Ese
extraño misterio de revelar su identidad. “Dos amantes se tiran de la
azotea del Hotel Tepic” se leía en el encabezado de una breve policíaca
del periódico matinal “La verdad” (esa estúpida necesidad de los
periódicos de legitimizar su trabajo con un nombre pomposo y abarcador
que, como ironía sutil, terminan siendo lo antagónico a su nombre:
véase: Expreso, El Imparcial, La Razón, Vanguardia -fascista-, Milenio, El Universal -y sólo publica notas locales y nacionales-).
En el cuerpo de la noticia, el reportero Álvaro Samaniego, escribe que
los trágicos enamorados respondían al nombre de Humberto Villa y Marcela
De preville, ésta última de nacionalidad francesa, y que fue el primer
gran detalle de una cobertura mediática poco antes vista en la ciudad,
como si el ser francesa-no sólo extranjera- diera un gran empaque. De 26
y 20 años, respectivamente, y que según los primeros reportes de las
autoridades, saltaron voluntariamente, es decir, “un suicidio
voluntario”, finaliza estupidamente la breve policiaca con alguna cita
del comandante municipal.
Con los días, se fueron filtrando a
la prensa y por ende al público, ávido de crear teorías, cada una más
deschabetada que la anterior, detalles ensordecedores y paradójicamente
más tiernos de la pareja difunta ya célebre.
El 20 de diciembre
salió la primera entrevista al padre de Humberto quien reconoció el
poco contacto que mantenía con su hijo-huyó de casa a los 18 años- y con
cierta sorna, señaló que siempre había tenido algo “raro”. Desconocía a
Marcela.
Fechado el 22 del mismo mes y firmada por el propio
Samaniego, la nota principal de “La verdad”, era que se había dado a
conocer la carta de los dos suicidas, la cual era practicamente ilegible
por lo que se había contratado a especialistas de la capital para que
la descifraran ante la presión de la embajada francesa.
Samaniego contextualizaba (con poca pericia, eso sí): “La embajada
francesa impulsada por la familia De preville han metido presión al
gobierno mexicano para que resuelva un caso que tiene tintes de esconder
más de lo que se ve a simple vista”.
Ese mismo día, en la
página 4A del diario vespertino “El Diario”(valga la redundancia y la
creatividad), había una extensa cronología de los sucesos macabros y
temerarios en los que se había visto inmiscuido dicho el Hotel Tepic. El
primero, fue en 1994, cuando el 2 de enero se encontró a un influyente
hombre de negocios muerto a tiros en el cuarto 312 de dicha residencia.
Seguía con suicidios, matazonas, orgías de supuesto orden ritual para
terminar en el suicidio de los amantes trágicos.
Toda la ciudad
tenía su opinión: Asesinato, cortina de humo (Chupacabras, Paulette,
etc.) para desviar la atención a la mentada de madre que nos han hecho
con la reforma energética, drogadictos, amantes pasajeros, crimen
pasional, conspiración judeomasónica y la lista, De preville era el
santo grial, y una lista interminable.
La embajada francesa y
la familia de la mujer suicida finalmente desistieron un poco ante la
ineptitud de la burocracia nacional y emitieron un comunicado que
destilaba resignación e impotencia contenida donde informaban que
confiaban, pese al mal nombre internacional, en los órganos de justicia
mexicana.
¿Qué había que dilucidar? ¿La carta ilegible que
resultó ser un manifiesto firmado por O'Gorman o Le corbusier (el cuervo
en francés)?
El reportero Samaniego fue el primero que tuvo
acceso a dicho documento debido a su insistencia y perseverancia.
Incapaz de darle sentido, decidió acudir con algunos eruditos de la
ciudad. El resultado de estas entrevistas y divagaciones culturetas se
leen el 9 de enero.
“Poco a poco el caso Villa-De preville va
encontrando sentido. La carta encontrada y firmada por ambas con los
seudónimos de Le Corbusier y O' Gorman no son nombres al azar, sino
personajes emblemáticos en el campo de la arquitectura”.
Le
Corbusier fue uno de los pilares del funcionalismo, el movimiento
arquitectónico que primaba la función a la estética y en el cual se
basaron las unidades habitacionales de la capital. Le Corbusier (el
cuervo en francés) teorizaba acerca de que una vez que el hombre se
encuentre en “La máquina de vivir” diseñada por su movimiento,
encontraría la belleza, dado que todo tenía un objetivo. El ideólogo
francés, pintor y de caracter evangelizador, entendía que una obra en la
arquitectura tenía que tener una función y cumplir con ella lo más
efectivo posible. Su máquina de habitar estaba dominada por estructuras
limpias, sin ornamentación alguna. Y aquí viene lo interesante, falleció
en el Senna después de ir a nadar, actividad que tenía prohibida por su
doctor debido a su condición cardiaca.
O'Gorman, en cambio,
fue un arquitecto mexicano que gozó de buena salud hasta su suicidio en
medio de la transición dicatorial del partido nacional, a la dictadura
del libre mercado. Ganador del Premio de las Bellas Artes en 1972,
O'Gorman poseía una inmensa reputación por su visión metafísica dentro
de la arquitectura y sus pinturas que simulaban ser imitaciones del
feísmo de Orozco. Principal funcionalista-alumno destacado de El Cuervo-
en México, O'Gorman galopaba a medio camino entre el pragamtismo de la
máquina de vivir y el organiscismo trascendental de MF Wright, que
abogaba por una sinergía del poder del hombre-tan violento y posesivo en
el funcionalismo que quería demostrar la superioridad del hombre sobre
la naturaleza- con su entorno.
O'Gorman falleció después de uno
de los suicidios más célebres de la historia-el mejor planeado según la
revista Literary Review de la Gran Bretaña, seguido del suicidio de
Novalis-: quemada gran parte de sus obras-por accidente o no-, el
arquitecto mexicano decidió quitarse la vida en su ático de Polanco, en
la Ciudad de México. Para ello, se disparó en la cabeza, se envenenó y
se colgó, todo a base de una máquina de matar, ideada por él mismo, y en
contraposición a la de Le Corbusier.
El reportero Samaniego,
siguió escribiendo acerca de los trágicos amantes aunque cada vez se le
destinaba menos espacio en su periódico. De Preville y Villa, de ser los
Romeo y Julieta posmodernos, pasaron a ser sólo una pequeña anécdota
que inflamaba el halo de misterio y tragedia que envolvía al hotel
Tepic.
Tampoco ayudó que la familia Villa no quisiera saber
nada de la historia de su hijo-ni siquiera reclamaron los restos de
Humberto- y que la embajada francesa desistiera en sus comunicados y en
esa leve presión internacional. La última nota de Le Monde está fechada
el 17 de enero y se trata de una bella esquela que contiene un verso de
Theroux, poeta místico de fines del siglo XX.
Samaniego, en compañia de un pasante, lograron recrear las últimas horas de Marcela y su Romeo tropicalizado.
“El amor”, escribe Samaniego en su libro “Antes de saltar, ámame”
publicado 8 años después del suceso y que tuvo una parca respuesta, “es
un misterio insondable. Marcela y Humberto fueron amantes alrededor de
un mes, tiempo suficiente para descifrar que el lazo sagrado y
misterioso que los unía eran las ganas de abrazarse hasta la muerte”.
Y continúa: “El amor se amolda a todo. Humberto amaba a Marcela.
Marcela amaba a Humberto, tanto así que en su última mirada, sólo
observaron al cielo alejarse. Allí reside la condición más pura del
amor, en rechazar al paraíso”.
lunes, 24 de febrero de 2014
La infidelidad II
Es
noche y los meseros del bar empiezan a recoger los vasos, platos,
ceniceros y botellas de alcohol de una forma sutil para orillar a los
clientes a que se retiren, uno de esos códigos que no son para todos,
menos cuando ya están borrachos. Pero poco importa, la mayoría hace caso
y van dejando generosas propinas al sonido de los músicos que también
han comenzado a empacar sus instrumentos-pese a que siempre quede el guitarrista con ínfulas de grandeza tocando algún solo desafinado de alguna canción mediocre y de moda-.
