Cuando salí de la prepa pensé que me iba a comer el mundo. No ha sido así y tengo la certeza de que no va a ser así. Tengo 22 años y me siento un fracaso, como un hombre que ve al vacío en el borde de un acantilado, paciente, esperando a que todo caiga.
No tengo trabajo y odio lo que estoy estudiando, soy lo más sincero que puedo ser. El periodismo me parece un cadáver ajeno, un muerto de buenos propósitos que se ha ido degenerando, como todo en este presente. Un cuerpo aguado, despojo material maquillado hasta en su pene para que la gente quede maravillada ante un espectáculo perverso, casi necrofílico. Lo decía Kundera, los imagólogos han tomado la posesión absoluta del mundo, de los poderes de nosotros, simples mortales sin capacidad ni vanidad para crear. Me enfada el periodismo. Representa tantos pecados de lo que somos-y de lo que soy-, es algo tan redundante en la práctica y tan nauseabundo en la teoría.
Hace una semana estaba en México y hablaba con un amigo acerca de lo que somos-cada uno como individuo-. El punto es que nuestro ser se compone de las pequeñas decepciones de las que nos vamos llenando, de los ideales que pensamos cuando somos adolescentes y de esa mediocre complacencia con la que nos aceptamos ahora. Al menos no tengo hijos, me consuelo. Sí, pero la hipertrofia de mi realidad-causada por mi- es ya permanente. Sólo que me queda mi memoria, testamento único de la nostalgia y de la melancolía.
miércoles, 13 de julio de 2011
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