Ni aunque el mundo se acabe.
Le costaba levantarse, abrir los ojos era un esfuerzo estéril. Estaba en la estación de camiones, sucia como siempre, llena de mirones anónimos que lo observaban con cierta curiosidad y cierta perversión. Caminaban alrededor de él, sacándole la vuelta. Después de todo era raro que alguien usara gabardina en Hermosillo.
Era diciembre y era muy temprano, las 6 quizás. El sol aún no salía, hasta él se tomaba descansos en invierno. Se sentó. Se talló los ojos y empezó a tener conciencia de dónde estaba. Fue a tomar un café y después salió a fumar un cigarro. El primero del día. A las 8:40 salía su camión. Recordaba el nombre de ella. No, para qué volver a esos recuerdos de la noche anterior.
- Me llamo Omar y estoy por irme de Hermosillo- se repetía a sí mismo mientras inhalaba el humo del cigarro que se hacía denso por el frío y que cuando lo expulsaba de su cuerpo, subía lentamente, formando figuras fantasmagóricas aterradoras, como si quisieran convertirse en un cuerpo, en carne. Carne, cuerpo. Otra vez los recuerdos de la noche pasada, de su ida, de su despedida al ritmo de Barbieri tocando el último tango en París. Je, el último tango en Hermosillo, al menos para ella y para mí.
Se apretaba la bufanda, se acomodaba la gabardina, tiraba el vaso de café, prendía otro cigarro. El segundo del día y apenas son las 6: 18. Seguía teniendo sueño. Seguía pensando en ella y en Barbieri.
Ella se llamaba _________________. Pronunciar su nombre era diabólico, era torturar al corazón, era entrar en esos juegos maquiavélicos que la memoria prometía en pos de quemarse todo por la condición del amor puro. En parte por eso te fuiste.
Le costaba levantarse, abrir los ojos era un esfuerzo estéril. Estaba en la estación de camiones, sucia como siempre, llena de mirones anónimos que lo observaban con cierta curiosidad y cierta perversión. Caminaban alrededor de él, sacándole la vuelta. Después de todo era raro que alguien usara gabardina en Hermosillo.
Era diciembre y era muy temprano, las 6 quizás. El sol aún no salía, hasta él se tomaba descansos en invierno. Se sentó. Se talló los ojos y empezó a tener conciencia de dónde estaba. Fue a tomar un café y después salió a fumar un cigarro. El primero del día. A las 8:40 salía su camión. Recordaba el nombre de ella. No, para qué volver a esos recuerdos de la noche anterior.
- Me llamo Omar y estoy por irme de Hermosillo- se repetía a sí mismo mientras inhalaba el humo del cigarro que se hacía denso por el frío y que cuando lo expulsaba de su cuerpo, subía lentamente, formando figuras fantasmagóricas aterradoras, como si quisieran convertirse en un cuerpo, en carne. Carne, cuerpo. Otra vez los recuerdos de la noche pasada, de su ida, de su despedida al ritmo de Barbieri tocando el último tango en París. Je, el último tango en Hermosillo, al menos para ella y para mí.
Se apretaba la bufanda, se acomodaba la gabardina, tiraba el vaso de café, prendía otro cigarro. El segundo del día y apenas son las 6: 18. Seguía teniendo sueño. Seguía pensando en ella y en Barbieri.
Ella se llamaba _________________. Pronunciar su nombre era diabólico, era torturar al corazón, era entrar en esos juegos maquiavélicos que la memoria prometía en pos de quemarse todo por la condición del amor puro. En parte por eso te fuiste.
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