En el fondo está n ellos, una pareja rara, de esas que uno cree que no existen y puestos como un ejemplo a seguir por la co-dependencia que se han generado el uno a partir del otro. Están en su fase dipsómana puesto que se tomaron dos botellas de ron acompañadas de agua mineral. Estuvieron viéndose toda la noche, apenas cruzando palabras como si abrir la boca fuera algo prohibitivo.
El mesero les dice que ya van a cerrar. Toman la obvia indirecta y dejan 850 pesos y se van, otra vez, sin decir una sola palabra. Se han habituado al silencio y lo han logrado meter como un sinónimo de amor, de equilibrio, de solidez.
Él fuma mientras maneja. Ella le dice que no debería ir fumando porque eso es un indicativo para los policías de que es una persona de no fiar. Él no puede creer lo que escucha, pero apaga el cigarro. Sólo alcanza a murmullar que es una estupidez.
Ella, simula no escuchar para no romper ese tenúe estado de paz que los dos han creado y prende la radio. Son las 2 de la mañana por lo que sólo hay músico electrónica.
Maneja con cuidado pero está en estado etílico, lo que significa que todo se mueve, que el mundo entero se tambalea y que lo único a lo que puede acudir, es al volante, sus manos en el volante son su única brújula, el alfa y omega de las certidumbres.
Ella quiere llorar. Es el alcohol, se dice. No debí de haber tomado tanto, sé lo que me pasa. Pero llora.
Ah, el amor, tan confuso, tan impertinente. El vacío de sus palabras es tan hostil que ya ni se toman el tiempo para discutir, han caído en una indiferencia horrible.
Él sigue fantaseando con que ella lo engañe. No le haya una justificación a tan vehemente deseo-y perturbador- pero para eso la saca a los bares. Para que una noche se levante para ir al baño y cuando regrese vea a su pareja montada en un tipo promedio, gimiendo ambos, y que las manos del hombre promedio recorran todo el cuerpo de esa mujer que él dice amar.
Dice.
Lo sueña con cierta frecuencia, y ha llegado a tal punto que tiene varias teorías.
Finalmente llegan y ella se baja de forma violenta, como queriendo huir de todo lo que él le propone. La ve entrar en la casa, con el vestido rojo que le regaló en su pasado cumpleaños y con los tacones y el bolso en la mano izquierda.
Decide que no puede ir tras ella, que quizás en un mundo ideal, entraría a la habitación, le quitaría el vestido rojo y le haría el amor mientras repite incesante que la ama, que es la mujer de su vida y que jamás podría dejarla. Que es una mujer perfecta y que lamenta haber llevado su relación a este punto. Pero la vida es otra cosa y pese a que siente todas estas cosas, hay algo que le impide cumplir esa leve fantasía. Prefiere seguir pensando en cómo ella lo iba a engañar a él.
Enciende el carro y se va.
Su deseo de ser engañado responde a
A) La necesidad de tener el poder moral en la relación, de empoderarse en ese terrible juego del amor, de ser la víctima por siempre y tener la autoridad ética y amorosa sobre ella. Una herramienta tan poderosa que le daría el derecho a escoger con quien acostarse cuando el apetito sexual le regrese.
B) Una simple cuestión de masoquismo para ver si el sexo todavía es algo válido en él. Hace tres meses le confesó esta necesidad tan imbécil a un amigo suyo y éste le consiguió una película porno que hablaba del tema: “Instinto Animal 1” (tuvo dos secuelas dado el éxito), protagonizada por Amanda Suckster, galardonada por el premio Dick en 1998.
Amanda, que en la saga era una ama de casa llamada Theresa, estaba cansada de la ausencia sexual de su esposo, un policía del condado de Tallahessa que no la había tocado desde hace más de 1 año, por razones no muy bien argumentadas.
Dave, no sólo se aleja de su esposa de la forma carnal, sino también espiritual, mostrando una abulia en su matrimonio que dejaría a todos atónitos. Amanda hacía lo que podía para seducirlo, pero no había forma hasta que la triste y despechada esposa, un día cansada de tanta humillación, decide tener relaciones con el electricista que fue a arreglarle alguna luz-cliché del porno-.
El giro-y allí viene la genialidad, según él- es que Dave llegó temprano ese día y cuando vio al electricista-de cuerpo impecable siendo el epítome de lo que la masculinidad debería ser- penetrar a su esposa, el deseo sexual le regresó. Y allí empieza una trama estridente, donde tanto Dave como Amanda bajan a los mundos más sórdidos que el sexo puede tender,en una espiral imparableque va desde ritos paganos hasta el tráfico de drogas y armas-mítico el careo del grandísimo David Carradine-
¿Podría ser eso? La necesidad de ver a la mujer que supuestamente amas en los brazos de cualquier otro hombre, excepto tú, como un método para humillarse a los dos, la mujer por puta y el hombre por cobarde. Un masoquismo-o sadomasoquismo- con tintes abstractos, donde el martirio ya no supone una lapidación sino un placer exógeno.
Sus teorías eran tan absurdas que había pervertido “El desprecio” de Moravia, donde le daba un giro completo al Ulises homérico, para acomodarlo a una película-de culto, eso sí- pornográfica.
C) La tercera teoría que podía ofrecer era la más radical-a su gusto- pues el engaño sólo era la excusa perfecta para que él pudiera dejarla. Un motivo más que justificao que no pondría en duda su narcicismo y que mantendría intacta su reputación de “buen hombre”. Pero para que esta explicación tuviera sentido, era necesario tener demasiada condescendencia con ella y ser un maricón absoluto.
¿Sería tan vanidoso?
Después de dar vueltas por las calles semidesiertas que estaban bañadas de una bruma que le parecía pérfida, llegó a su casa. Allí estaba ella, dormida, botada por el alcohol. Con su rostro pálido, su cuerpo firme sin ser musculoso, curvo sin ser voluptuoso. ¿Por qué?
Lo único que podía pensar era ella engañandolo, acostada en la misma posición en la que se besaron y acostaron por primera vez. Ella haciendo los gestos, él recitando las palabras de amor eterno, con alguna canción de jazz en el fondo-porque fue en su cuarto- y con las botellas de whiskey acumulándose.
Puso un disco variado de jazz, sacó una botella de whiskey y empezó a beberla.
Seré yo, otro.
En el fondo está n ellos, una pareja rara, de esas que uno cree que no existen y puestos como un ejemplo a seguir por la co-dependencia que se han generado el uno a partir del otro. Están en su fase dipsómana puesto que se tomaron dos botellas de ron acompañadas de agua mineral. Estuvieron viéndose toda la noche, apenas cruzando palabras como si abrir la boca fuera algo prohibitivo.
El mesero les dice que ya van a cerrar. Toman la obvia indirecta y dejan 850 pesos y se van, otra vez, sin decir una sola palabra. Se han habituado al silencio y lo han logrado meter como un sinónimo de amor, de equilibrio, de solidez.
Él fuma mientras maneja. Ella le dice que no debería ir fumando porque eso es un indicativo para los policías de que es una persona de no fiar. Él no puede creer lo que escucha, pero apaga el cigarro. Sólo alcanza a murmullar que es una estupidez.
Ella, simula no escuchar para no romper ese tenúe estado de paz que los dos han creado y prende la radio. Son las 2 de la mañana por lo que sólo hay músico electrónica.
Maneja con cuidado pero está en estado etílico, lo que significa que todo se mueve, que el mundo entero se tambalea y que lo único a lo que puede acudir, es al volante, sus manos en el volante son su única brújula, el alfa y omega de las certidumbres.
Ella quiere llorar. Es el alcohol, se dice. No debí de haber tomado tanto, sé lo que me pasa. Pero llora.
