadas, ella venía de una familia muy católica de origen francesa. Yo era un mexicano con familia japonesa, de esos ya secularizados e insertados en el dominio público, aunque con una particularidad: soy ateo.
Desde esa diferencia-que según el lugar común eso no importaba- nuestra frágil relación se veía amenazada. Había constantes peleas-desde que sólo éramos camaradas- que a veces tomaban un tono ligeramente violento. Después del beso, esa violencia pasó a ser un motor de pasión desbordada y feroz.
jueves, 27 de octubre de 2011
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