lunes, 2 de mayo de 2011

La despedida eterna


Y toda la lluvia caía sobre nosotros. Infinita lluvia. No puedo imaginar una escena más dramática y absurda que esa. Despidiéndonos en la lluvia.

-Con favor de Dios nos volveremos a ver, dijo.
- Vete a la mierda.
- No entiendo por qué tienes que ser así.
- Yo sí y con eso me basta. Ya vete, que te vas a enfermar.
- Siento que quieres decirme algo.

Puto sexto sentido de las mujeres.

-Sí, le dije. Te amo y te vas. Eso es lo que tengo que decirte.
- ¿Para qué me quieres aquí?
- ¿Para que te quieres ir?

En el estereo del carro sonaba
Ascenseur pour l'Echafaud de Miles Davis, y ella estaba al borde de un llanto, llanto que probablemente no significaba lo que yo quería que significase. Pero no importaba, me da un cierto placer mórbido verla llorar. Cuando está rodeada de lágrimas es la única ocasión donde es vulnerable, donde se crea la paradoja del amor, de cuidarla y a la vez lastimarla. Es una historia de amor viciado, por eso se quería ir. Nunca me dijo al lugar que iba. Eso sí, cargaba en sus maletas decenas de cartas mías y decenas de cartas suyas que nunca me entregó.

Aún me pregunto que es lo que decían esas cartas, escritas en las noches más aciagas, escritas bajo la influencia del saxofón de Parker(era su músico favorito) y con la noche bajando su telón, quedando ella dormida sobre las hojas y la tinta maldita. Quizás diría que me odiaba, o que me amaba tanto que me odiaba. Nunca lo supe, ella era amante de ese tipo de frases.

Una noche melancólica y llena de vientos me dijo que aunque se lo pidiera no me olvidaría. No le contesté. Prendí la computadora y puse un poco de Sony Rollins. Ella empezó a fumar y me besó. Te amo me dijo entre susurros, entre besos casi fantasmales. La besé y no le contesté. En vez de eso le conté la historia de nuestro futuro: yo iba a enfermarme de algo muy grave, crónico. Una enfermedad destructiva pero lo iba a mantener en secreto, dentro de mi hieratismo no quería que ella sufriese. Una tarde ella entraría a la casa y me vería recostado en un charco de mi propia sangre, el impacto sería tal que se infartaría(aquí sé de lo bajos que son los índices de infartos en mujeres pero es mi fantasía) y yo que aún estaba vivo, moriría encerrado en la soledad de su muerte. El colofón perfecto para una historia trágica.

Supongo que por eso se fue, sabía que tenía cierta fortuna con algunas historias que pasaban y que se convertían en realidad.

Y de mientras, la kilométrica canción de Davis(era un disco en vivo) seguía sonando. Ya no me respondió, solo esbozó una tenue sonrisa y me dijo que me cuidara.

Le pedí una última cosa.

-¿qué quieres? me dijo con cierto cariño.
- Olvídame.

La paradoja del amor. Hacerles daño hasta que ya no puedan más.

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