Ah, el amor, tan confuso, tan impertinente. El vacío de sus palabras es tan hostil que ya ni se toman el tiempo para discutir, han caído en una indiferencia horrible.
Él sigue fantaseando con que ella lo engañe. No le haya una justificación a tan vehemente deseo-y perturbador- pero para eso la saca a los bares. Para que una noche se levante para ir al baño y cuando regrese vea a su pareja montada en un tipo promedio, gimiendo ambos, y que las manos del hombre promedio recorran todo el cuerpo de esa mujer que él dice amar.
Dice.
Lo sueña con cierta frecuencia, y ha llegado a tal punto que tiene varias teorías.
Finalmente llegan y ella se baja de forma violenta, como queriendo huir de todo lo que él le propone. La ve entrar en la casa, con el vestido rojo que le regaló en su pasado cumpleaños y con los tacones y el bolso en la mano izquierda.
Decide que no puede ir tras ella, que quizás en un mundo ideal, entraría a la habitación, le quitaría el vestido rojo y le haría el amor mientras repite incesante que la ama, que es la mujer de su vida y que jamás podría dejarla. Que es una mujer perfecta y que lamenta haber llevado su relación a este punto. Pero la vida es otra cosa y pese a que siente todas estas cosas, hay algo que le impide cumplir esa leve fantasía. Prefiere seguir pensando en cómo ella lo iba a engañar a él.
Enciende el carro y se va.
Su deseo de ser engañado responde a
A) La necesidad de tener el poder moral en la relación, de empoderarse en ese terrible juego del amor, de ser la víctima por siempre y tener la autoridad ética y amorosa sobre ella. Una herramienta tan poderosa que le daría el derecho a escoger con quien acostarse cuando el apetito sexual le regrese.
B) Una simple cuestión de masoquismo para ver si el sexo todavía es algo válido en él. Hace tres meses le confesó esta necesidad tan imbécil a un amigo suyo y éste le consiguió una película porno que hablaba del tema: “Instinto Animal 1” (tuvo dos secuelas dado el éxito), protagonizada por Amanda Suckster, galardonada por el premio Dick en 1998.
Amanda, que en la saga era una ama de casa llamada Theresa, estaba cansada de la ausencia sexual de su esposo, un policía del condado de Tallahessa que no la había tocado desde hace más de 1 año, por razones no muy bien argumentadas.
Dave, no sólo se aleja de su esposa de la forma carnal, sino también espiritual, mostrando una abulia en su matrimonio que dejaría a todos atónitos. Amanda hacía lo que podía para seducirlo, pero no había forma hasta que la triste y despechada esposa, un día cansada de tanta humillación, decide tener relaciones con el electricista que fue a arreglarle alguna luz-cliché del porno-.
El giro-y allí viene la genialidad, según él- es que Dave llegó temprano ese día y cuando vio al electricista-de cuerpo impecable siendo el epítome de lo que la masculinidad debería ser- penetrar a su esposa, el deseo sexual le regresó. Y allí empieza una trama estridente, donde tanto Dave como Amanda bajan a los mundos más sórdidos que el sexo puede tender,en una espiral imparableque va desde ritos paganos hasta el tráfico de drogas y armas-mítico el careo del grandísimo David Carradine-
¿Podría ser eso? La necesidad de ver a la mujer que supuestamente amas en los brazos de cualquier otro hombre, excepto tú, como un método para humillarse a los dos, la mujer por puta y el hombre por cobarde. Un masoquismo-o sadomasoquismo- con tintes abstractos, donde el martirio ya no supone una lapidación sino un placer exógeno.
Sus teorías eran tan absurdas que había pervertido “El desprecio” de Moravia, donde le daba un giro completo al Ulises homérico, para acomodarlo a una película-de culto, eso sí- pornográfica.
C) La tercera teoría que podía ofrecer era la más radical-a su gusto- pues el engaño sólo era la excusa perfecta para que él pudiera dejarla. Un motivo más que justificao que no pondría en duda su narcicismo y que mantendría intacta su reputación de “buen hombre”. Pero para que esta explicación tuviera sentido, era necesario tener demasiada condescendencia con ella y ser un maricón absoluto.
¿Sería tan vanidoso?
Después de dar vueltas por las calles semidesiertas que estaban bañadas de una bruma que le parecía pérfida, llegó a su casa. Allí estaba ella, dormida, botada por el alcohol. Con su rostro pálido, su cuerpo firme sin ser musculoso, curvo sin ser voluptuoso. ¿Por qué?
Lo único que podía pensar era ella engañandolo, acostada en la misma posición en la que se besaron y acostaron por primera vez. Ella haciendo los gestos, él recitando las palabras de amor eterno, con alguna canción de jazz en el fondo-porque fue en su cuarto- y con las botellas de whiskey acumulándose.
Puso un disco variado de jazz, sacó una botella de whiskey y empezó a beberla.
Seré yo, otro.
La infidelidad
Se
conocen de hace años. Sus caminos se han cruzado constantemente y en
esos intervalos tanto él como ella han coqueteado sutilmente, como un
juego secreto e íntimo que no pasa de tiernas sonrisas y sobre todo, de
la ilusión de lo que podría pasar si alguno de los dos fuera más
valiente.
Se han vuelto a encontrar en una conferencia literaria y se han vuelto a sonreír; a hurtadillas y con la ambigüedad de la cortesía común porque ambos iban acompañados de sus respectivas parejas.
La conferencia es sobre el último libro del periodista Álvaro Samaniego, titulado “El amor antes de saltar”, libro que es fruto de ocho años de recopilar información sobre el suicidio de la pareja De Preville-Villa en el infausto Hotel Tepic de la capital.
Los dos potenciales infieles pusieron su enjundia para que este libro viera la luz pública por su amistad con Samaniego, a quien conocen por distintas razones (ella fue su novia, él conocía a la suicida, aunque nunca reveló qué tanto).
Terminada la odiosa presentación del libro (reducto de los bobos, es decir los bohemians bourgois), él sale a fumar diciéndole a su pareja que necesita tomar aire. La que en un futuro podría ser infiel lo ve salir del auditorio y elegantemente-a las mujeres se les da eso-, lo sigue.
La noche está en su punto álgido, ese momento donde las luces de la ciudad parecen estáticas y la oscuridad gana su propia batalla. Y allí está él, fumando mientras ve que la mujer deseada-y no concedida- se acerca. Hablan. Y vuelven a hablar. Ya despojados del ritual pedante del coqueteo, parece que se han disminuido las barreras que los separaban y por ese instante, los dos se muestran vulnerables.
Y es que la infidelidad tiene su lenguaje y sus fases. Primero es el atractivo físico que lleva una secreta admiración. Segundo es la comparación llena de idealismos tramposos que emparejan al novio/esposo con la persona deseada y cosificada como hipótesis. Tercero es la intensificación de los gestos, las sonrisas, los roces y las palabras que llevan a la imaginación más desbordante a un precipicio siniestro y desemboca en la tautología del deseo: “La quiero porque la quiero”. Silogismo irracional e idiota pero con la fuerza de las catástrofes. Cuarto es el punto crítico y clave de la infidelidad y de la vida misma: la confrontación sin máscaras de los posibles amantes, el instante de verdad donde se comprende lo que pasará, como si ese encuentro fuera una trampa esotérica para ver el más allá del tiempo.
Y allí están ellos, hablando. Los dos un poco insatisfechos, empujándose y llevándose a rastras el uno al otro para que se de el beso o la caricia-aquí las palabras ya pierden su virtud, sólo la acción es necesaria-. Pero ¿qué es más fuerte en ellos? El teatro moral en el que están inmersos los absorbe y empapa y siembra en ellos un pánico horrible, devastador: Hacer daño a sus parejas por el hecho de expresar su inconformismo con su vida. Porque eso es la infidelidad, el capricho estático que va y viene para recordarnos que nuestra vida sufre de algo, carencia o exceso de un elemento que se nos escapa a la razón.
Allí están ellos hablando, con cigarros que parecen evaporarse en la noche hosca. Adentro, la firma de libros, la explicación de que el suicidio es una cuestión ontológico o el cliché de la cultura popular que dice que Camus planteó la verdadera pregunta de la filosofía: El suicidio como pregunta del génesis.
¿Qué será?
Se han vuelto a encontrar en una conferencia literaria y se han vuelto a sonreír; a hurtadillas y con la ambigüedad de la cortesía común porque ambos iban acompañados de sus respectivas parejas.
La conferencia es sobre el último libro del periodista Álvaro Samaniego, titulado “El amor antes de saltar”, libro que es fruto de ocho años de recopilar información sobre el suicidio de la pareja De Preville-Villa en el infausto Hotel Tepic de la capital.
Los dos potenciales infieles pusieron su enjundia para que este libro viera la luz pública por su amistad con Samaniego, a quien conocen por distintas razones (ella fue su novia, él conocía a la suicida, aunque nunca reveló qué tanto).
Terminada la odiosa presentación del libro (reducto de los bobos, es decir los bohemians bourgois), él sale a fumar diciéndole a su pareja que necesita tomar aire. La que en un futuro podría ser infiel lo ve salir del auditorio y elegantemente-a las mujeres se les da eso-, lo sigue.
La noche está en su punto álgido, ese momento donde las luces de la ciudad parecen estáticas y la oscuridad gana su propia batalla. Y allí está él, fumando mientras ve que la mujer deseada-y no concedida- se acerca. Hablan. Y vuelven a hablar. Ya despojados del ritual pedante del coqueteo, parece que se han disminuido las barreras que los separaban y por ese instante, los dos se muestran vulnerables.
Y es que la infidelidad tiene su lenguaje y sus fases. Primero es el atractivo físico que lleva una secreta admiración. Segundo es la comparación llena de idealismos tramposos que emparejan al novio/esposo con la persona deseada y cosificada como hipótesis. Tercero es la intensificación de los gestos, las sonrisas, los roces y las palabras que llevan a la imaginación más desbordante a un precipicio siniestro y desemboca en la tautología del deseo: “La quiero porque la quiero”. Silogismo irracional e idiota pero con la fuerza de las catástrofes. Cuarto es el punto crítico y clave de la infidelidad y de la vida misma: la confrontación sin máscaras de los posibles amantes, el instante de verdad donde se comprende lo que pasará, como si ese encuentro fuera una trampa esotérica para ver el más allá del tiempo.
Y allí están ellos, hablando. Los dos un poco insatisfechos, empujándose y llevándose a rastras el uno al otro para que se de el beso o la caricia-aquí las palabras ya pierden su virtud, sólo la acción es necesaria-. Pero ¿qué es más fuerte en ellos? El teatro moral en el que están inmersos los absorbe y empapa y siembra en ellos un pánico horrible, devastador: Hacer daño a sus parejas por el hecho de expresar su inconformismo con su vida. Porque eso es la infidelidad, el capricho estático que va y viene para recordarnos que nuestra vida sufre de algo, carencia o exceso de un elemento que se nos escapa a la razón.
Allí están ellos hablando, con cigarros que parecen evaporarse en la noche hosca. Adentro, la firma de libros, la explicación de que el suicidio es una cuestión ontológico o el cliché de la cultura popular que dice que Camus planteó la verdadera pregunta de la filosofía: El suicidio como pregunta del génesis.
¿Qué será?
Imbécil
Por
costumbre escucha la radio todas las mañanas, lee el periódico a
mediodía y ve la televisión en la noche. No mucho tiempo, 30 minutos-20
minutos-45 minutos. En total 95 minutos gastado de las 24 horas al día
de las que todos disponemos.
Aburrido y hasta cierto punto motivado por la envidia, va a la papelería a comprar cartulinas, hojas blancas, sobres, plumas de punta fina y marcadores para rotular su mensaje. ¿Por qué lo va a hacer? Se justifica pensando que tiene algo de poético y que su mensaje tocará las entrañas de los destinatarios y que al menos, reducirán su nivel de imbecilidad.
En total serán 5 personas a quien les mandará carta y cartel. Dos periodistas (uno de radio-uno de televisión), un escritor que tiene su columna en uno de los periódicos, un achichincle de un político famosillo y la quinta persona es él.
Decidió incluirse en la infausta lista como un mecanismo para no tomar el papel de juez y parte y tener cierta autoridad moral a la hora de enfrentar las consecuencias de sus diatribas. Trabajó toda la noche redactando cada una de las cartas y cada uno de los anuncios, así como la forma más devastadora para hacérselos llegar.
Maldita conciencia. Sólo sabe que su 'paquete', es decir, el que se ha dirigido a sí mismo, es el único que tiene garantizado su efecto. Los otros cuatro podrán ser ignorados, obviados y quizás en el mejor de los casos, traerán una leve reflexión. No más. Pero lo tiene que hacer, aunque sea para advertirles que su auditorio no es el vacío, que la desestimación que hacen de ellos-masa receptora- no son un ejército de zombies-aunque a veces lo parezca-.
Hay que quitar del imaginario colectivo la idea que se tiene de quien escuha/ve/lee ocupa como razonamiento supremo: “Es verdad porque lo dijeron en la radio/tele/periódico”.
Cierto que su intensión no es humillar sino una invitación-un tanto hosca- a que tomen un examen de conciencia y vean que lo que están haciendo es un ejercicio lleno de trampas, matando ideologías, esperanzas y en suma, una tarea que está alejada de educar a la sociedad (una artimaña maximalista).
Antes de empezar tiene que preguntarse quién es él para asumir rol de verdugo, o el porqué apoderarse de un papel de crítico y actuar en consecuencia. ¿Es suficiente el haberse incluido en la lista? ¿o es una cobardía odiosa?
Da igual, lo tiene que hacer. Escribe con el marcador en cada cartulina: I-M-B-É-C-I-L y abajo el nombre del destinatario.
El locutor de radio fue seleccionado por su prepotencia y por el exceso que su ego parece haberse tomado como licencia para hacer lo que quiera. Autonombrado como el mayor disidente del paisaje mediático, el locutor ha pecado (ay, esa pontificación, ese complejo de justicia inventada) de hipocrecía, de darse baños de pueblo, de confesar en la intimidad posturas progresistas para luego callar lo que a las élites no les conviene. Es un periodista tramposo. Un perro de caza domesticado para atacar a quien tiene una luz de peligro puesta por los grandes oligarcas y que como premio por esta supuesta valentía, le permiten criticar pequeños grandes temas.
El de la televisión no es mejor-aunque tampoco se puede decir que peor-: es un faldero que ni siquiera sale a investigar. Llega al estudio a las 4 de la tarde donde ya le tienen preparada qué es lo que va a decir: Una lista de notas informativas que han hecho el resto de los reporteros-con quien no tiene contacto pero forman parte de la omnívora cadena de la información desinformada-. A las 8 de la noche empieza el ritual del maquillaje: polvos para tapar las arrugas que empiezan a asomar, sombra en los ojos para disimular la borrachera de la noche anterior-con el jefe de información del alcalde-, una camisa Armani y una corbata impecablemente limpia y que-sorpresa- combina. Se pone el teleprompter y jerarquizan la información (cero información de los yaquis, ¿lo de Michoacán? Una hipérbole, eso sí, como nota principal el premio que ha ganado la ciudad como la que mejores puentes tiene y las bondades económicos que traerán seguido de una monotemática nota roja que deja de lado como fenómeno de violencia viral, para sólo señalar el morbo, pan de su público).
El escritor va por los mismos derroteros, su última columna fue acerca de la ilegalidad de todos los movimientos sociales, que él señala con ese sospechosismo-deporte nacional: ¿Quién está detrás de ellos?- tan mexicano de igualar a los que responden la ofensa con quien la empieza. Aparte de eso, el escritor-un bohemio estereotipado- es uno de los fundadores de un movimiento literario que aboga por el snobismo. Así, sus columnas aparte de que retóricamente son insoportables, su estilo lo es aún más.
Y finalmente, el diablo. El achichincle del importante político. Un hombre maquiavélico por estúpido que parezca. Un imbécil sin igual. Aquel que falsea, que miente, que lleva a su jefe(o boss, como él le dice) a las cotas más altas del pastelero exhibicionismo. Fotos, fotos, videos, publireportajes a color (100 mil pesos de costo) sobre la filantrópica labor del político importante. El diablo. La sublimación de lo gandalla, lo escondido, lo secreto y lo hipócrita. La muerte en grande, las moribundas ideologías que dan paso al mundo de la imagen. El falseamiento sagaz, sin tiempo a sutilidades. La campaña en fragmentos, las cenas con periodistas, las comidas de 20 minutos con la gente (eufemismo) y los puros y las risas enlatadas y sonrisas maquinales. “Haz esto, haz lo otro. Sonríe. Saluda. Di esto”. Titiritero bastardo, poder adjudicado.
Y finalmente él. Pero él se tatúa la palabra imbécil. Porque en realidad también lo es
Aburrido y hasta cierto punto motivado por la envidia, va a la papelería a comprar cartulinas, hojas blancas, sobres, plumas de punta fina y marcadores para rotular su mensaje. ¿Por qué lo va a hacer? Se justifica pensando que tiene algo de poético y que su mensaje tocará las entrañas de los destinatarios y que al menos, reducirán su nivel de imbecilidad.
En total serán 5 personas a quien les mandará carta y cartel. Dos periodistas (uno de radio-uno de televisión), un escritor que tiene su columna en uno de los periódicos, un achichincle de un político famosillo y la quinta persona es él.
Decidió incluirse en la infausta lista como un mecanismo para no tomar el papel de juez y parte y tener cierta autoridad moral a la hora de enfrentar las consecuencias de sus diatribas. Trabajó toda la noche redactando cada una de las cartas y cada uno de los anuncios, así como la forma más devastadora para hacérselos llegar.
Maldita conciencia. Sólo sabe que su 'paquete', es decir, el que se ha dirigido a sí mismo, es el único que tiene garantizado su efecto. Los otros cuatro podrán ser ignorados, obviados y quizás en el mejor de los casos, traerán una leve reflexión. No más. Pero lo tiene que hacer, aunque sea para advertirles que su auditorio no es el vacío, que la desestimación que hacen de ellos-masa receptora- no son un ejército de zombies-aunque a veces lo parezca-.
Hay que quitar del imaginario colectivo la idea que se tiene de quien escuha/ve/lee ocupa como razonamiento supremo: “Es verdad porque lo dijeron en la radio/tele/periódico”.
Cierto que su intensión no es humillar sino una invitación-un tanto hosca- a que tomen un examen de conciencia y vean que lo que están haciendo es un ejercicio lleno de trampas, matando ideologías, esperanzas y en suma, una tarea que está alejada de educar a la sociedad (una artimaña maximalista).
Antes de empezar tiene que preguntarse quién es él para asumir rol de verdugo, o el porqué apoderarse de un papel de crítico y actuar en consecuencia. ¿Es suficiente el haberse incluido en la lista? ¿o es una cobardía odiosa?
Da igual, lo tiene que hacer. Escribe con el marcador en cada cartulina: I-M-B-É-C-I-L y abajo el nombre del destinatario.
El locutor de radio fue seleccionado por su prepotencia y por el exceso que su ego parece haberse tomado como licencia para hacer lo que quiera. Autonombrado como el mayor disidente del paisaje mediático, el locutor ha pecado (ay, esa pontificación, ese complejo de justicia inventada) de hipocrecía, de darse baños de pueblo, de confesar en la intimidad posturas progresistas para luego callar lo que a las élites no les conviene. Es un periodista tramposo. Un perro de caza domesticado para atacar a quien tiene una luz de peligro puesta por los grandes oligarcas y que como premio por esta supuesta valentía, le permiten criticar pequeños grandes temas.
El de la televisión no es mejor-aunque tampoco se puede decir que peor-: es un faldero que ni siquiera sale a investigar. Llega al estudio a las 4 de la tarde donde ya le tienen preparada qué es lo que va a decir: Una lista de notas informativas que han hecho el resto de los reporteros-con quien no tiene contacto pero forman parte de la omnívora cadena de la información desinformada-. A las 8 de la noche empieza el ritual del maquillaje: polvos para tapar las arrugas que empiezan a asomar, sombra en los ojos para disimular la borrachera de la noche anterior-con el jefe de información del alcalde-, una camisa Armani y una corbata impecablemente limpia y que-sorpresa- combina. Se pone el teleprompter y jerarquizan la información (cero información de los yaquis, ¿lo de Michoacán? Una hipérbole, eso sí, como nota principal el premio que ha ganado la ciudad como la que mejores puentes tiene y las bondades económicos que traerán seguido de una monotemática nota roja que deja de lado como fenómeno de violencia viral, para sólo señalar el morbo, pan de su público).
El escritor va por los mismos derroteros, su última columna fue acerca de la ilegalidad de todos los movimientos sociales, que él señala con ese sospechosismo-deporte nacional: ¿Quién está detrás de ellos?- tan mexicano de igualar a los que responden la ofensa con quien la empieza. Aparte de eso, el escritor-un bohemio estereotipado- es uno de los fundadores de un movimiento literario que aboga por el snobismo. Así, sus columnas aparte de que retóricamente son insoportables, su estilo lo es aún más.
Y finalmente, el diablo. El achichincle del importante político. Un hombre maquiavélico por estúpido que parezca. Un imbécil sin igual. Aquel que falsea, que miente, que lleva a su jefe(o boss, como él le dice) a las cotas más altas del pastelero exhibicionismo. Fotos, fotos, videos, publireportajes a color (100 mil pesos de costo) sobre la filantrópica labor del político importante. El diablo. La sublimación de lo gandalla, lo escondido, lo secreto y lo hipócrita. La muerte en grande, las moribundas ideologías que dan paso al mundo de la imagen. El falseamiento sagaz, sin tiempo a sutilidades. La campaña en fragmentos, las cenas con periodistas, las comidas de 20 minutos con la gente (eufemismo) y los puros y las risas enlatadas y sonrisas maquinales. “Haz esto, haz lo otro. Sonríe. Saluda. Di esto”. Titiritero bastardo, poder adjudicado.
Y finalmente él. Pero él se tatúa la palabra imbécil. Porque en realidad también lo es
Los viudos
Desde
hace 6 años se levanta a la misma hora, de lunes a domingo sin dar
tregua a esa rutina que ha adquirido desde que murió su esposa. Tiene
tres hijos a los que apoyar, hijos que vivieron dentro de la burbuja
materna y que son un compendio de errores: neuróticos, depresivos,
histéricos, flojos y a menudo irresponsables.
Y él, viudo, violentamente viudo, corrigiéndose a sí mismo mañana tras mañana, con insomnios incalculables que lo hacen estar despierto hasta entrada la madrugada escuchando música para no pensar en su difunta esposa, aguantando el llanto porque su educación, su idea de virilidad y de paternidad y su secreto orgullo no se lo permite.
Los viudos pierden cierta parte de su identidad en orden de colocarse en un escalón superior de moralidad. Se pierden entre la densa bruma de la memoria y se llena de nostalgia, de tristeza programada, de rencor incontrolable y por supuesto, del heroísmo magnético de ser padre-madre o viceversa.
Pero lo que los hijos y el resto del mundo no entiende es el nicho donde descansa su amor por la persona que ya no está, su matrimonio queda en un segundo plano, uno que tiende al olvido para todos menos para él. Y allí viene el gran drama para los viudos, el de defenderse a capa y espada. La muerte de la pareja lo convierte automáticamente en el verdugo velado de la relación, en el villano que tiene que cargar con todos los errores, los arrepentimientos, los recuerdos tatuados que se van desvirtuando a medida que se repiten.
Los viudos son heroícos, una especie de Atlas que carga con el peso de la materia con la que está hecho el arrepentimiento y tiene que callar, y al menos con el círculo de allegados-hijos, familia, amigos, colegas- adquirir el papel del malo porque compite con la figura ausente, con la pareja difunta que tiene como medida inherente la idealización. Porque la muerte tiene como efecto secundario ese fenómeno de borrar los defectos cuando se prepara el cuerpo para la velación. Y las virtudes se radicalizan por el estado vulnerable.
Esta fascinación a idealizar a quien muere es la respuesta humana al miedo de la ausencia y es un moneda de cambio para cuando morimos: Recibir el mismo pago, la misma idealización en la ruleta sin fin que es la vida: al menos irnos dejando un buen recuerdo. Al cabo, somos un animal de apariencia.
Y ¿cómo puede competir él con ella-difunta-? Es una competencia perdida de antemano, una injusticia con la que estará en desacuerdo pero que lo marcará de por vida. Por eso los insomnios, por eso el recelo, por eso la depresión. Porque en las parejas que se aman pasado mucho tiempo-condición única y necesaria-, la muerte es una traición, es una claudicación temeraria.
Hasta que la muerte los separe.
Tanto que tenían por vivir aunque su matrimonio estuviera enfrascado en diferentes frentes de pelea. Los dos veían el matrimonio como una cruz con la cual cargar hasta el final del tiempo, pero se amaban y habían construido una familia-FAMILIA- y ahora ella ya no estaba. Quedaba su ropa, su maquillaje, sus cosas, sus procedimientos de limpieza, su idea y su ausencia.
Y los viudos son héroes. Son mártires silenciosos, perdedores crónicos a los que sólo le queda defenderse de forma estoica.
Y él, viudo, violentamente viudo, corrigiéndose a sí mismo mañana tras mañana, con insomnios incalculables que lo hacen estar despierto hasta entrada la madrugada escuchando música para no pensar en su difunta esposa, aguantando el llanto porque su educación, su idea de virilidad y de paternidad y su secreto orgullo no se lo permite.
Los viudos pierden cierta parte de su identidad en orden de colocarse en un escalón superior de moralidad. Se pierden entre la densa bruma de la memoria y se llena de nostalgia, de tristeza programada, de rencor incontrolable y por supuesto, del heroísmo magnético de ser padre-madre o viceversa.
Pero lo que los hijos y el resto del mundo no entiende es el nicho donde descansa su amor por la persona que ya no está, su matrimonio queda en un segundo plano, uno que tiende al olvido para todos menos para él. Y allí viene el gran drama para los viudos, el de defenderse a capa y espada. La muerte de la pareja lo convierte automáticamente en el verdugo velado de la relación, en el villano que tiene que cargar con todos los errores, los arrepentimientos, los recuerdos tatuados que se van desvirtuando a medida que se repiten.
Los viudos son heroícos, una especie de Atlas que carga con el peso de la materia con la que está hecho el arrepentimiento y tiene que callar, y al menos con el círculo de allegados-hijos, familia, amigos, colegas- adquirir el papel del malo porque compite con la figura ausente, con la pareja difunta que tiene como medida inherente la idealización. Porque la muerte tiene como efecto secundario ese fenómeno de borrar los defectos cuando se prepara el cuerpo para la velación. Y las virtudes se radicalizan por el estado vulnerable.
Esta fascinación a idealizar a quien muere es la respuesta humana al miedo de la ausencia y es un moneda de cambio para cuando morimos: Recibir el mismo pago, la misma idealización en la ruleta sin fin que es la vida: al menos irnos dejando un buen recuerdo. Al cabo, somos un animal de apariencia.
Y ¿cómo puede competir él con ella-difunta-? Es una competencia perdida de antemano, una injusticia con la que estará en desacuerdo pero que lo marcará de por vida. Por eso los insomnios, por eso el recelo, por eso la depresión. Porque en las parejas que se aman pasado mucho tiempo-condición única y necesaria-, la muerte es una traición, es una claudicación temeraria.
Hasta que la muerte los separe.
Tanto que tenían por vivir aunque su matrimonio estuviera enfrascado en diferentes frentes de pelea. Los dos veían el matrimonio como una cruz con la cual cargar hasta el final del tiempo, pero se amaban y habían construido una familia-FAMILIA- y ahora ella ya no estaba. Quedaba su ropa, su maquillaje, sus cosas, sus procedimientos de limpieza, su idea y su ausencia.
Y los viudos son héroes. Son mártires silenciosos, perdedores crónicos a los que sólo le queda defenderse de forma estoica.
El salto
Pitol
escribía que Reyes escribía que Stevenson escribía que la mejor
educación para un escritor novel era la imitación: leer y releer las
obras de los escritores favoritos-sean quien sean- y mimetizar el estilo
con base en la identificación de los recursos narrativos, estilísticos;
los temas de dichos autores, las neuróticas repeticiones de alguna
palabra-Simonen por decir algo utiliza la palabra
decimonónico 72 veces en su libro “El testamento”-, las motivaciones
que impulsan a los personajes o los escenarios que los hacen ser únicos.
De allí, escribir o tratar de escribir de manera similar, es decir,
poner escenarios que contengan las mismas características y personajes
que sean capaces de igualar los arrebatos de las figuras a quien copian.
Tarea nada fácil, señala el grandísimo escritor veracruzano, pero que
sirve como herramienta ilusoria para evitar las crisis de identidad de
los estetas.
Una vez que más o menos se domine el estilo, Pitol (o Reyes o Stevenson) aconseja tratar de encontrar su propia voz, su propio ritmo y sus propios temas; acomplejarse por los mismos temas que los autores amados es una viguería horrenda y es cometer suicidio de antemano.
Tener el vértigo de dar el salto hacia la propia literatura, ese apoderamiento de una voz que lleva reclamando mucho tiempo. Ése es el impulso originario (Lowry decía algo similar, Malraux es un titánica Condición humana también esgrimía que la pureza de la originalidad era un pecado).
¿Pero qué pasa cuando no se evita la crisis?
Tomemos el lugar de un escritor novato que nunca se ha dado el tiempo o espacio para dar el gran salto para iniciar la búsqueda de su propia e indisoluble voz. Peor aún: cuando sí se atrevió y entendió que no había nada allí donde tendría que empezar su odisea literaria. Que la voz personal e íntima prometida por Pitol-y tantos otros- está ausente, quizás por extravío o como profecía apocalíptica, nunca iba a estar allí. He allí el problema. Que el escritor novato sobresalga como un gran mimetizador-a veces parodeando- de sus autores favoritos, con prosa elegante, académicamente intachable, temáticamente profundo, humanamente comprometido, acomodando personajes a los arquetipos mil veces diseñados (Borges, Bioy, Marías, Baroja, Kundera, por allí Antunes) para sólo darse cuenta que bien podría ser un autómata.
Allí la crisis. Esa desesperanza de querer iniciar un texto (titulado La siniestra inmortalidad de mi nostalgia, enviado a concursos nacionales) y no tener nada y tener que recurrir a la relectura de los libros que te han marcado, oscultando entre las primeras líneas algo que te pudiera servir.
Y así empiezas:
“Recuerdo Córdoba con tristeza: las mujeres van perfectamente atadas las unas a las otras y venden su amor como si estuvieran enjauladas”. Mezcla incondicional de todos los libros que has leído.
Qué crisis. Revuelves el fondo de tu memoria para ver si hay algo rescatable pero sólo existen fragmentos de películas y libros y fotografías convenientemente relacionadas. Tu memoria como un instrumento vago e ineficaz. Puedes escribir de tu familia o de ti mismo, de tu, ahora sí, inmortal ego que se ha desnutrido en los últimos días. Pero es una ordinariez, un sinsabor y una traición a los grandes temas que te has puesto como objetivo: La muerte, el amor, la soledad, la vida posmoderna.
Saltar y llegar al otro lado sólo para ver que no hay nada. Que sólo has iniciado el proceso de alopecia y que ya ni leer te ampara de tamaño castigo. Enfrentarte a la tragedia más simple: no eres bueno para esto.
Y tus neuróticas conquistas empezarán a ganar terreno, a convertirte en el hombre más odioso de toda la ciudad, que la ciudad que te de asilo, improbable, tendrá que llenarse de pesimismo sólo para recalcarte lo idiota que eres.
Una vez que más o menos se domine el estilo, Pitol (o Reyes o Stevenson) aconseja tratar de encontrar su propia voz, su propio ritmo y sus propios temas; acomplejarse por los mismos temas que los autores amados es una viguería horrenda y es cometer suicidio de antemano.
Tener el vértigo de dar el salto hacia la propia literatura, ese apoderamiento de una voz que lleva reclamando mucho tiempo. Ése es el impulso originario (Lowry decía algo similar, Malraux es un titánica Condición humana también esgrimía que la pureza de la originalidad era un pecado).
¿Pero qué pasa cuando no se evita la crisis?
Tomemos el lugar de un escritor novato que nunca se ha dado el tiempo o espacio para dar el gran salto para iniciar la búsqueda de su propia e indisoluble voz. Peor aún: cuando sí se atrevió y entendió que no había nada allí donde tendría que empezar su odisea literaria. Que la voz personal e íntima prometida por Pitol-y tantos otros- está ausente, quizás por extravío o como profecía apocalíptica, nunca iba a estar allí. He allí el problema. Que el escritor novato sobresalga como un gran mimetizador-a veces parodeando- de sus autores favoritos, con prosa elegante, académicamente intachable, temáticamente profundo, humanamente comprometido, acomodando personajes a los arquetipos mil veces diseñados (Borges, Bioy, Marías, Baroja, Kundera, por allí Antunes) para sólo darse cuenta que bien podría ser un autómata.
Allí la crisis. Esa desesperanza de querer iniciar un texto (titulado La siniestra inmortalidad de mi nostalgia, enviado a concursos nacionales) y no tener nada y tener que recurrir a la relectura de los libros que te han marcado, oscultando entre las primeras líneas algo que te pudiera servir.
Y así empiezas:
“Recuerdo Córdoba con tristeza: las mujeres van perfectamente atadas las unas a las otras y venden su amor como si estuvieran enjauladas”. Mezcla incondicional de todos los libros que has leído.
Qué crisis. Revuelves el fondo de tu memoria para ver si hay algo rescatable pero sólo existen fragmentos de películas y libros y fotografías convenientemente relacionadas. Tu memoria como un instrumento vago e ineficaz. Puedes escribir de tu familia o de ti mismo, de tu, ahora sí, inmortal ego que se ha desnutrido en los últimos días. Pero es una ordinariez, un sinsabor y una traición a los grandes temas que te has puesto como objetivo: La muerte, el amor, la soledad, la vida posmoderna.
Saltar y llegar al otro lado sólo para ver que no hay nada. Que sólo has iniciado el proceso de alopecia y que ya ni leer te ampara de tamaño castigo. Enfrentarte a la tragedia más simple: no eres bueno para esto.
Y tus neuróticas conquistas empezarán a ganar terreno, a convertirte en el hombre más odioso de toda la ciudad, que la ciudad que te de asilo, improbable, tendrá que llenarse de pesimismo sólo para recalcarte lo idiota que eres.
París
París
Uno de los efectos secundarios más absurdos del enamoramiento es la ilusión de ir a pasar unos días a París, esa eterna ciudad del amor sin estaciones, construida para amantes pasajeros que semanas después ya no se soportan por el horrible ritual de la rutina del día a día. Ir a París. Así de homogenizados estamos todos, abducidos por la estupidez absoluta y la mentira mejor contada: Encontrar a la persona que te complementa.
París. Pasear tomados de la mano por los Campos Eliseos, tomarse un sinfin de fotos en la Torre Eiffel, entrar al Louvre aparentando saber de arte dándole concesión a tu estúpido ego hablando acerca del post-impresionismo y de los cánones estéticos teorizados por los griegos y rotos por la evolución humana mientras esperas en la kilométrica fila sólo para ver a la Mona Lisa.
París, la ciudad de los amantes desolados que buscan acostarse con la persona que 8 mil kilómetros antes te parecía una odisea y ahora, 8 mil kilómetros después, adquiere un matiz de alguna Odalisca, quizás pintada por Matisse: ligeramente robusta, serena y llena de vida, que te acompaña en una ciudad que, pasado el encanto, te deprime.
Pero tu vida es aún más absurda y por eso tu París es una calle adoquinada en Coyoacán, en la Ciudad de México, y tu odalisca es un mujer rarísima que colinda, de forma eterna, con el paroxismo de la vanidad y el engaño como atractivo.
El enamoramiento.-que no amor- comenzó una noche de alcoholismo. Estaban en un bar y el coqueteo intrínseco de esos lugares era tan efímero como lo es el resto de los enamoramientos. Recuerda esa noche con una sonrisa. Ella llevaba un vestido amarillo que caía hasta sus rodillas-algo chuecas- e iba y venía por su mesa. Pasaba ella, tomaba él. Y el bar y la noche como telones de fondo.
Hacía el filo de la madrugada estuvieron juntos, alargando las conversaciones hasta el alba, no queriendo despedirse. Amor, desamor, literatura, el cruel tormento de las palabras que no significan nada pero dichas con una sola intensión: Encamarse para ver si la soledad, ese monstruo que ataca en el insomnio, desaparece tan sólo un instante, el que dura el hecho.
Pero no. Se despiden. ¿Podrá ser que las palabras hayan significado algo más? ¿ que aplazar el carnaval de lo carnal, el placer efímero y que en última instancia te hace odiarte más pueda ser una panacea emocional? ¿vale la pena intentarlo?
Es lo que pasa cuando dos mitómanos se encuentran y se relatan pensamientos y sentimientos inventados. Como paradoja, las mentiras que se cuentan el uno al otro, adquieren una veracidad y una certificación de auténtico que resopla vida misma. Realidad.
Se ven, se enamoran-engaños mediante- y no hay día en el que no se vean. Largos monólogos que se hacen con la complacencia del cigarros, del café, del alcohol y sobre todo, del acuerdo tácito del enamoramiento. Engañar al otro para que te engañe a ti. Un horrible laberinto.
Y el final es el que todos conocemos: el aburrimiento de eso. Porque aunque la ilusión permanece fundada en la mentira, el final es el mismo para todos: No hay herramienta amatoria que valga: Todo mundo se aburre y el enamoramiento se cansa, se agota y un día, todo se extingue.
Ella lo engaña con otro. Sexo. Ella sale de ese pequeño juego para adquirir algo real, con tantos como se le antoje. ¿Él? Una simple simulación de algo real, una figura famélica que ella ya no está dispuesta a aceptar, ni aunque le sirva como alimento a sus triquiñuelas.
Su despedida fue: “Alguna vez estaremos a París”. Otra promesa hecha desde las entrañas de la ilusión. Las palabras sin consecuencias que tienden a ser meros juegos.
Así se dejan de ver. Con la temeraria esperanza de la ciudad eterna.
II
La mejor definición de lo que es la vida la da el erudito Sebastian Alberoni en su ensayo “La noche de los mártires”, escrito en 1997 en su natal Rímini cuando, envilecido por la proximidad de su muerte, relata en su última hoja que todo lo que ha vivido es sólo un reflejo construido por miles de espejos, cada cual más distorsionado que el anterior y que como tal, no se lleva nada de él al otro mundo.
La vida como una casa de los espejos siniestra que nos refleja infinitamente y no sólo a nosotros sino todo lo que creemos que nos pertenece.
Así que la promesa de estar juntos en París se cumple, no con la exactitud y ni siquiera la prontitud sino que se fue marinando en el tiempo, en la historia que tendría que tener una conclusión mucho más poética que la simple voluntad del dejarse de ver, dejarse de buscar abandonando las mitomanías correosas que los encarcelan a la vez que los liberan.
París. Sinónimo de conclusión para ellos. Es en el DF. Ella se fue a vivir allá y él fue de vacaciones. Ninguna notificación, ningún amago de comunicar que coincidían en el tiempo y espacio. Pero se encontraron...puta vida y sus espejos distorsionados.
Y cuando se encontraron ella lo invita a su casa. Vivo en París, subraya de forma lacónica, con su voz contenida por la diversión de la coincidencia.
Él aceptará ir a su departamento. Lo hará sólo por el morbo que supone estar en París con ella. No iba a ser muy diferente de lo que tenía que ocurrir en la ciudad de los amantes desviados. Consumar y consumirse a sí mismos. Poco más.
¿Enamoramiento?
Para nada. Subirá a ese departamento-casi-ático que está adornado con pinturas de Matisse y se despojará de su identidad para dejar de mentir y que ella haga lo mismo, que sólo sea un deporte vacío, sin interés alguno donde el discurso de despedida ser la contracción de los músculos y la teoría de que sólo somos carne en su inexorable proceso de perdición. ¿Amor?
Pero ocurre lo impensable: la renuncia al final, el síndrome de no concluir lo que tiene que tener un último capítulo. La cobardía pervertida y mutada en decencia. Se niega pese a que ella insiste-. Sutilmente- en que vayan a París.
Un taxi. Lléveme a donde sea menos a París. Y el final abierto, como insistía H. Bloom cuando no se tiene talento.
Uno de los efectos secundarios más absurdos del enamoramiento es la ilusión de ir a pasar unos días a París, esa eterna ciudad del amor sin estaciones, construida para amantes pasajeros que semanas después ya no se soportan por el horrible ritual de la rutina del día a día. Ir a París. Así de homogenizados estamos todos, abducidos por la estupidez absoluta y la mentira mejor contada: Encontrar a la persona que te complementa.
París. Pasear tomados de la mano por los Campos Eliseos, tomarse un sinfin de fotos en la Torre Eiffel, entrar al Louvre aparentando saber de arte dándole concesión a tu estúpido ego hablando acerca del post-impresionismo y de los cánones estéticos teorizados por los griegos y rotos por la evolución humana mientras esperas en la kilométrica fila sólo para ver a la Mona Lisa.
París, la ciudad de los amantes desolados que buscan acostarse con la persona que 8 mil kilómetros antes te parecía una odisea y ahora, 8 mil kilómetros después, adquiere un matiz de alguna Odalisca, quizás pintada por Matisse: ligeramente robusta, serena y llena de vida, que te acompaña en una ciudad que, pasado el encanto, te deprime.
Pero tu vida es aún más absurda y por eso tu París es una calle adoquinada en Coyoacán, en la Ciudad de México, y tu odalisca es un mujer rarísima que colinda, de forma eterna, con el paroxismo de la vanidad y el engaño como atractivo.
El enamoramiento.-que no amor- comenzó una noche de alcoholismo. Estaban en un bar y el coqueteo intrínseco de esos lugares era tan efímero como lo es el resto de los enamoramientos. Recuerda esa noche con una sonrisa. Ella llevaba un vestido amarillo que caía hasta sus rodillas-algo chuecas- e iba y venía por su mesa. Pasaba ella, tomaba él. Y el bar y la noche como telones de fondo.
Hacía el filo de la madrugada estuvieron juntos, alargando las conversaciones hasta el alba, no queriendo despedirse. Amor, desamor, literatura, el cruel tormento de las palabras que no significan nada pero dichas con una sola intensión: Encamarse para ver si la soledad, ese monstruo que ataca en el insomnio, desaparece tan sólo un instante, el que dura el hecho.
Pero no. Se despiden. ¿Podrá ser que las palabras hayan significado algo más? ¿ que aplazar el carnaval de lo carnal, el placer efímero y que en última instancia te hace odiarte más pueda ser una panacea emocional? ¿vale la pena intentarlo?
Es lo que pasa cuando dos mitómanos se encuentran y se relatan pensamientos y sentimientos inventados. Como paradoja, las mentiras que se cuentan el uno al otro, adquieren una veracidad y una certificación de auténtico que resopla vida misma. Realidad.
Se ven, se enamoran-engaños mediante- y no hay día en el que no se vean. Largos monólogos que se hacen con la complacencia del cigarros, del café, del alcohol y sobre todo, del acuerdo tácito del enamoramiento. Engañar al otro para que te engañe a ti. Un horrible laberinto.
Y el final es el que todos conocemos: el aburrimiento de eso. Porque aunque la ilusión permanece fundada en la mentira, el final es el mismo para todos: No hay herramienta amatoria que valga: Todo mundo se aburre y el enamoramiento se cansa, se agota y un día, todo se extingue.
Ella lo engaña con otro. Sexo. Ella sale de ese pequeño juego para adquirir algo real, con tantos como se le antoje. ¿Él? Una simple simulación de algo real, una figura famélica que ella ya no está dispuesta a aceptar, ni aunque le sirva como alimento a sus triquiñuelas.
Su despedida fue: “Alguna vez estaremos a París”. Otra promesa hecha desde las entrañas de la ilusión. Las palabras sin consecuencias que tienden a ser meros juegos.
Así se dejan de ver. Con la temeraria esperanza de la ciudad eterna.
II
La mejor definición de lo que es la vida la da el erudito Sebastian Alberoni en su ensayo “La noche de los mártires”, escrito en 1997 en su natal Rímini cuando, envilecido por la proximidad de su muerte, relata en su última hoja que todo lo que ha vivido es sólo un reflejo construido por miles de espejos, cada cual más distorsionado que el anterior y que como tal, no se lleva nada de él al otro mundo.
La vida como una casa de los espejos siniestra que nos refleja infinitamente y no sólo a nosotros sino todo lo que creemos que nos pertenece.
Así que la promesa de estar juntos en París se cumple, no con la exactitud y ni siquiera la prontitud sino que se fue marinando en el tiempo, en la historia que tendría que tener una conclusión mucho más poética que la simple voluntad del dejarse de ver, dejarse de buscar abandonando las mitomanías correosas que los encarcelan a la vez que los liberan.
París. Sinónimo de conclusión para ellos. Es en el DF. Ella se fue a vivir allá y él fue de vacaciones. Ninguna notificación, ningún amago de comunicar que coincidían en el tiempo y espacio. Pero se encontraron...puta vida y sus espejos distorsionados.
Y cuando se encontraron ella lo invita a su casa. Vivo en París, subraya de forma lacónica, con su voz contenida por la diversión de la coincidencia.
Él aceptará ir a su departamento. Lo hará sólo por el morbo que supone estar en París con ella. No iba a ser muy diferente de lo que tenía que ocurrir en la ciudad de los amantes desviados. Consumar y consumirse a sí mismos. Poco más.
¿Enamoramiento?
Para nada. Subirá a ese departamento-casi-ático que está adornado con pinturas de Matisse y se despojará de su identidad para dejar de mentir y que ella haga lo mismo, que sólo sea un deporte vacío, sin interés alguno donde el discurso de despedida ser la contracción de los músculos y la teoría de que sólo somos carne en su inexorable proceso de perdición. ¿Amor?
Pero ocurre lo impensable: la renuncia al final, el síndrome de no concluir lo que tiene que tener un último capítulo. La cobardía pervertida y mutada en decencia. Se niega pese a que ella insiste-. Sutilmente- en que vayan a París.
Un taxi. Lléveme a donde sea menos a París. Y el final abierto, como insistía H. Bloom cuando no se tiene talento.
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